Así es este trastorno psicológico propio de la infancia. Unsplash.

Todos llegamos al mundo como seres vulnerables, pues requerimos hasta un año de maduración cerebral para dar nuestros primeros y vacilantes pasos, o incluso para comunicar nuestra voluntad mediante la palabra hablada.

Es por ello que las relaciones con las figuras de apego son fundamentales, pues a partir de ellas se construye el cimiento de la autonomía y la exploración segura del entorno natural en un momento de extrema desprotección.

En este sentido resulta fundamental estimular progresivamente la independencia del niño, de manera que pueda estar preparado para asumir los retos inherentes a esta etapa de su vida y a las que habrán de llegar (como la escuela o las relaciones con iguales).

El trastorno de ansiedad por separación supone la aparición de una profunda desazón durante este proceso natural de transición, y es sin duda uno de los problemas psicológicos más comunes en la niñez.

¿Qué es el trastorno de ansiedad por separación en niños?

El trastorno de ansiedad por separación está presente en el 4% de los niños y el 1,6% de los adolescentes. Supone un miedo cerval al alejamiento de las figuras de apego, lo que se traduce en malestar ante situaciones en las que estas se apartan de su lado. Con mucha frecuencia se trata de algún distanciamiento imaginario, sin sustento objetivo, con el cual el niño proyecta hacia el futuro su incertidumbre o su angustia.

En lo sucesivo describiremos cuáles son sus síntomas nucleares, así como los motivos por los que puede ocurrir y el abordaje terapéutico del que disponemos en la actualidad.

1. Malestar emocional anticipatorio a una separación de las figuras de apego

Los niños con un trastorno de ansiedad por separación son sensibles a todo indicio que pudiera sugerir el alejamiento de sus figuras de apego (especialmente de sus padres). Por este motivo permanecen muy atentos no solo a los sucesos que ocurren frente a ellos y que a su juicio lo insinúen, sino también a los que podrían ocurrir en un futuro, anticipándose a "amenazas" que con gran probabilidad jamás llegarán a presentarse.

En este sentido es importante considerar que, en los primeros años de la vida, la proyección sobre el devenir puede estar condicionada por un pensamiento mágico: los niños formularían hipótesis sobre la realidad desprovistas de la lógica adulta, pero a las que dotarían de total credibilidad en el marco de sus experiencias y expectativas personales, convirtiendo sucesos improbables (rapto, abandono, etc.) en riesgos reales y tangibles. El tiempo, pues, deviene un enemigo y una fuente de estrés.

A medida que se acerca el día anticipado los niños ven acrecentado el dolor emocional y la preocupación. También puede apreciarse con frecuencia un recrudecimiento de los aspectos conductuales del problema. Así, no es extraño que expresen sus miedos mediante pataletas y explosiones de mal genio, que suponen un conflicto para los padres y para otras figuras de cuidado (familiares, maestros, etc.).

2. Preocupación excesiva y persistente a perder alguna de las figuras de apego o a que sufra algún daño

Los niños que padecen trastorno de ansiedad generalizada se muestran preocupados por la salud y el bienestar de sus figuras vinculares, viviendo con miedo a que pueda sobrevenir un infortunio o una enfermedad. Es por esto que desarrollan conductas de reaseguración, las cuales consisten en indagar en el estado de sus progenitores formulando preguntas sobre la probabilidad de que mueran o de que sufran algún daño (lo que se vive con sorpresa por parte de los aludidos).

Este temor se agudiza en los periodos en los que alguna de las figuras de apego desarrolla una enfermedad común o de mayor gravedad. En este último caso, los intentos de la familia por ocultar la situación pueden precipitar una actitud de suspicacia en el niño, que acabaría añadiendo incertidumbre a su experiencia de ansiedad. En el caso de patologías menores, como resfriados u otros procesos transitorios, puede mostrarse una actitud de preocupación y desazón excesiva ante síntomas inocuos (fiebre, tos, etc.).

