La agresividad siempre ha sido un tema estudiado por la psicología, puesto que conociendo aquellos factores que están detrás de esta respuesta se puede reducir las agresiones y la realización de delitos violentos.

A mediados del siglo pasado, en la Universidad de Yale se planteó la hipótesis de la frustración-agresión, que planteaba que la agresividad surgía, en esencia, por no conseguir alcanzar un objetivo planteado.

A continuación aprenderemos más sobre esta ya clásica hipótesis, qué reformulaciones se han hecho a lo largo del siglo XX, cómo se ha abordado experimentalmente y qué controversias ha traído con ella.

¿Qué es la hipótesis de la frustración-agresión?

La hipótesis de la frustración-agresión es una teoría de la agresión propuesta por John Dollard, Neal Miller, Leonard Doob, Orval Mowrer y Robert Sears en 1939, y expandida posteriormente por Miller (1941), y Leonard Berkowitz (1969).

Esta teoría postula que la agresión es el resultado de bloquear o frustrar los esfuerzos de una persona para alcanzar un objetivo o su meta. Originalmente, este grupo de investigadores fue llamado el grupo de Yale, quienes expusieron su teoría en el libro Frustration and Aggression (1939).

De acuerdo con Dollar y sus colegas, la frustración sería la emoción que surge cuando algo que nos habíamos planteado no se cumple. La agresión es definida como un acto cuyo objetivo es el de dañar a otro organismo, ya sea de forma física o ya sea de forma emocional. Cuando algo nos causa frustración nuestro cuerpo tiene la necesidad de liberarla o solucionar aquello que la ha causado. Sin embargo, si esto no es posible, se acaba liberando por otros medios, siendo la agresión uno de ellos. Esta agresión es descargada sobre una persona inocente.

Por ejemplo, imaginémonos la siguiente situación. Tenemos al trabajador de una empresa que acaba de recibir una reprimenda de su jefe, y ha llegado incluso a sentirse humillado. Esto le causa frustración, sin embargo, no se puede encargar contra el jefe por miedo a perder el trabajo. Así pues, al llegar a casa, la paga con su mujer e hijos mostrándose irritado y recurriendo al sarcasmo y la pasivo-agresividad, o directamente a los gritos.

Reformulación de la hipótesis

Los postulados originales de la hipótesis de la frustración-agresión, se quiera o no, reciben una considerable influencia freudiana, o al menos eso reconocieron figuras de la talla de Bandura o Walters en los años sesenta. Consideraba en un inicio que la agresión es siempre consecuencia directa de una frustración previa y, en sentido inverso, la existencia de la frustración siempre conduce a alguna forma de agresión.

Sin embargo, estos principios son modificados en 1941 cuando Neal Miller cambia la hipótesis original al reconocer que muchas personas han aprendido a responder a sus frustraciones de forma no agresiva. Es a partir de entonces que se plantea que las frustraciones generan diferentes inclinaciones o reacciones, entre las cuales la instigación a la agresión sería sólo una de las posibles. La frustración crea la necesidad de responder, siendo la agresión una de las posibles respuestas del individuo ante la situación injusta.

De esta manera se superaba el binomio tan rígido en un principio de frustración-agresión. A su vez, si la agresión no era siempre lo que venía después de la frustración, también cabía la idea de que la agresión pudiera no ser ocasionada por la frustración, sino por otros factores tales como el miedo o la necesidad de lucha. Esto podía explicar situaciones en las que aparece la agresividad sin que haya habido una situación de frustración.

Investigación de la hipótesis

La hipótesis de la frustración-agresión ha sido abordada experimentalmente, teniendo como prueba de ello la investigación realizada por Jody Dill y Craig Anderson en 1995. Su experimento consistió en crear dos grupos experimentales y uno control en el que se pretendía observar hasta qué punto la frustración, justificada e injustificada, inducía a conductas verbalmente agresivas.

