Aunque pueda ser de una forma inconsciente o automática, existe una tendencia marcada a atribuir un significado adverso al término "conflicto", lo cual se ha venido acentuando de manera más significativa en las últimas décadas en la sociedad actual.

Esta concepción negativa está provocando que los individuos presenten cada vez más dificultades en su adecuada gestión y afrontamiento. Así, se está normalizando un funcionamiento patógeno por el cual o bien se tiende a evitar el conflicto o bien se opta por resolverlo de forma impulsiva, reaccionaria y/o agresiva. Un interesante ejercicio podría devenir plantearse la siguiente cuestión: ¿cuál es la causa de tal tendencia?

Una sociedad globalizada y capitalista

En el último cambio de siglo la sociedad está experimentando una gran transformación a un ritmo muy acelerado. Como fruto de la globalización, en las últimas décadas se ha hecho posible la capacidad de transmitir e intercambiar cualquier tipo de información entre dos puntos del planeta cualesquiera de forma casi inmediata y a bajo coste. Inevitablemente ello ha tenido consecuencias en la economía, en las políticas nacionales e internacionales llevadas a cabo y en los valores que la población ha ido interiorizando en su desarrollo, tanto a nivel de cada individuo como de manera más colectiva.

Con la globalización parece que se han eliminado las fronteras físicas y simbólicas, un hecho que puede llevar a la conclusión de que no existen los límites, de que todo es posible, de cuánto más mejor.

Dichas expresiones fundamentan algunas de las bases del sistema capitalista en el que nos hallamos envueltos (¿atrapados?) y que está promovido por los medios de comunicación principales, en el sentido de que se prioriza lo cuantitativo por delante de lo cualitativo y, por ende, se favorecen actitudes individualistas competitivas en lugar de aquellas más cooperativas y empáticas, así como también se enfatizan valores como la libertad individual o la satisfacción de deseos personales o egocéntricos por encima de comportamientos generosos y orientados al bien común.

Junto con la globalización y el capitalismo, el desarrollo tecnológico, la exposición al cambio constante, así como también la cada vez más frecuente y habitual convivencia multicultural constituyen otros factores que están causando que la sociedad actual sea mucho más compleja que antaño.

Todo en su conjunto puede generar en el individuo una sensación de incertidumbre permanente, donde se percibe una necesidad de estar adaptándose continuamente a este dinámico funcionamiento. La capacidad para gestionar de forma adecuada tal incertidumbre deviene un reto para los individuos, ya que requiere un esfuerzo de afrontamiento psicológico que en ocasiones no puede efectuarse de manera natural y satisfactoria, causando algunas afectaciones emocionales y/o conductuales personales.

Ante tales circunstancias, el fenómeno del «conflicto» reviste un aversivo y desagradable escollo a resolver que dificulta seguir el ritmo acelerado impuesto socialmente. Un conflicto, de entrada, implica tiempo, implica necesidad de reflexión y análisis y ello parece que no tiene cabida en los esquemas que rigen el funcionamiento globalizado y capitalista.

Y es como consecuencia de esta sesgada percepción de “lo quiero TODO y lo quiero YA” que aumenta la probabilidad de ejercer actitudes de violencia y agresividad (con tal de alcanzar el objetivo propuesto) o también de huida y evitación de las adversidades, tal como se indicaba líneas arriba. Dichas formas generalizadas de afrontar el conflicto, las cuales no parecen psicológicamente adaptivas y eficaces, no están sujetas a situaciones particulares o específicas sino que se encuentran como institucionalizadas, formando parte de la estructura social vigente.

Significado de los términos conflicto, agresividad y violencia

Ante tal panorama parece fundamental recuperar una noción racional y realista de lo que implica la palabra “conflicto” con el fin de recuperar la posibilidad de efectuar un afrontamiento adaptativo del mismo.

Si se atiende a la literatura publicada por expertos en dicha materia, autores como Fernández (1998), sostienen que el conflicto no debe confundirse con su patología, la violencia. Para este autor el conflicto es simplemente una situación de confrontación de intereses que produce un antagonismo entre diversas partes. Por su parte Cabanas (2000) añade que tal situación puede resolverse de manera no violenta.

De ello se desprende que el conflicto no debe confundirse con un ente problemático en sí mismo, que no reviste necesariamente un enfrentamiento sino que consiste en la constatación de una discrepancia de posturas. El hecho de que existan divergencias de perspectivas es inevitable, es natural y es inherente al ser humano puesto que cada persona es incontestablemente única en su propia subjetividad.

En cambio, la violencia sí es aprendida, no innata, y mediada por el ambiente. En palabras de Fernández (1998) en el comportamiento violento se impone la fuerza, el poder y el estatus en contra del otro para dañarlo. Así, la conducta violenta responde a un acto voluntario y consciente para alcanzar la satisfacción de un objetivo concreto.

La violencia tampoco debe equipararse a la agresividad. En la definición del modelo de frustración propuesto por Dollard, Doob, Miller y Sears en 1939 se indicaba que la agresividad es una conducta impulsiva en la que no se consideran las consecuencias de tal acción. Esta afirmación se complementa con la de Auran (2003) quien añade que la agresividad es un mecanismo de defensa para reafirmar el instinto de supervivencia.

Por tanto, también posee un componente de adaptación positiva, siendo otro fenómeno natural. Cuando no se sabe canalizar adecuadamente dicha agresividad es cuando se convierte en violencia y es cuando se convierte en algo problemático. Finalmente cabe realizar una distinción entre agresividad, una disposición o tendencia, y agresión, que deviene el acto concreto por el cual se expresa la agresividad.

Por lo tanto, el punto clave tras las definiciones expuestas reside en entender que el conflicto y la agresividad, elementos naturales y adaptativos, no deben derivar en agresiones ni en el ejercicio de la violencia, ambos principios aprendidos y por ende, evitables.

A modo de conclusión

Tras lo expuesto a lo largo del texto se concluye, por tanto, que se sabe necesario un cambio de perspectiva en la connotación que se le otorga a la existencia del conflicto. Este puede ser valiosa oportunidad para la reflexión, la toma de decisiones, para el cambio, así como también para el diálogo y el acuerdo.

El conflicto permite potenciar el espíritu crítico, el análisis de las situaciones de manera más profunda, y puede fomentar un funcionamiento empático y orientado al otro.

Sin embargo, esta positiva actitud cada vez menos habitual debe combinarse también con otro tipo de procesos que de la misma forma pongan en cuestión hasta qué punto los valores promovidos por la sociedad globalizada y capitalista actual están dificultando precisamente la adopción de tal aptitud introspectiva y cooperativa.

Referencias bibliográficas:

  • Fernández García I. (1999) Prevención de la violencia y resolución de conflictos: el clima escolar como factor de calidad. Madrid: Narcea.
  • San Martín, J. (coord.) (2004) El laberinto de la violencia. Causas, tipos y efectos. Barcelona: Ariel.
  • Tedesco J.C. (1998) Los grandes retos del nuevo siglo. Aldea global y desarrollo local. En G. Pérez Serrano (coord.) Contexto y socioeducativo de la educación. Sevilla: Universidad de Sevilla 19-51.