Para la mayoría de las personas, la vida no es un estanque de agua mansa e imperturbable. Es común que su discurrir sea más bien como un río, repleto de meandros pronunciados y de tramos donde el caudal se intensifica y decae, a un ritmo inconstante e impredecible.

Dejarse llevar por tal corriente implica sortear los obstáculos que generalmente llegarán, con el propósito de seguir navegando allende el horizonte. Y es que, al asumir el timón de la propia existencia, inevitablemente aceptamos enfrentarnos con los vaivenes inherentes a su naturaleza.

Esta circunstancia es compleja; y se relaciona de forma estrecha con vericuetos personales y sociales tan diversos como la vida familiar, los estudios, el trabajo, etc. Las problemáticas en cualquiera de ellos pueden ser el motivo de lo que conocemos como malestar emocional.

En este artículo profundizaremos, en concreto, en qué es este malestar emocional. De dónde proviene y cómo suele manifestarse, así como el alcance que llega a tener sobre el día a día de quien lo sufre. En la última parte se hablará sobre su abordaje terapéutico.

Qué es el malestar emocional

El malestar emocional es un concepto extenso y complejo, que se ha usado profusamente en los ámbitos de la clínica y de la investigación, pero que muchas veces no ha sido definido de una forma clara y operativa. Por tal motivo, en ocasiones existe cierta "confusión" al tratar de referirnos al mismo, e incluso se diluyen los límites que lo separan de lo que viene a ser un trastorno psicológico. Y es que es cierto que la enorme mayoría de los problemas en el área de la salud mental cursan con algún grado de malestar emocional (ligero, severo, etc.), pero la presencia aislada de este último no supone siempre psicopatología.

Así, la primera aproximación a este concepto implica reconocer que la experiencia subjetiva de malestar emocional no significa de ninguna manera que el individuo esté atravesando por algún trastorno mental, sino que simplemente está representando afectivamente situaciones cotidianas que le reportan cierto sufrimiento o preocupación. En este supuesto, la respuesta afectiva no alcanzaría la intensidad necesaria para satisfacer los criterios diagnósticos que se exigen en los manuales al uso (como sería el caso del DSM-5), aunque ello no es óbice para que se viva con azoramiento y pesar.

Quienes sufren malestar emocional utilizan de forma explícita frases como "me siento mal", "estoy de bajón" o "me encuentro aplanado" para describir su experiencia; la cual suele ser el resultado de algún acontecimiento aislado y reconocible o de la acumulación de varios de ellos en un periodo temporal discreto. En todo caso, se indica un menoscabo en la sensación de bienestar respecto a un momento anterior, y en general el sujeto se percibe desposeído de la alegría que otrora fue capaz de sentir en propia piel. En algunas ocasiones no se puede identificar cuál ha sido el detonante, por lo que se añade cierta desorientación.

Cuando se profundiza en las sensaciones más allá de lo emocional, con frecuencia se refiere la existencia de síntomas físicos para los que no se encuentra una raíz orgánica explicativa. Los más destacables son el dolor de cabeza (cefaleas), las alteraciones digestivas (como la diarrea o el estreñimiento) y ciertas molestias musculares. Todo ello amerita una exploración física que raramente aporta un hallazgo capaz de filiarlos, y que muy habitualmente precipita la planificación de abordajes sintomáticos que no atajan el "núcleo" de lo que realmente los motiva (uso de analgésicos o ansiolíticos con propiedades miorrelajantes, p.e.).

Estos síntomas físicos indefinidos y difusos se pueden acompañar de matices íntimos de una enorme importancia existencial, tales como la tristeza, la sombra de un "vacío interior" que provoca desasosiego y una constante vivencia de nerviosismo o irritabilidad. A medida que el tiempo discurre es común que la preocupación se acentúe y surjan otras problemáticas, como el insomnio o una fatiga persistente. Es en tal punto evolutivo del malestar emocional donde existe un riesgo mayor de que trascienda a un cuadro psicopatológico más estructurado y de mayor relevancia clínica (sobre todo depresión y ansiedad).

