Muchas veces, cuando estamos en un grupo, tendemos a opinar como la mayoría de sus integrantes, solo por el hecho de no “desentonar”. Sin embargo, en ocasiones, esto le ocurre a los demás miembros del grupo, que en privado opinan como nosotros pero que en público se adhieren a lo que opina la mayoría.

De esto trata la ignorancia pluralista, un fenómeno de la psicología social que puede aparecer ante opiniones, creencias, seguimientos de normas… También tiene mucha relación con las conductas de ofrecer ayuda en situaciones de emergencia (el llamado “efecto del espectador”), que veremos también con detalle a lo largo del artículo.

Ignorancia pluralista: ¿qué es?

La ignorancia pluralista es un concepto propio de la psicología social. Este término surgió en el año 1931, de la mano de Daniel Katz y Flyod H. Allport.

Estos autores definieron el fenómeno de la ignorancia pluralista como aquella tendencia de las personas a no expresar su postura o su punto de vista en relación a un tema porque dicha postura va en contra de lo que opina la mayoría dentro de un colectivo; así, ante una creencia casi mayoritaria en un grupo, la persona que opina diferente se siente minoría, y por ello no opina su verdadera opinión.

Además, esta persona cree (erróneamente) que los demás opinan diferente a él, cuando muchas veces lo que ocurre es que muchos de los miembros del grupo tampoco se “atreven” a expresar su verdadera opinión, por ser esta diversa a la de la mayoría.

Así, según la ignorancia pluralista, muchas veces las personas ocultamos lo que realmente pensamos sobre un tema, porque creemos que los demás opinan diferente. Es decir, siguiendo la idea de este fenómeno, existe una tendencia en el ser humano a estar en sintonía con los demás (ya sea en creencias, pensamientos, comportamientos…); el miedo a no estarlo genera esta ignorancia pluralista (en lo que a expresar opiniones se refiere).

Aclaraciones

De esta manera, cuando se produce el fenómeno de la ignorancia pluralista, las personas atribuyen (muchas veces de forma errónea) una actitud mayoritaria en el grupo, cuando en realidad, sus miembros, por privado, expresan una opinión diferente al respecto.

Es decir, no es lo mismo lo que expresamos u opinamos ante el grupo, que lo que expresamos de forma privada, con miembros concretos del grupo. Sin embargo, tendemos a creer que lo que opinan las personas en un grupo es lo que opinan de verdad, sobre todo si su opinión es la que comparten la mayoría de sus integrantes.

¿Por qué esta denominación: “ignorancia pluralista”? Precisamente por esto que comentábamos: en grupo, puede que todos los miembros compartan una visión de la realidad (pluralmente); dicha visión es falsa, pero el hecho de compartirla, hace posible que actitudes y conductas reales que se comparten por privado entre sus miembros, sigan existiendo.

Efecto del espectador: relación con la ignorancia pluralista

Por otro lado, la ignorancia pluralista también tiene que ver con otro fenómeno en psicología social: el efecto del espectador.

El efecto del espectador es un fenómeno que aparece ante conductas de necesitar o pedir ayuda: se trata de que “a más espectadores, en un situación que requiere ofrecer nuestra ayuda, menor probabilidad de ofrecer ayuda, y más tiempo transcurre hasta que la persona que la necesita la reciba”.

Es decir, el efecto del espectador inhibe la respuesta altruista de las personas. Esto se debe a tres fenómenos, entre los cuales está la ignorancia pluralista, y que son:

Para ilustrarlo, pongamos un ejemplo. Imaginemos que estamos en el metro, y que vemos cómo un hombre pega a su pareja. Somos muchos en el metro. ¿Qué puede ocurrir? Que no ofrezcamos ayuda a esa persona, porque inconscientemente pensemos “que alguna otra persona la ayudará”.

Esto es el efecto del espectador; si además, hay muchas personas en el metro, esta omisión de socorro por nuestra parte, es más fácil que se dé, y pasará más tiempo hasta que la persona reciba la ayuda (si es que finalmente la recibe).

