Cuando pensamos en arte Barroco, nos vienen a la mente esas retorcidas y dramáticas imágenes de las iglesias, donde podemos ver ya a un Cristo sufriente, ya a una Magdalena en penitencia con los ojos arrasados en lágrimas.

Sí, el arte Barroco es a menudo un arte excesivo (debemos reconocerlo), y también patético (en su más auténtico significado, o sea, altamente expresivo). Frecuentemente, este estilo despierta en nosotros atracción y rechazo a partes iguales.

Pero ¿qué es en realidad el Barroco? ¿Cuál es su lenguaje? ¿Qué intenta transmitirnos? ¿Cuál es su ideal estético?

En este artículo intentaremos poner hilo a la aguja y describir, brevemente, la esencia y las características del Barroco más importantes.

¿Qué es el arte Barroco?

Llamamos arte Barroco al estilo que se desarrolló en Europa desde finales del siglo XVI hasta inicios del XVIII. A pesar de establecerse en un período muy concreto de la historia, no tuvo las mimas características en todos los países europeos.

En su desarrollo tuvo un papel fundamental la Iglesia Católica de Roma, papel que explicaremos más adelante. A modo de resumen, podemos decir que el Barroco (en concreto, el Barroco católico, del sur de Europa) buscaba conmover al fiel mediante la expresión, la emoción exaltada y el dramatismo.

Pero antes, detengámonos en sus orígenes, ya que de otra forma no entenderemos cómo se gestó este estilo.

Los orígenes del Barroco

Antes de empezar a abordar las características del Barroco, que nos pueden ayudar a reconocerlo y a entenderlo, vamos a reseñar brevemente algunos aspectos sobre su origen.

1. El nombre

Como sucede con muchas otras palabras que ahora se utilizan académicamente sin ningún tipo de problema, el término “Barroco” nació en la Ilustración como un concepto más o menos peyorativo. Se usaba para designar algo "extravagante" o "confuso", en clara oposición al "equilibrado" y "limpio" estilo de finales del siglo XVIII, que recuperó los cánones clásicos.

Así pues, del mismo modo que en un principio el término "gótico" se usó para menospreciar el arte de la segunda Edad Media (un arte de godos, de bárbaros, decían), “barroco” sirvió a su vez para denominar a esos estilos excesivos de los siglos precedentes a la Ilustración.

Porque el Barroco se gesta a finales del siglo XVI y principios del XVII, y el escenario de su nacimiento es claro y concreto. Veamos qué hechos históricos, sociales e ideológicos abonaron el terreno para su aparición.

2. El Barroco y la Contrarreforma

Cien años antes, a principios del siglo XVI, un monje alemán llamado Martin Lutero había clavado en las puertas de la iglesia del palacio de Wittenberg sus 95 tesis, de índole religiosa, donde, entre otras cosas, atacaba ferozmente a la Iglesia por su desmedida avaricia y corrupción.

En concreto, el objetivo de su crítica eran las indulgencias que en aquellos años vendía la Iglesia a cambio de la remisión del castigo por los pecados. Recordemos que el Vaticano estaba financiando la construcción de la nueva basílica de San Pedro, y tal obra requería unas arcas siempre llenas.

La rebeldía de Lutero escindió para siempre a la Iglesia Occidental. Paulatinamente, los príncipes alemanes se fueron alineando con su causa, y concluida la Reforma, Roma solo contaba con la fidelidad del sur de Europa, especialmente de Francia, Italia y España.

Fue entonces cuando la Iglesia Romana desplegó una auténtica campaña de propaganda religiosa para conservar a los católicos que aun le eran fieles. Esta respuesta, que recibió el nombre de Contrarreforma por razones obvias, tuvo su mayor y mejor vehículo de expresión en el arte Barroco.

El Barroco: un arte nuevo para una antigua fe

Efectivamente, el Vaticano imbuyó a este nuevo estilo de toda su artillería ideológica. El objetivo era que los fieles, al contemplar un lienzo o una escultura, recibieran un impacto de fe, de la "fe verdadera", por supuesto, y alejarlos de esta manera de cualquier "desviación" luterana.

