Contrato de Ulises: qué es, cómo se usa, y ejemplos

Veamos qué es el contrato de Ulises y sus ventajas e inconvenientes al moldear nuestra conducta.

Contrato de Ulises

La fuerza de voluntad viene y va, así de simple. Lo que en un momento nos propusimos hacer, convencidos de que lo haríamos, al día siguiente se puede convertir en una odisea titánica y poco probable que la hagamos, a no ser que nos obliguen o no tengamos otra opción.

También sucede al revés: hacer algo que no deberíamos, como comerse ese suculento y delicioso dulce de la despensa a pesar de estar a dieta o ir de cañas con los amigos el día que se suponía íbamos al gimnasio.

Por fortuna, hay una estrategia para evitar que las tentaciones y la pereza nos impidan alcanzar nuestras metas: el contrato de Ulises. A continuación descubriremos de qué se trata.

¿Qué es el contrato de Ulises?

Ulises, héroe de la mitología griega, después de la guerra de Troya hizo un viaje largo de regreso a ítaca. La odisea no estaba exenta de peligros, tal y como le advirtió la diosa Circe. Uno de ellos era el canto de las sirenas, melodía maliciosa que hechizaba a todo aquel que lo escuchase y que acabaría con sus vidas.

Algunos marineros, embelesados por el bello canto, saltaban al mar y se ahogaban en él mientras que sus capitanes dirigían la embarcación hacia donde se encontraban las sirenas, chocando la nave y hundiéndose. Nuestro héroe sabía que, llegado el momento, si no hacía nada, sucumbiría como todos los que habían navegado por el mar de las sirenas.

Por fortuna, Circe le dijo qué tenía que hacer: sus marineros debían ponerse tapones de cera en los oídos y, si él quería escuchar el canto de las sirenas, debía pedir a sus hombres que lo ataran al mástil del barco. Así podría escuchar el canto hipnótico y, si surtía efecto, no perdería la vida saltando al mar. Nadie lo liberaría si empezaba a pedir a sus hombres que lo dejaran ir, pues los marineros no le oirían y estarían demasiado ocupados remando con la cabeza agachada.

Y, efectivamente, así fue como sucedió. Cuando pasaron por la isla de las sirenas y estas entonaron sus cánticos, los marineros, ensordecidos con tapones de cera, no los oyeron. Siguieron remando, inmunes al canto hipnótico de esos malintencionados seres y, también, a las súplicas de Ulises que pedía ser liberado. Sobrevivieron, pudieron contarlo y siguieron Ulises y sus hombres viviendo historias que engrosarían la célebre obra que es la Odisea.

Toda esta historia ha servido para darle nombre a un curioso fenómeno presente en nuestro día a día: el contrato de Ulises. Este término se refiere a todo acuerdo por el cual uno se pone barreras para evitar caer en tentaciones futuras. Se podría ver como un remedio para luchar contra una de las principales debilidades de nuestro cerebro, que es el deseo de recibir recompensa inmediata.

Este tipo de contrato lo podemos hacer con nosotros mismos solamente o, también, implicando a otras personas, anticipando la posible pérdida de control en nuestras decisiones. Para asegurarnos de no caer en la trampa de la recompensa inmediata, el vicio y la pereza, uno se fuerza a no tener la opción de premiar el ahora, el presente, frente a los beneficios o consecuencias venideras. El contrato de Ulises funciona quitándonos la oportunidad de elegir, limitando nuestro libre albedrío y forzándonos a hacer lo que se debe hacer.

Firmamos continuamente contratos de Ulises, sin siquiera saberlo. Lo hacemos para no sucumbir a la tentación, conocedores de que cada uno no es un solo yo, sino la suma de varios, de varios aquí y varios ahora que hacen que aquel esfuerzo que nos propusimos en un determinado momento se convierta en nada. Las ganas vienen y van, el optimismo también y nuestra fuerza de voluntad es extremadamente moldeable por las circunstancias.

Ejemplos de contrato de Ulises

Para comprender mejor la idea del contrato de Ulises, vamos a ver unos cuantos ejemplos que representan muy bien este fenómeno, con su equivalente al mástil al que el héroe griego se ató y, también, a los marineros ensordecidos con los tapones de cera. Muchos de ellos no solo los damos a modo de explicación de lo que es el contrato de Ulises, sino que también para que quien lo desee los aplique en su vida si precisamente uno de ellos es el vicio o tentación por el que está pasando ahora mismo.

