Se habla mucho de personas tóxicas, en referencia a aquellas que influyen de forma negativa en su entorno y a quienes les rodean.

Parece relativamente sencillo identificarlas, aunque puede que no lo sea tanto... ¿y si fueras tú una persona tóxica y no eres consciente de ello? Veamos varias consideraciones y reflexiones al respecto para saber abordar este tema.

¿Te inquieta la posibilidad de ser una "persona tóxica"?

A pesar de lo que acabamos de explicar, me parece importante hacer una aclaración y es no hablar tanto de personas tóxicas como de comportamientos tóxicos.

Esto es necesario aclararlo porque puede ocurrir que alguien esté pasando una racha de comportamiento tóxico dirigido hacia los demás, sin que ello suponga que tenga que ser una persona tóxica siempre. En determinadas ocasiones, cuando estamos superando un problema vital significativo (una pérdida, una adicción, un momento de cambios diversos, etc.) y nos sentimos en desequilibrio, en situación de vulnerabilidad, podemos estar actuando de forma que sea difícil para nuestro entorno cercano.

Nuestra primera conclusión es que, más que hablar de personas tóxicas, hablaremos de conductas tóxicas o comportamientos tóxicos. La diferencia se apoya también en el peligro que tiene etiquetar a las personas, ya que cuando a alguien se le dice “tu eres... ” se le está colocando una carga de la que cuesta mucho deshacerse y que condiciona muchos comportamientos en el futuro, ya que esos mandatos acaban justificando conductas; “como soy tal cosa, me comporto en consonancia con ello”.

No siempre somos conscientes de lo que provocamos en los demás y, por si esto fuera poco, también solemos atribuir a los otros la falta de empatía o de comprensión por algunas situaciones que nos molestan, nos duelen o nos parecen injustas hacia nuestra persona. La toma de conciencia de que estamos pasando por una mala racha o una dificultad emocional intensa, nos permitirá darnos cuenta de ello y afrontar las carencias que vayamos detectando.

Rasgos de personalidad asociados a las conductas tóxicas

En la base de los comportamientos tóxicos encontramos algunos rasgos de personalidad como el egocentrismo o el narcisismo. Ambos rasgos no son lo mismo. La persona egocéntrica tiende a pensar que sus necesidades e intereses son más importantes que las de los demás. Por norma general, a medida que nos desarrollamos como seres humanos, el egocentrismo se reduce, puesto que suele estar muy presente en la infancia y aún en la adolescencia.

La persona narcisista tiene una gran necesidad de sentir la aprobación y admiración de los demás y le cuesta mucho sentir empatía por lo que sienten otros; puede llegar a sentirse superior a los otros, y esas apreciaciones se traducen en comportamientos difíciles de soportar.

La tendencia a la victimización es otro de los indicadores de estar actuando hacia los demás de forma tóxica. Esto sucede porque, en muchas ocasiones, el comportamiento victimista aporta beneficios directos o indirectos a la persona que lo ejerce. Se da el caso de que los sucesos sufridos se llegan a convertir en la carta de presentación de esa persona, en un reclamo de atención y de cuidado permanente y pueden llegar a ejercer chantaje emocional hacia los demás.

Muy relacionado con esta conducta estaría la visión pesimista permanente, o el ponerse constantemente en lo peor que puede suceder. La tendencia a esperar que ocurran sucesos negativos y que las consecuencias de los mismos desencadenen más aspectos negativos, es una tendencia propia de conductas tóxicas.

Es un aprendizaje frecuente el que le demos más valor a lo malo que a lo bueno que nos rodea, que se ponga el foco en lo negativo porque suele llamar más la atención y, de esta forma, desarrollamos una tendencia a la auto-lamentación, a cierta impotencia o a generalizar hacia lo negativo con expresiones del tipo “todo me sale mal”, “no puedo hacer nada para evitarlo”. Este pesimismo es dañino porque genera estrés, frustración, tendencia a la depresión, falta de asertividad y otras consecuencias que pueden ser tóxicas hacia los demás.

Otro aspecto más que puede estar presente es la infelicidad más o menos frecuente, relacionada de forma clara con el pesimismo y con la tendencia a la victimización. La infelicidad se nutre de esa visión catastrofista, de poner en valor las cosas malas que suceden y alimentar la creencia de que no podemos hacer nada para ser felices, cuando lo que nos ha tocado vivir es tan negativo. La infelicidad favorece la queja que es una actitud altamente tóxica hacia los demás, y también la desconfianza, lo cual produce el mismo efecto.

¿Cómo podemos corregir las conductas tóxicas propias?

El primer paso es darnos cuenta de ello, hacernos conscientes de que estamos generando malestar en las personas de nuestro alrededor y asumirlo desde la responsabilidad, que no desde la culpa.

La responsabilidad nos permite realizar cambios de comportamiento, favorece que emprendamos acciones de mejora o de corrección. Es imprescindible cambiar el foco y esforzarse por encontrar algo bueno en nuestra vida, que lo hay. Aprender a abrir la perspectiva y ampliar el foco para ver más allá.

En muchos casos será necesario pedir ayuda, tanto a las personas del entorno cercano como a algún profesional especializado. Habrá que aprender a aceptar los límites que nos pongan frente a esas conductas tóxicas y admitir que eso también es una manera de obtener ayuda. Sea como sea, es necesario afrontarlo, no huir esperando a que la mala racha pase y el asunto se resuelva solo. Eso no suele funcionar.