Se trata de un problema tan prevalente que se ha estimado (según diversos estudios) que del 30% al 60% de las personas que acuden a su médico de atención primaria lo están viviendo. Es más frecuente en mujeres que en hombres (70% en el primer caso), considerándose que tal discrepancia obedece a formas distintas de tratar las emociones y a la potencial existencia de estresores diferentes entre ambos grupos (ellas más "implicadas" en las tareas de cuidado que se añaden a su responsabilidad laboral, p.e.).

Resulta habitual que el problema no se pueda detectar a tiempo, de modo que se instaure con firmeza o que avance a un trastorno completo, además de motivar la hiperfrecuentación al médico de cabecera o a otros especialistas.

¿Por qué ocurre el malestar emocional?

Como puede apreciarse, vivir con tal malestar emocional redunda en una erosión severa de la calidad de vida y de todas las dimensiones que conforman la realidad del ser humano: desde la social a la individual, pasando por las áreas vitales en las que ambas participan (como la académica o la laboral). Lo realmente cierto es que, pese a no ser un trastorno como tal, el síntoma que nos ocupa precipita también un menoscabo en la autoimagen que altera el normal desarrollo de proyectos personalmente significativos.

A continuación repasamos solo algunos de los motivos elementales por los que una persona podría padecer tal circunstancia. No obstante, se ha de señalar que sus causas potenciales son virtualmente infinitas, dado que dependen de la manera en que el individuo construye su propio mundo.

1. Problemas académicos

Los problemas académicos son generadores de malestar emocional en especial durante la adolescencia, pues es el periodo evolutivo en el que los fracasos en esta área pueden tener mayor impacto sobre el bienestar. La dificultad para obtener los resultados deseados (notas), la creencia de que no se dispone de recursos suficientes para hacer frente a las progresivas exigencias del sistema educativo o las dudas en el momento de elegir el itinerario curricular, son causas frecuentes de sufrimiento en esta etapa madurativa. También la carga excesiva de responsabilidad, y la evaluación periódica del rendimiento (exámenes o exposiciones de cara a los compañeros), pueden detonarlo.

2. Problemas laborales

El ámbito del trabajo ha sido, especialmente durante estos últimos años, un claro motivo de malestar emocional para millones de personas en todo el mundo. Desde las barreras que los jóvenes deben sortear para acceder a puestos de trabajo estables, a la interminable situación de desempleo en la que se sumergen infinidad de personas a partir de la quinta década de la vida.

También es frecuente que circunstancias tales como la precariedad, la sobrecarga en el lugar de trabajo o los salarios insuficientes (en función del crecimiento del coste de la vida) se puedan erigir como motivos de tal sufrimiento.

3. Problemas familiares

La presencia de problemas familiares de muy diverso tipo, pero especialmente los conflictos entre los miembros del grupo, generan mucho dolor afectivo a las personas implicadas.

Entre tales situaciones pueden hallarse carencias de tipo material o energético, dificultades para el acceso a una vivienda, trastornos psicológicos u orgánicos en cualquiera de las personas que forman parte de la unidad o discusiones entre las partes que no encuentran ningún punto de acuerdo a partir del cual solventarse. También, por último, es común el malestar emocional en los casos en que la distribución de las tareas es injusta o desequilibrada.

4. Problemas de pareja

Los problemas relacionales, en el caso de que no se hayan consolidado estrategias comunes para hacer frente a las adversidades, podrían ser una causa tácita de malestar afectivo. En este caso participan un sinfín de variables, las cuales se relacionan con la satisfacción de las expectativas románticas o con desavenencias sobre aspectos importantes de la convivencia.

El mantenimiento de un vínculo insatisfactorio por temor a la soledad, o cualquier otra causa adicional (no provocar dolor a alguien a quien se aprecia, p.e.), es una de las causas por las que más habitualmente emerge esta situación en el seno de un vínculo diádico.

5. Exceso de responsabilidad

Las situaciones de sobrecarga familiar, laboral o personal, se postularon durante largo tiempo (y hoy en día sigue haciéndose) como uno de los factores que subyacen al riesgo acentuado de las mujeres a referir malestar emocional.