¿Cómo consiguió el arte Barroco conmover de esta forma a su público? Mediante diversas técnicas y diversos recursos que detallaremos a continuación.

1. Emotividad

El Barroco es un lenguaje altamente dramático, de eso no existe duda alguna. Su principal objetivo era, como ya se ha señalado, conmover a su público. Por lo tanto, este debía sentirse identificado con lo que veía plasmado ante sus ojos.

Para este fin, las expresiones se dramatizan al máximo. Los santos en martirio sufren, y sufren mucho. Cristo mismo agoniza de verdad en la Cruz. Se puede percibir cada una de sus llagas, cada una de sus gotas de sangre y todas las convulsiones de su cuerpo. La Magdalena penitente tiene el rostro hinchado y rojo de tanto llorar. Algunas esculturas, incluso, incluían elementos como pelo natural o lágrimas de cristal para acentuar el efecto realista de las imágenes, y también su patetismo.

Podemos imaginar fácilmente la reacción de los fieles al contemplar semejantes obras. El santo ya no es un ser místico, inalcanzable, que no muestra señal alguna de dolor; es un ser humano como él, que sangra, gime y sufre. Más poderosa todavía es la imagen de Cristo. El Hijo de Dios tiene la frente llena de sangre, los costados repletos de heridas; Cristo no solo es Dios, es también un hombre.

2. Teatralidad

El Barroco español e italiano lleva este dramatismo al máximo, hasta el punto de que las figuras y las escenas parecen extraídas de un escenario.

El teatro gozó de una gran fama en el mundo barroco y, relacionado con él, los bruscos contrastes de luz y sombra en los lienzos. Muy a menudo tenemos la sensación de encontrarnos no delante de un cuadro, sino ante una escena teatral congelada en el tiempo. La disposición de las figuras, sus gestos grandilocuentes y, sobre todo, ese potente foco de luz irreal, responsable del famoso claroscuro barroco, son algunos de los elementos que ayudan a transmitir esa sensación.

Y, de nuevo, imaginemos la reacción del fiel al encontrarse ante algo semejante. Como el antiguo teatro griego, estos efectos debían producir una catarsis en su interior. Tenía entonces la certeza de hallarse ante algo sobrenatural, divino, verdadero. Era la fe “auténtica” que se desplegaba ante él. Esa era ni más ni menos la intención de la Iglesia de Roma, y por ello exprimió todas las posibilidades de este nuevo estilo y lo acercó a su causa.

3. El claroscuro

Ya lo hemos comentado en el punto anterior; en los cuadros barrocos del área mediterránea (o sea, católica), el juego de luces y sombras suele ser brusco y violento.

De una esquina del lienzo aparece un potente haz de luz, parecido al que daría un moderno foco de teatro o de cine. En algún cuadro, el claroscuro que este haz de luz provoca es tan intenso, que muchos de los personajes quedan casi a oscuras. Esta luz intensa y directa sirve para resaltar al personaje principal o alguna expresión importante en la narración de la historia.

En la "Cena de Emaús", de Caravaggio, la luz hace resplandecer el magnífico rostro de Cristo, mientras que los discípulos quedan en penumbra a su alrededor. No se sabe exactamente de dónde proviene la fuente lumínica; ¿quizá de una hoguera situada en el extremo izquierdo del cuadro, que nosotros no podemos ver? ¿De la luz parpadeante de una vela?

Con el arte Barroco siempre tenemos esa vaga sensación de irrealidad, de visión, de escenografía. Y eso a pesar de que no pocos artistas, como el mismo Caravaggio, tomaron sus modelos de los estratos más bajos de la sociedad y situaron a sus personajes en ambientes cotidianos y sencillos.

4. Exageración (y confusión) de sentimientos

Uno de los denominadores comunes en el arte barroco católico es la exageración. El dolor se multiplica por mil, las heridas sangran más de lo normal, las expresiones faciales parecen sacadas de un escenario. Y aún más: los sentimientos y las emociones no solo se exacerban, sino que, a veces, se confunden.