Un ejemplo bastante simple de contrato de este tipo sería el de, cuando estamos en el supermercado, no comprar nada de dulces y evitar sucumbir a salirse de la dieta. Al estar en casa no los tendremos a mano y, cuando nos apetezcan, simplemente no podremos recurrir a ellos cómodamente porque no los tenemos. El aquí y ahora nos pide comer golosinas, pero por fortuna nuestro yo del pasado en el supermercado supo anticiparse a esta situación y evitó comprarlos.

Ejemplos del contrato de Ulises

Otro caso sería el de querer estar en forma y apuntarse a un gimnasio. Al estar pagando la cuota nos obligamos a ir para no sentir que estamos perdiendo el dinero. Si esto no funciona, podemos acordar con un amigo ir juntos, pidiéndole que nos obligue a ir. La presión social y el miedo a quedar mal con un amigo hará que sea menos probable que nos saltemos el día de entreno.

La cuota del gimnasio podría compararse con el mástil al que Ulises estuvo atado, mientras que el amigo que nos obliga a ir y que echa a tierra toda excusa que podamos poner es como los fieles marineros con cera en los oídos inmunes a las súplicas del héroe helénico.

Y puestos a darle tanta importancia al dinero, podemos dar otro ejemplo, muy útil para ahorrar. También sería un contrato de Ulises programar transferencias automáticas desde una de nuestras cuentas a otra, también nuestra, para obligarnos a ahorrar. Otra opción es hacer que la tarjeta de crédito tenga poco dinero o, directamente, dejársela en casa y llevar lo justo en la cartera para evitar malgastarlo en tonterías.

Un curioso caso de contrato de Ulises es el siguiente: hay personas que para dejar de fumar firman un cheque con un más que cuantioso donativo a alguna organización que les provoca un rechazo visceral y se lo dan a un amigo con la instrucción de que, si fuma, se lo entregue. Un caso extremo es el de las personas con alcoholismo, que cuando acuden por primera vez a rehabilitación se les pide que tiren todas las botellas de alcohol que haya en casa.

¿Es infalible esta estrategia?

Pese a que suenen muy bien tal y como los hemos visto hasta este punto, los contratos de Ulises no son infalibles. Su principal problema es que, tan fácil se firman, tan fácil se pueden cancelar. Lo ideal sería usar el sistema de que otras personas estén implicadas en aquello que nos hemos propuesto, físicamente presentes para evitar que nos abandonemos a nuestros vicios o evitemos hacer aquello que deberíamos.

Sin embargo, esto es poco práctico porque, además de que esas personas también son humanas como nosotros y pueden caer también en el vicio, necesitamos convencerlas en primer lugar de que ambos debemos ser fuertes y seguir adelante. Es más, los unos y los otros se pueden manipular mutuamente para romper lo que han acordado y saltarse eso de que hayan decidido hacer juntos, ya sea ir al gimnasio, dejar de fumar o gastar menos dinero. Podemos recurrir a la persuasión para violar el acuerdo, haciendo que lo de que otra persona esté implicada no haya servido para nada.

Es difícil encontrar a un amigo con el que se tenga tanta confianza como para firmar un contrato oral de este tipo pero que sea lo suficientemente fuerte, duro y frío como para no permitir que lo incumplamos.

Por eso la solución de Ulises era tan eficaz. Al tapar los oídos de sus marineros no solo evitaba que estos fueran encantados por el malicioso canto de las sirenas, sino que también podían bajar la cabeza y seguir remando sin ser engañados por su capitán, hipnotizado, para cambiar el rumbo.

El problema de la persuasión es más grave cuando nosotros mismos somos el juez y parte. Si tuviésemos la capacidad de conducirnos por ciertas reglas autoimpuestas sin recurrir a restricciones externas, entonces no tendríamos problemas para lograr nuestros objetivos y por lo tanto no necesitaríamos este tipo de contratos. Bastaría con proponernos algo y listos. El problema es que acabamos negociando con nosotros mismos y, tarde o temprano, acabemos cediendo a nuestros deseos.

No obstante, no debemos perder la esperanza. Es mejor aplicarse un contrato de Ulises, limitando nuestras opciones y eliminando las tentaciones, que esperar que por pura fuerza de voluntad tengamos éxito en aquello que nos hemos propuesto. Las ganas, el optimismo y la fortaleza cambian de un día para otro, son muy variables, así que no debemos permitir darle la más mínima oportunidad a aquello que nos puede arruinar las metas y sueños que queremos lograr.

  • Ryan Spellecy (2003). "Reviving Ulysses contracts". Kennedy Institute of Ethics Journal. 13 (4): 373–392.
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