Suele decirse que la naturaleza es cruel. Esta expresión popular podría ser cierta al menos desde nuestro prisma, atendiendo a que muchos de los seres que pueblan el planeta recurren a la violencia con el firme propósito de sobrevivir (dejando tras de sí escenas sobrecogedoras desde la perspectiva del ojo humano).

Tales observaciones motivaron que durante muchísimos años se sospechara que la agresividad era un rasgo adaptativo, y de hecho así podría considerarse si solo nos centráramos en el conflicto inter e intraespecie como criterio de juicio.

No obstante, diversas teorías sugieren también que la evolución puede premiar a los animales (incluyendo los humanos) que no recurren a las agresiones como parte de su repertorio conductual, a través de mecanismos distintos (como la colaboración en la consecución de alimentos) que incrementan su probabilidad de seguir con vida.

En este artículo abordaremos precisamente este asunto, incidiendo en un concepto esencial: la autodomesticación. También se detallarán ejemplos de sus efectos en la esfera conductual, fisiológica y morfológica de los seres vivos.

Qué es la autodomesticación

La autodomesticación es un postulado teórico que propone que los animales, tanto humanos como no humanos, están sometidos a un proceso de selección en el que se retienen particularmente sus rasgos juveniles. Esto es, la agresividad relativa a la adultez devendría un rasgo contraproducente para la supervivencia en entornos donde la colaboración resultara necesaria. De tal manera, se facilitaría el proceso de adaptación en los sujetos con mayor capacidad para el establecimiento de vínculos sociales (más relacionados con estadios tempranos del desarrollo).

Lo realmente cierto es que en la naturaleza son muchos los animales que recurren a conductas agresivas con el objeto de lidiar con las exigencias de su entorno, puesto que a través de ellas dan respuesta a las habituales amenazas con las que conviven en su cotidianidad. Se trata de una cualidad adaptativa cuando existen altos niveles de competitividad por conquistar los recursos necesarios para la supervivencia, pero que carece de esta virtud en lugares o momentos históricos donde la violencia lleva al ostracismo dentro del ecosistema (y sucesivamente a la muerte). En este sentido, la domesticación se entendería como la forma más profunda de colaboración de dos especies, y un ejemplo fundamental para evaluar el efecto de la posible “amistad” de dos animales que habitan un mismo espacio (“domos” es una palabra latina que se traduce por “casa”).

Al observar en detalle a cualquier animal domesticado no solo se aprecian cambios en lo que a sus conductas se refiere; sino que estos trascienden a las dimensiones morfológicas, fisiológicas y cognitivas. Por ejemplo, la evidencia científica demuestra que tales especímenes muestran pigmentaciones distintas (tonos más suaves) a las de otros miembros de su especie; así como dientes de un tamaño más reducido, un aplanamiento sustancial en la proyección de la mandíbula/hocico, una reducción del perímetro craneal y una sustancial similitud con rasgos característicos de las etapas anteriores de su desarrollo físico. Esto es, adquieren una apariencia más amigable o menos hostil.

La selección natural que conduce a la domesticación puede suceder tanto de forma automática como artificial. Este último caso es el más conocido, siendo el perro/lobo el exponente más evidente para ilustrarlo. Hoy en día sabemos que la relación entre el hombre y el perro tuvo unos inicios difíciles (con numerosos ataques de los unos a los otros), pero que empezó a mejorar a partir de encuentros casuales en los que los lobos (canis lupus) se acercaron al territorio humano para pedir pacíficamente un poco de alimento.

Esta aproximación no agresiva condujo a que estos animales pudieran permitirse la ayuda inestimable de otra especie distinta, estableciéndose entre las dos una futura colaboración que beneficiaría la supervivencia de ambas. De esta manera surgirían nuevas adaptaciones de los lobos, que serían los ancestros más primitivos de lo que conocemos como perros (canis lupus familiaris). Pues bien, este proceso tiene en su base una relación interespecie, que también se ha reproducido en la naturaleza con otras variedades animales (de manera espontánea).