Durante el experimento se les pedía a los participantes aprender cómo hacer un pájaro de origami. El procedimiento experimental implicaba dos fases: una primera, en la que se enseñaba a los participantes cómo tenían que hacer el pájaro, y una segunda, en la que los propios voluntarios tenían que intentar hacer el pájaro. Los tres grupos se diferenciaban entre ellos en los siguientes aspectos:

Un grupo experimental era el que recibía la condición frustración injustificada, la cual consistía en que, cuando se les enseñaba a cómo hacer el pájaro de origami, el experimentador iba muy rápido indicando que, debido a factores personales, tenía que irse antes de lo debido. En la condición de frustración justificada el experimentador también hacía las cosas rápido, pero esta vez indicaba que tenía que darse prisa porque su supervisor le había pedido tener listo el laboratorio lo antes posible. En el grupo control no se daba explicación alguna y se enseñaba a hacer el pájaro tranquilamente.

Al final del experimento se daba a los participantes cuestionarios en los que se preguntaba sobre su percepción de la competencia y amabilidad del personal de la investigación. Se les informó explícitamente de que lo que contestaran en esos cuestionarios determinaría si el personal de la investigación recibiría o no ayuda económica, o también si iban a ser regañados y reducidos sus beneficios universitarios.

Dill y Anderson encontraron que los participantes de la condición de frustración injustificada, quienes no habían podido aprender a hacer bien el pájaro de origami porque el investigador les había dicho que tenía asuntos personales, puntuaron más negativamente al personal del experimento. En el grupo de la frustrción justificada se puntuaba más negativamente al personal que los del grupo control, pero aún así lo hacían de forma menos negativa que el grupo de la frustración injustificada.

De esto se desprende que si lo que nos hace no alcanzar el objetivo planteado es algo que no tiene justificación o no le vemos sentido, nos acaba frustrando más y nos hace tender hacia conductas más violentas. En este caso, desear que el personal de la investigación fracase académicamente o que no consiga beneficios económicos por su “torpe” rendimiento durante la realización del estudio se interpretaría como una forma de agresividad, aunque verbal en vez de física.

Reformulación de Leonard Berkowitz

En 1964 Leonard Berkowitz indicó que era necesario tener un estímulo agresivo para que la agresión tuviera lugar. En 1974 y 1993 modificó la hipótesis de la frustración-agresión, transformándola en una teoría en la que las pistas agresivas ejercían una influencia que no tenía por qué ser directamente proporcional a la respuesta o agresión.

El aspecto más controvertido de esta teoría era que planteaba que, por ejemplo, en niños pequeños, bastaría con tan solo enseñar una pista agresiva como puede ser disparar un arma en un videojuego como para disparar toda una respuesta agresiva. Esta visión sería la que acabaría siendo tomada por muchas organizaciones partidarias de ilegalizar todo tipo de videojuego o juguete que sugiriera algún mínimo ápice de violencia, yendo desde Pokémon, pasando por los Sims e incluyendo cosas tan poco agresivas como Kirby o The Legend of Zelda.

Críticas

La publicación de Frustration and Aggression del grupo de Yale ya despertó controversia nada más publicarse, especialmente entre conductistas animales, psicólogos y psiquiatras. Los conductistas habían estudiado animales, como las ratas o los primates, que muestran conductas violentas en casos en los que han sentido frustración, pero también para proteger su territorio u obtener una determinada posesión o pareja.

El debate sigue vigente, dado que uno de los principales conceptos usados por la hipótesis, el de la frustración, no viene adecuadamente definido. Se puede entender como frustración el hecho de sentir que no se puede cumplir con una determinada meta debido a una inferencia de un tercero. Esta definición es demasiado ambigua y general, no permitiendo comprender en profundidad si realmente un tipo de agresión se debe a frustración por no conseguir una meta o por envidia, miedo o intolerancia ante cualquier acción ajena sobre nuestras posesiones o área de influencia.

Referencias bibliográficas:

  • Dill, Jody & Anderson, Craig. (1995). Effects of frustration justification on hostile aggression. Aggressive Behavior - AGGRESS BEHAV. 21. 359-369. 10.1002/1098-2337(1995)21:53.0.CO;2-6.