Aprender a vivir la vida consiste también en vivir las emociones. Unsplash

En las últimas dos décadas el auge en el estudio de la naturaleza de las emociones y de la relevancia que supone su adecuada gestión para el bienestar psicológico del ser humano se ha visto justificado por innumerables investigaciones, iniciadas por autores como Peter Salovey y John Mayer o Daniel Goleman. Así, actualmente el constructo de la inteligencia emocional es abordado e incluido por la mayor parte de la ramas de la psicología (clínica, educativa, deportiva, organizacional, etc.) como uno de los componentes básicos para alcanzar con mayor facilidad un nivel más elevado de eficacia personal.

Expongamos, entonces, cuál es la relación existente entre ambos fenómenos: ¿por qué es importante saber expresar y gestionar las emociones?

¿Para qué sirven las emociones?

De forma general, las emociones presentan tres funciones fundamentales que permiten al ser humano adaptarse de forma más competente al entorno en el que se encuentra interactuando. Así, estas presentan en primer lugar una función comunicativa, a partir de la cual es posible hacer saber al prójimo cómo se siente uno mismo y, a partir de ello, poder discernir qué necesidades psicológicas puede presentar dicho individuo.

En segundo término, las emociones regulan el comportamiento propio y ajeno, ya que existe un vínculo muy estrecho entre el estado emocional individual y el tipo de respuesta conductual emitida.

Finalmente, las emociones inciden intensamente en el proceso de interacción social, por lo que se permite percibir más efectivamente las particularidades del entorno interpersonal donde se desenvuelve el sujeto, permitiéndole alcanzar un mayor nivel de crecimiento psicológico intelectual y emocional.

Funciones de las emociones básicas

Paul Ekman estableció seis emociones denominadas básicas, puesto que en sus investigaciones realizadas a partir del análisis del lenguaje no verbal (la gestualidad facial) de individuos de culturas distintas mostraron cómo las expresiones de alegría, tristeza, rabia, miedo, asco y sorpresa eran comunes y, por tanto, inconscientes, innatas y universales. Todas ellas presentan una utilidad considerable en base a las tres funciones generales anteriormente mencionadas pero ¿qué tipo de mensaje o información transmite cada una de ellas?

1. La alegría

La alegría deviene un facilitador de la interacción interpersonal puesto que la naturaleza social del ser humano, de acuerdo a la preservación de la propia supervivencia, tiende a acercarse a aquello que le produce sensación de bienestar (las relaciones sociales) y a huir de los estímulos que provocan el efecto contrario.

Además, la alegría es un potenciador en la consecución de objetivos y proyectos vitales más profundos, ya que sirve de activador motivacional y promueve al individuo dirigirse a la acción.

2. La tristeza

Es la emoción que se experimenta ante la pérdida de un objeto valioso y significativo para el individuo. Esta clase de acontecimiento provoca sentimientos de pena, fracaso, remordimientos, etc. que deben ser procesados y asimilados de forma paulatina. Así, la tristeza es útil para la activación de procesos como la introspección, la toma de conciencia o las muestras de apoyo hacia el otro. Podría entenderse como una señal de “ahorro de energía” a partir de la cual es posible una elaboración adecuada del duelo que ha generado el objeto de dicha pérdida.

3. La rabia

Se trata de la reacción que producen las situaciones en las que el individuo percibe obstáculos respecto de una meta establecida concreta. Así, la persona siente que debe preservar la integridad y defenderse a sí mismo, a otro/s individuo/s o algún otro fenómeno determinado. En este sentido, la emoción de la rabia indica que hay un potencial peligro que debe ser afrontado y superado.

4. El miedo

Es el aviso que emite nuestra mente ante la percepción de un peligro potencial que puede comprometer la propia supervivencia física o psicológica. Tal amenaza puede ser real (ir a toda velocidad por una carretera poco iluminada) o imaginada (el temor a ser despedido del trabajo).

Este tipo de aviso permite preparar a la persona para emitir una respuesta determinada. A diferencia del anterior, el miedo posee una connotación de evitar sufrir los efectos de la amenaza en lugar de orientarse a confrontarla abiertamente.

5. El asco

Esta es la emoción que se encuentra más ligada a aspectos más orgánicos puesto que el mensaje que se pretende enviar es el de proteger al sujeto ante la ingesta de alimentos o sustancias nocivas o, al menos desagradables, para este mismo. Por tanto, se relaciona más con un nivel biológico más que con el psicológico.