Como se aprecia, la autodomesticación parte necesariamente de la selección de los individuos no agresivos mediante la integración con otras especies pertenecientes al mismo ecosistema, superando decisivamente las cualidades adaptativas atribuidas a la agresividad (como herramienta de confrontación). De tal forma, surgirían de ello animales con mucha menor tendencia al ataque inter/intra especie, así como con un estilo de afrontamiento más refinado y prosocial.

¿Qué diferencias existen entre animales domesticados y no domesticados?

El proceso de domesticación provoca una serie de cambios en todos los animales, y esto incluye al ser humano. A continuación veremos las tres más importantes, según la dimensión concreta a la que pudieran pertenecer: la morfología, la fisiología y la conducta.

1. Cambios morfológicos

En general, se puede decir que los cambios en el aspecto del animal se asocian con una suerte de regresión hacia los caracteres físicos propios de la etapa juvenil, en la que destaca una suavización de los rasgos faciales y de la corpulencia en términos absolutos. En muchas de las especies estudiadas (incluyendo a perros, primates y cerdos) se han observado cráneos con un menor perímetro (respecto al promedio de la especie en estado salvaje) y un achatamiento de su rostro, lo que se conoce como neotenia (juvenilización de la apariencia).

Los dientes (que son usados como un arma para la agresión) también ven reducido su tamaño, y se diluirían notablemente las discrepancias anatómicas entre los sexos (dimorfismo), pues suele existir mayor similitud entre la apariencia física femenina y la juvenil en la mayoría de las especies animales.

2. Cambios fisiológicos

Los animales sometidos a un proceso de autodomesticación muestran también una serie de cambios en el funcionamiento metabólico y endocrino. Por ejemplo, muchos estudios señalan que el eje hipotálamo hipofisiario adrenal (o HHA) se hipoactiva en estado basal (lo que se traduciría en bajos niveles de estrés en situación de reposo), pero que su función aumentaría rápidamente en el momento en que se requiriera un esfuerzo competitivo (mediado por los esteroides).

Muchos autores interpretan esta respuesta bifásica como una tendencia a estilos de afrontamiento pasivos entre los animales autodomesticados, así como a la evitación de situaciones potencialmente peligrosas (indisposición a actuar agresivamente).

En el caso concreto de los zorros, se han observado niveles significativamente más elevados del neurotransmisor serotonina (5-HT) entre los que han atravesado por un proceso de domesticación, siendo este uno de los moduladores neurobiológicos fundamentales de las respuestas de agresión activa y/o pasiva (con intención predatoria o de defensa ante ataques). Asimismo, las pruebas funcionales de neuroimagen también sugieren bajos niveles de reactividad límbica al exponerse a situaciones amenazantes (más concretamente una hipoactivación amigdalina), lo que indica una reducida experiencia de miedo (siendo esta emoción una de las que más frecuentemente detonan las respuestas de agresión defensiva).

Por último, se ha observado también que los animales domesticados muestran una alteración en sus ciclos reproductivos, y sobre todo un incremento importante de su frecuencia y duración. Este proceso fisiológico se acompañaría de esfuerzos en el apareamiento caracterizados por una reducida incidencia de actos coercitivos (o de imposición por la fuerza del que goza de un mayor dominio jerárquico), incluyéndose rituales de apareamiento más sofisticados y relevantes (e incluso más bellos).

3. Cambios conductuales y cognitivos

Los cambios conductuales son, de entre todos los que se relacionan con la teoría de la autodomesticación, los más numerosos y conocidos. Se han descrito en una gran variedad de animales distintos, pero sobre todo entre los cánidos y los primates (por ser animales cercanos al ser humano a nivel evolutivo o relacional). De esta forma, por ejemplo, se sabe que los lobos son mucho más agresivos que los perros (que se limitan a ladrar ante la presencia de un grupo rival), o que los bonobos tienden a ser más pacíficos y tolerantes que otras especies de simios (como el chimpancé).