3. Miedo a que suceda un acontecimiento que pueda suponer la separación de la figura de apego

Uno de los fenómenos más comunes en el contexto de este trastorno es la aparición de pensamientos sobre hechos imaginarios que pudieran precipitar una separación abrupta de los padres. Estos incluyen la probabilidad de perderse o de ser raptado, o de que un tercero acceda a la intimidad del hogar y provoque un daño a los miembros de la familia.

Este temor convive con miedos normales para el periodo etario, como los relacionados con monstruos o seres fantásticos, e incluso llega a fusionarse de algún modo con ellos (desarrollando miedo a Santa Claus ante la posibilidad de que tenga aviesas intenciones, por ejemplo).

También es habitual que el niño experimente con intensa angustia los conflictos que se dan en el escenario de las fricciones familiares. De esta manera, puede referir malestar durante las discusiones entre los propios padres (riñas cotidianas por asuntos ordinarios) o en el caso de que cualquiera de ellos muestre señales de enfado o desacuerdo respecto a su modo de actuar. Esto último puede detonar la creencia de que se es merecedor de castigo o de que se es "malo", lo que puede anclarse de forma profunda en la autoestima y provocar miedo al abandono.

4. Rechazo persistente a separarse del hogar

En los niños con trastorno de ansiedad por separación el hogar puede ser percibido como el principal espacio de seguridad, por lo que cuando se alejan de él lo vivencian con una angustia desbordante. Este hecho se agudiza durante las mudanzas, cuando se cambia a un nuevo colegio (o instituto) y cuando llegan las vacaciones estivales. Tal miedo puede motivar una negativa rotunda a participar en cualquier excursión o viaje escolar, sobre todo cuando implican la pernoctación fuera de la casa.

El temor a alejarse puede mantenerse al llegar a la adolescencia, aunque existe evidencia de que el trastorno de ansiedad por separación tiende a reducir su prevalencia a medida que el tiempo pasa. En este caso, la emoción que embarga a la persona puede obstaculizar el desarrollo de las relaciones diádicas (amistad, camaradería, etc.) en un momento de la vida en que suelen fraguarse los primeros vínculos fuera del marco familiar.

5. Preocupación por la soledad

La preocupación por estar solo es común en este trastorno, al ser un momento en el que el niño percibe un aumento de la probabilidad de ser raptado o perderse, dos de las situaciones más temidas. Es por ello que la distancia de las figuras de apego conduce a una inhibición del juego y de otras conductas de exploración del entorno, recuperándose solo en el instante en el que se restaura su presencia.

Este temor es particularmente frecuente en el momento de ir a dormir, y se intensifica cuando los padres deciden ubicar el dormitorio del hijo en una espacio independiente.

En este periodo de transición el niño expresa el deseo de estar acompañado, o se escurre en plena noche dentro de la cama de una persona de confianza. A veces puede llegar a desarrollar un problema para dormir, expectante ante los sonidos que pudieran brotar en el silencio de la casa mientras alimenta los miedos con su vívida imaginación.

6. Pesadillas recurrentes sobre la separación de las figuras de apego

Las pesadillas en las que se representa algún daño a cualquiera de los dos progenitores son muy habituales en este trastorno, y uno de los motivos por los que pueden llegar a rechazar la idea de dormir en soledad. Se trata de un fenómeno más frecuente en los chavales de menor edad, puesto que existe un periodo en el que el miedo a la separación de los padres deviene normal y adaptativo. En este caso, no obstante, las pesadillas provocan un profundo menoscabo en la vida del menor y en la de su familia (interfiriendo en exceso sobre las áreas de funcionamiento).

El contenido de las pesadillas, que el niño es capaz de evocar en el momento en el que los padres indagan sobre el tema (lo que sucede a veces en mitad de la noche), suele versar sobre el divorcio o la irrupción de algún hecho luctuoso (asesinatos, accidentes, etc.). En tal caso, puede despertar agitado, entre gritos y/o sollozos.

En el supuesto de que se vuelva a dormir inmediatamente, y además no recuerde nada de lo sucedido a la mañana siguiente, podría tratarse de un terror nocturno (una parasomnia cuya intensidad aumenta durante los periodos de estrés).