6. La sorpresa

Implica la experiencia de una circunstancia inesperada para la cual la persona necesita reunir sus propios recursos y prepararse para la acción. Es una emoción neutra puesto que su naturaleza momentánea no posee significado agradable o desagradable en sí misma.

Los beneficios de expresar las emociones

Como ha podido observarse, la vivencia de todas y cada una de las emociones descritas anteriormente posee una función adaptativa para el ser humano. En este se encuentra como característica inherente el hecho de comunicarse con el entorno, por lo cual una de las primeras razones que sustenta la necesidad de dominar la competencia de la gestión emocional reside en el hecho de no perder dicha habilidad comunicativa y adaptativa.

Puede concluirse, así, que el elemento problemático no reside en la manifestación y experiencia de la emoción en sí misma, sino que el fenómeno causante del malestar emocional en que en determinadas ocasiones la persona se ve inmersa es el grado de intensidad de dicha emoción y el tipo de gestión que se realiza sobre ella.

Cuando una emoción impide al individuo permanecer consciente en el momento presente y en la realidad que le envuelve en ese preciso instante, es cuando se derivan usualmente mayores afectaciones emocionales. Es decir, cuando la emoción “secuestra” a la mente y la transporta fuera del presente, se suele perder el hilo de lo racional, lo lógico o lo auténtico.

Según el Modelo de Salovey y Mayer (1997) sobre la inteligencia emocional, las emociones se entienden como habilidades que pueden aprenderse. Estas habilidades consisten en la percepción emocional, la comprensión emocional, la facilitación de pensamientos y la regulación de las emociones. Podría decirse que la primera de estas habilidades favorece en gran medida el desarrollo de las restantes, puesto que un objetivo previo a consolidar deviene la competencia en saber identificar y expresar las emociones propias y ajenas.

A partir de este hito, los procesos de analizar y dar significado a las emociones (habilidad de comprensión), la integración entre cogniciones y emociones que orienta al sujeto a atender a la información contextual más relevante para la toma de decisiones (facilitación de pensamientos) y la promoción del conocimiento intelectual-emocional o el alcance del equilibrio adaptativo respecto de las emociones agradables/desagradables (regulación emocional) devienen más fácilmente asequibles.

Perjuicios de la resistencia a expresar emociones

La ausencia de competencia en las cuatro habilidades indicadas pueden llevar al individuo a adoptar dinámicas de funcionamiento desreguladas emocionalmente, es decir, basadas en el “secuestro” emocional anteriormente mencionado. Dicho repertorio se caracteriza por las siguientes manifestaciones, de acuerdo a tres niveles de actuación:

1. A nivel cognitivo

Incapacidad para describir y observar la experiencia presente (propia y ajena) en ausencia de juicios y críticas injustas o desmesuradas sobre la emoción exteriorizada; incompetencia en la comprensión de la causa que motiva dicha emoción y el tipo de información que puede extraerse como aprendizaje personal.

Este punto se relaciona con la utilización de un tipo de razonamiento cognitivo irracional o distorsionado respecto de la emoción manifestada.

2. A nivel emocional

Dificultad para encontrar el equilibrio entre la resistencia a la emoción y la sobre-reacción emocional ante situaciones potencialmente desestabilizadoras; ineficacia para transformar el significado otorgado a las emociones desagradables (inicialmente negativo) en una perspectiva más aceptadora, potenciando una mayor tolerancia al malestar.

Tanto la actitud de reprimir las emociones (sobre todo las desagradables) como emitirlas de forma descontrolada y excesiva son igualmente perjudiciales para el individuo.

3. A nivel conductual

Imposibilidad de autocontrolar la emisión de una respuesta impulsiva o precipitada que dificulta la gestión adecuada de la situación concreta; deficiencia en la capacidad de diferenciar qué tipo de consecuencias emocionales va a experimentar la persona a corto y a largo plazo, las cuales usualmente tienden a mitigarse o modificarse con el paso del tiempo.

El hecho de guiarse comportamentalmente por una emoción incorrectamente gestionada puede ocasionar el agravamiento de la experiencia incrementando el malestar generado inicialmente.

A modo de conclusión

Ha podido comprobarse en el texto el carácter imprescindible que presenta un adecuado nivel de competencia emocional para favorecer el bienestar psicológico del ser humano.

Uno de los requisitos previos para consolidar dicha habilidad reside en la capacidad de saber identificar y expresar las propias emociones, entendiéndolas como “avisos” que alertan al individuo de una experiencia o acontecimiento que debe ser atendido psicológicamente de forma prioritaria. Por el contrario, la represión o resistencia a las emociones pueden desembocar en significativos perjuicios a nivel psíquico.