Tomemos como ejemplo la famosa escultura de Bernini “El éxtasis de Santa Teresa”. La santa está recibiendo un rayo divino en el corazón, que le lanza un ángel. Su rostro se descompone en un éxtasis místico. Pero... bien podría ser el rostro de una mujer que está sintiendo un intenso placer sexual.

El Barroco nos engaña constantemente, nos tiende ilusiones efímeras, como si todo fuera parte de un gran decorado, de una enorme farsa, de una eterna obra de teatro. "La vida es sueño", como recoge la famosa obra de Calderón, barroca por cierto.

Luz-sombra, misticismo-sensualidad, dolor-placer... en el mundo barroco, los binomios, las dicotomías, aparentemente irreconciliables, siempre encuentran un punto de unión, y muchas veces se confunden unas con otras.

Los diferentes "Barrocos"

Hasta aquí hemos hablado principalmente del Barroco de la zona católica, es decir, los que hicieron del movimiento el vehículo de expresión para la Contrarreforma. Lo cierto es que no existe un Barroco único (como sucede en todos los estilos), ya que en el norte de Europa, mayoritariamente luterano, se desarrolló de una forma completamente distinta. Veámoslo.

1. La Edad de Oro de los Países Bajos

En la zona holandesa, el Barroco es intimidad. El luteranismo había conllevado una mayor introspección y un mayor individualismo al afirmar que solo la fe personal puede salvarnos.

Además, en los países protestantes no existía una Iglesia fuerte, como lo era la de Roma, que pudiera promover las grandes obras del Barroco, que sí se promovieron en España o Italia. El resultado fue una producción de lienzos muy íntimos y de temática sencilla (nunca religiosa), que los burgueses de las ciudades encargaban para decorar sus aposentos. Es en este contexto que debemos situar los exquisitos interiores holandeses, que ejecutaron con maestría pintores como Vermeer o Jan Steen.

Muy lejos quedan estas obras de las grandilocuentes epopeyas del genio barroco (y universal) que fue Rubens. Efectivamente, Rubens pintó mayoritariamente para España, país que se situó desde el principio en la vanguardia de la Contrarreforma. Por ello, gran parte de la obra del artista está imbuida de ese aire barroco meridional, ampuloso y afectado, que nada tiene que ver con la retraída expresión holandesa o inglesa.

2. Francia y el clasicismo

Francia, país a caballo entre la Europa católica y la protestante, desarrolló un Barroco mucho más clásico que el español. Sobre todo durante el reinado de Luis XIV, esto es, a mediados y finales del siglo XVII, la expresión barroca francesa fue contenida y equilibrada, altamente inspirada en los modelos clásicos. Como ejemplo, podemos citar las obras de Nicolas Poussin.

La arquitectura barroca

La arquitectura no sufrió unas transformaciones tan cruciales como en el caso de la pintura o la escultura. Se mantuvieron los elementos clásicos de construcción (pilastras, tímpanos, capiteles, columnas…) especialmente en el caso de Francia, con ejemplos clasicistas como el maravilloso Palacio de Versalles.

Por supuesto, el Barroco introdujo una serie modificaciones en la arquitectura que se alejaban de los cánones griegos y romanos y que no siempre fueron bien recibidos. Por ejemplo, se otorgó a los elementos clásicos una nueva disposición, y a partir de ellos, el barroco encuentra su propia forma de expresión, original y única.

Pero, debemos repetirlo, la arquitectura típica barroca es esencialmente clásica. Deberemos esperar a finales del siglo XVII y principios del XVIII para encontrar estilos realmente novedosos, como el estilo churrigueresco español, único en la historia del arte.

Referencias bibliográficas:

  • Checa, F. & Morán, J.M. (2001) El Barroco. Madrid: Istmo.
  • Gombrich, E.H. (2002). La historia del arteMadrid: Debate.
  • Langdon, H. Caravaggio (2010). Barcelona: Edhasa.