7. Quejas físicas recurrentes durante la separación de las figuras de apego o cuando esta es anticipada

Muchos niños somatizan malestar físico como consecuencia de la separación. Los síntomas más frecuentes son cefalea, dolor abdominal, mareo, náuseas, calambres, palpitaciones y dolor torácico; presentándose aisladamente o en combinación. Además, se manifiestan en las horas previas a acudir al colegio u otras actividades (durante las cuales se anticipa un distanciamiento temporal de las personas con las que se ha forjado un vínculo de apego).

Esta eventualidad suele preocupar mucho a los padres y motivar visitas al pediatra, cuyas exploraciones no hallan causa orgánica para una clínica tan florida. Asimismo, provoca un constante absentismo escolar, que condiciona la adquisición de conocimientos previstos en el currículum del niño y amerita la adopción de medidas extraordinarias (repetición de curso, por ejemplo). Cuando los síntomas persisten en la escuela es posible que se asocien a ese espacio, produciéndose la negación explícita a acudir a ella.

Causas

La literatura científica sobre esta cuestión ha tratado de determinar cuáles son los factores de riesgo para este trastorno de ansiedad, habiéndose detectado causas en el ambiente y en los estilos de crianza. La más importante hace referencia a la formación de algún apego inseguro en cualquiera de sus tres subtipos: preocupado (sensación de que no dispondrá de ayuda en el caso de necesitarla), temeroso (rechazo de los padres ante los intentos de aproximación) y desorganizado (vivencia de experiencias de abuso u hostilidad explícitas).

También los cambios abruptos en lo cotidiano pueden contribuir a este problema (mudanzas, matrícula en un nuevo colegio o instituto, etc.), habida cuenta de que los entornos predecibles son esenciales para el desarrollo afectivo de los niños.

El estrés por situaciones familiares (divorcios, fallecimiento de algún ser querido, nacimiento de un nuevo hermano, etc.), y la experiencia de rechazo en el colegio, también pueden relacionarse con esta problemática.

A su vez, existe evidencia de que los adultos que padecieron este trastorno ansioso en su niñez son más proclives a sufrir ataques de pánico (episodios de ansiedad aguda).

Por último, un estilo sobreprotector de crianza también puede relacionarse con este trastorno de ansiedad, puesto que privaría al niño de explorar con seguridad su entorno y reduciría severamente su autonomía. Es por ello que la soledad se experimenta como un insoportable desamparo, pues el niño cree no disponer de herramientas para gestionarla sin ayuda.

La búsqueda del equilibrio entre la libertad y la protección es clave para el cuidado de un hijo, pues de ello depende que forje las primeras herramientas con las que erigir su autonomía.

¿Cuál es su tratamiento?

Existe un tratamiento psicológico eficaz para este problema de salud mental, el cual implica un abordaje tanto cognitivo como conductual, así como la articulación de un plan dirigido a promover hábitos que faciliten la convivencia en el hogar. En primer lugar es necesario un tratamiento psicoeducativo sobre el problema (junto a un análisis funcional), de modo que los padres comprendan cuáles son las causas más concretas del mismo y puedan atajarlas desde su origen.

Es recomendable hablar con el niño sobre sus sentimientos de manera activa, sin evitarlos ni restarles importancia. También es interesante apoyarle para que se implique en actividades compartidas con su grupo de iguales, y reforzar los avances que se produzcan hacia el desarrollo de la independencia. Asimismo, es esencial afrontar la situación de separación con naturalidad, y mostrarse accesibles en los momentos en los que el niño pueda necesitar cercanía o apoyo.

Referencias bibliográficas:

  • Ehrenreich, J.T., Santucci, L.C. y Weiner, C.L. (2008). Separation Anxiety Disorder in Youth: Phenomenology, Assessment and Treatment. Psicología Conductual, 16(3), 389-412.
  • Silove, D., Manicavasagar, V. y Pini, S. (2016). Can Separation Anxiety Disorder Escape its Attachment to Childhood? World Psychiatry, 15(2), 113-115.