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La relación mente-cuerpo en las emociones

Una reflexión sobre los conceptos de "mente" y "cuerpo" al comprender nuestro lado emocional.

La relación mente-cuerpo en las emociones

¿Es mi mente algo que tan solo experimento yo y que me pertenece únicamente a mí? Esta pregunta tan difícil de responder ha estado en la base de muchas investigaciones filosóficas a lo largo de los siglos.

De hecho, René Descartes uno de los pensadores más influyentes en el nacimiento de la Psicología como ciencia (a pesar de que murió mucho antes de la aparición de esta), tomó como punto de partida una idea íntimamente relacionada con este tema: el filósofo francés asumió que el hecho de experimentar nuestra propia actividad mental es una de las únicas certezas de las que podemos estar seguros, dado que todo lo que va más allá de esta nos puede engañar a través de los sentidos: “pienso, luego existo”. Nuestra existencia como entidades conscientes es aquello de lo que no dudamos nunca.

Ahora bien, algo que está muy ligado a nuestra conciencia so las emociones que experimentamos mezcladas en ella: es prácticamente imposible estar conscientes y a la vez no sentirnos de ninguna manera; de manera espontánea, valoramos nuestro estado anímico, si las sensaciones que nos transmite nuestro entorno so buenas o malas, etc. Y si a esto le unimos que las emociones no pueden ser reducidas a palabras, no sorprende que muchas personas vea las emociones como algo totalmente privado y subjetivo, o que incluso es independiente de su cuerpo y de todo lo terrenal en general. ¿Hasta qué punto esta visión de la mente humana es acertada?

Dos posturas principales ante la relación mente-cuerpo

Hay varias maneras de entender el vínculo que existe entre el concepto de “emociones” y el concepto de “cuerpo”. Varias de ellas pueden ser agrupadas en la perspectiva filosófica que llamamos dualismo: la idea de que una cosa es la mente humana y otra claramente distinta es el cuerpo humano y todos sus componentes orgánicos y materiales en general.

Esta posición, representada entre otros pensadores por Descartes, muestra al ser humano como un alma encarcelada en la prisión material de su propio organismo. De hecho, el filósofo francés proponía que en el cerebro humano hay una estructura, la glándula pineal, desde la que el ser incorpóreo de cada ser humano controla la “máquina” del cuerpo a partir de la información sensorial que le llega a través de la imperfecta circuitería de este último.

Otras posturas filosóficas opuestas al dualismo se engloban en el monismo filosófico, y concretamente, en el monismo materialista (existe también un monismo no materialista, pero tiene poca influencia actualmente).

Filosofía de las emociones

Esta perspectiva considera que tanto las emociones como todos los estados psicológicos en general son un simple producto de los procesos orgánicos del cuerpo, y que el hecho de que experimentemos la subjetividad como algo privado y reservado en exclusiva para cada persona o es más que una ilusión. ¿Cúal de estas dos maneras de entender la mente humana es más acertada? A pesar de que este tema no está aún zanjado del todo y ni mucho menos va a quedar resuelto en un breve artículo como el que estás leyendo, me gustaría mostrarte que ambas posturas ofrecen una parte de verdad.

¿Por qué existen las emociones?

¿Podemos decir que las emociones son un fenómeno totalmente desconectado de lo material? Décadas de investigaciones nos muestran que sería poco acertado pensar en estos términos. No hay que olvidar que si filósofos como Descartes reservaban al ser humano una posición privilegiada en el acceso a la trascendencia mediante la capacidad de tener alma era en parte por una serie de dogmas religiosos y antropocéntricos muy en boga en su época; sin embargo, hoy en día sabemos que las emociones son prácticamente omnipresentes en el reino animal, y esto no tiene nada que ver con que tengan o no tengan alma. Lo cierto es que más allá de cómo experimentamos subjetivamente lo emocional, el hecho de experimentar emociones tiene efectos prácticos: nos predisponen a comportarnos de una u otra forma.

Es más, esta predisposición queda claramente plasmada en nuestras acciones a través de los patrones de conducta que activamos de manera más espontánea y menos premeditada. Lo que nos hace seres emocionales es nuestra herencia biológica, toda una serie de mecanismos fisiológicos y neuroendocrinos que hemos obtenido de nuestros ancestros porque eran y son clave para sobrevivir.

Es por ello que las emociones casi siempre van por delante de la razón. En concreto, estructuras cerebrales como el sistema límbico, muy conectadas a partes del sistema nervioso ancestrales y presentes en todos los vertebrados, son las que se encaran de hacer posible que nos sintamos de una u otra forma: de esa manera reaccionamos rápidamente ante el peligro, aprendemos de nuestros errores y de nuestros aciertos sin tener que detenernos a reflexionar mucho, etc. Si el cerebro es una máquina de aprender y de predecir posibles situaciones futuras a partir de lo que nos ha sucedido, las emociones son el combustible de nuestra motivación, lo que nos lleva a tener motivos por los que progresar y aprender.

Sin embargo, asumir que las emociones son simplemente una consecuencia de la actividad cerebral tampoco es acertado. No podemos equiparar las emociones a las hormonas y neurotransmisores y otras sustancias segregadas por nuestro organismo, entre otras cosas porque estas dependen de nuestra manera de pensar y de interactuar con el entorno y con los demás. Y tanto el lenguaje como la capacidad de pensar en nuestros propios estados mentales, lo que se conoce como metacognición, son en el ser humano fenómenos tan naturales como la activación de las neuronas.

Es por eso que comprender nuestros estados de ánimo, nuestras emociones y sentimientos no es un proceso “artificial” ni secundario a lo biológico; es parte imprescindible de la experiencia humana. Asumir lo contrario sería como considerar que el Homo sapiens no debería existir, dado que hemos evolucionado y prosperado gracias al uso de herramientas y de sistemas de símbolos y palabras que no surgen de estructuras corporales concretas, sino de la vida en comunidad.

Por eso, la relación entre la mente y el cuerpo en lo relativo a las emociones es la siguiente: porque tenemos un cuerpo, no podemos no sentir, y porque somos seres humanos, o podemos dejar de implicarnos en comprender nuestro “Yo” y la naturaleza de lo que sentimos.

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  • Panksepp, J. (2005). Affective neuroscience : the foundations of human and animal emotions. Oxford: Oxford Univ. Press.
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  • Watson, R. A. (2012). René Descartes. Encyclopædia Britannica. Encyclopædia Britannica Online. Encyclopædia Britannica Inc.

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