Y es bien cierto que la percepción íntima de que nuestras responsabilidades exceden nuestros recursos, o que las tareas que se nos "exigen" entran en oposición frontal entre sí, conectan de forma directa con el fenómeno. Lo indicado se acentúa cuando la persona, además, se ve obligada a desprenderse de su tiempo de ocio o esparcimiento.

6. Problemas sociales

Las dificultades para establecer relaciones de calidad con nuestro grupo de iguales, o con el equipo de trabajo, son señaladas con mucha frecuencia como potentísimos detonantes del problema que nos ocupa. La renuencia a pedir ayuda, o a solicitar colaboración, pueden estar también a su base.

En cualquier caso, hoy en día se sabe que una insuficiente red de apoyo social es un factor de riesgo extraordinario en lo concerniente al malestar emocional, al igual que la soledad indeseada ("impuesta" por las circunstancias). Las experiencias de rechazo, de desarraigo u ostracismo, también generan zozobra afectiva.

7. Problemas de salud

Los problemas de salud, y más concretamente enfermedades graves/crónicas, se han alzado en los últimos años como el ámbito de la vida en el que más comúnmente se ha investigado en lo relativo al malestar emocional.

Sabemos que el diagnóstico de una patología relevante, el proceso de recuperación de la salud, el uso de ciertos fármacos (quimioterapia, p.e.) y las adaptaciones en los roles cotidianos, suponen una sucesión de retos personales en los que llega a concurrir una lucha interior. En los casos en que este malestar alcanza la entidad de un trastorno mental, es ineludible la participación de un psicólogo de la salud.

¿Cómo se puede abordar?

Todas las situaciones que se han mostrado en las líneas previas generan, potencialmente, un importante sufrimiento psicológico. Pese a que en los primeros momentos este no alcance la intensidad necesaria para ser considerado un trastorno psicológico, se prevé que evolucione a un cuadro de ansiedad o depresión si no se articula un abordaje terapéutico adecuado. Es por ello que deviene muy importante buscar la orientación de un profesional adecuadamente formado en salud mental, que elabore un buen diagnóstico y su correspondiente tratamiento.

Aumentar los conocimientos sobre emociones, y aprender a regular el modo en que se viven, es un objetivo clave de la intervención en este contexto. Se traduce en una mayor capacidad de reconocer, identificar, discriminar, reparar, comunicar y usar cada una de ellas; de forma que se optimice la gestión de las experiencias internas. A partir de ello la persona adquiere la habilidad de profundizar en sus necesidades y anhelos, siendo este un primer paso esencial para construir una cotidianidad confortable.

Además de ello puede ser interesante que se enseñen procedimientos dirigidos a la solución de problemas, puesto que a veces las "malas" elecciones han funcionado como elemento de sustento a la situación adversa que se puede estar viviendo. Tales estrategias suelen incidir en la descripción del problema, la generación de alternativas, la valoración de todas las vías de acción y el compromiso con la solución que se haya seleccionado. Esta técnica ha llegado a demostrar su eficacia como recurso para la prevención de la depresión o la ansiedad en el caso de personas en situaciones concretas de vulnerabilidad.

Por último, potenciar las habilidades sociales de las que dispone la persona (y sobre todo la asertividad) ayuda a disminuir notablemente el malestar emocional. A través de un programa como este resulta posible dotar al individuo de capacidades comunicativas apropiadas, con el fin de que pueda mediar con éxito en todas las situaciones de negociación cuyo objeto sea el alivio de responsabilidades o la búsqueda del acuerdo con el que dar solución a un conflicto persistente.

Referencias bibliográficas:

  • Cruzado, J.A. (2012). Screnning del Malestar Emocional en Pacientes de Cáncer y sus Familiares. Psicooncologia, 9, 231-232.
  • Moreno, A., Krikorian, A. y Gonzalez, C. (2015). Malestar emocional, ansiedad y depresión en pacientes oncológicos colombianos y su relación con la competencia percibida. Avances en Psicología Latinoamericana, 33, 517-529.