Procesos previos a la conducta de ayudar

Para que se entienda mejor, vamos a ver paso por paso qué ocurre en el efecto del espectador, y qué significan los tres fenómenos que hemos mencionado para explicarlo.

Siguiendo con el ejemplo (aunque pueden servir muchos otros): hay un hombre que pega a su pareja en el metro, delante de otros viajeros. Los procesos previos a la conducta de ayudar y que nos conducen a la decisión final de ayudar o no a la víctima, son los siguientes:

1. Prestar atención

Lo primero que hacemos es prestar atención a la situación, ya que “hay algo que va mal”. Aquí ya empieza a ejercer la presión del tiempo: si no actuamos, la situación puede empeorar.

2. Ignorancia pluralista

Lo segundo que ocurre es que nos preguntamos: ¿es una emergencia? Aquí ejerce su poder la claridad o ambigüedad de la situación; si la situación es ambigua, podemos tener dudas respecto a si la situación es una emergencia o no.

Aparece entonces la ignorancia pluralista: pensamos “quizás si ninguna persona del metro ofrece su ayuda, es que la situación no es una emergencia” (pensamiento erróneo).

Otro pensamiento que podemos tener, que explica la ignorancia pluralista, es: “yo interpreto la situación como una emergencia, pero el resto la ignora; por lo tanto, me sumo a la ignorancia”. Por lo tanto, seguimos sin ayudar.

3. Difusión de responsabilidad

Es entonces cuando aparece el tercer paso o proceso previo a la conducta de ayudar: nos preguntamos: “¿tengo alguna responsabilidad?”.

Aparece entonces la difusión de responsabilidad, otro fenómeno de la psicología social, que explica la tendencia a restarnos responsabilidad en una situación, cuando el grupo de personas que lo observa es grande, y cuando no se nos ha ofrecido una responsabilidad explícita sobre la misma.

Esto se traduce, inconscientemente, en que eludimos nuestra responsabilidad en la situación, y se la atribuimos a los demás: “que actúen los demás”.

4. Aprensión a la evaluación

En el cuarto paso del efecto del espectador, aparece la aprensión a la evaluación. Nos preguntamos: “¿puedo ayudar?”

Dicha respuesta está influida por los conocimientos que tengamos sobre el tema (por ejemplo nuestra fuerza física, nuestra capacidad de negociación o de asertividad…) y por la ansiedad a la evaluación que puedan hacer los demás de nuestra conducta.

Es decir, y aunque suene paradójico, en cierto modo tenemos miedo a “ser juzgados por ayudar” o a “ser juzgados por cómo estamos ayudando”. A raíz de este proceso, aparece el siguiente.

5. Balance coste-recompensa

En el último proceso, que nos conduce a la respuesta final de si ayudamos o no a la víctima (nos preguntamos: “¿ayudo?”), hacemos un balance de los costes y beneficios que supone el hecho de socorrer a la víctima.

En este paso influyen una serie de elementos, que aumentan la probabilidad de que ayudemos: la empatía por la víctima, la cercanía con ella, la gravedad de la situación, su duración… A raíz de todos estos procesos, finalmente decidimos si ayudar o no.

Referencias bibliográficas:

  • Hogg, M. (2010). Psicología social. Vaughan Graham M. Panamericana. Editorial: Panamericana.
  • Krech, David y Richard S. Crutchfield. (1948). Teoría y problemas de la psicología social. Nueva York: McGraw-Hill.
  • Morales, J.F. (2007). Psicología social. Editorial: S.A. McGraw-Hill / Interamericana de España.
  • Ugarte, I., De Lucas, J., Rodríguez, B., Paz, P.M. y Rovira, D. (1998). Ignorancia pluralista, atribución de causalidad y sesgos cognitivos en el caso. Revista de Psicología Social, 13(2): 321-330.