Son precisamente estos últimos los que han acaparado, al menos durante la última década, un mayor volumen de investigación. Los bonobos y los chimpancés pueden facilitar información sobre los aspectos actitudinales/sociales que se desprenden del proceso de autodomesticación, pues existe un amplio consenso científico respecto a que el primero de ellos lo ha experimentado de una forma mucho más acusada que el segundo, lo que amerita realizar comparaciones interesantes de las interacciones intraespecie en sus respectivos entornos naturales.

Las principales conclusiones que se han extraído sobre ello son sugerentes de que (en general) los bonobos son animales con un mayor “compromiso social” respecto a su familia y manada, lo que se manifiesta en una notable tendencia a compartir la comida (incluso en los casos en que el receptor de la misma no ha colaborado en su búsqueda ni en su almacenamiento). También se sabe que recurren en mayor medida al juego y a otras actividades recreativas (que no tienen en sí mismas un propósito adaptativo) lo que ha sido considerado como un indicador indirecto de inteligencia.

Los bonobos también han demostrado ser animales más colaboradores durante las interacciones con otras especies, incluyendo la humana, mostrando más obediencia ante instrucciones cuyo cumplimiento puede proporcionarles incentivos de algún tipo (comida, juguetes, etc.). Asimismo, también parecen mucho más capaces de inhibir el impulso por lograr una recompensa rápida pero discreta, prefiriendo esperar algún tiempo para ver acrecentado su premio. Este hecho sugiere una mayor tolerancia a la frustración.

Las conclusiones de los investigadores apuntan a que los bonobos retienen muchas más de las conductas propias de su primera juventud, incluyendo las que tienen una esencia prosocial, y que las mantienen durante toda la vida. Este hecho podría ser una de las consecuencias de su autodomesticación, y obedecer al proceso evolutivo diferencial al que tuvieron que enfrentarse (respecto al de los chimpancés). Tanto el entorno como las circunstancias concomitantes en sus respectivas “historias” se han postulado como variables explicativas para sus diferencias en hábitos y costumbres.

¿Ocurre también en seres humanos?

Al parecer, la respuesta a esta pregunta es afirmativa. Son muchos los estudios que sugieren que los cambios de nuestra apariencia física respecto a nuestros ancestros primitivos (superior esfericidad craneal, pérdida de vello corporal, disminución de la masa muscular, aplanamiento de las piezas dentales, retrotracción de la mandíbula o infantilización general del rostro) obedecen a este proceso, y que además estos se relacionan con nuestros extraordinarios hitos cognoscitivos y sociales; así como los tecnológicos e incluso creativos/artísticos.

El rostro del ser humano moderno tiene propiedades neoténicas excepcionales en la naturaleza (apariencia juvenil). De hecho, se considera que la cara del varón adulto es muy parecida a la de un neandertal adolescente. Este proceso (que también tuvo lugar en otras especies de homínidos extintas, presentándose en forma de mosaico) se ha desarrollado paralelamente al alejamiento del hombre de la naturaleza salvaje y su aproximación a sociedades de las que participaban múltiples ejemplares (cuyo funcionamiento requería de una extraordinaria destreza cognitiva).

En resumen, los cambios que se derivaron de la vida en grandes comunidades y de los hábitos recolectores no solo perfilaron nuestra apariencia física, sino también la misma forma en que interactuamos con los demás y con el medio que nos rodea. El proceso de autodomesticación del ser humano, entendido como la tendencia hacia la colaboración intraespecie, puede ser fundamental para entender quiénes somos y por qué.

Referencias bibliográficas:

  • Bidau, C. y Martinez, P. (2017). Cats and dogs cross the line: Domestic breeds follow Rensch's rule, their wild relatives do not. Vavilov Journal of Genetics and Breeding, 21, 443-451.
  • Jablonka, E., Ginsburg, S. y Dor, D. (2012). The co-evolution of language and emotions. Philosophical transactions of the Royal Society of London. Series B, Biological sciences, 367, 2152-2159.