La cultura es una construcción que parte de la vida compartida y que se instaura en forma de actos "colectivos" y con propósito. En general, empieza a adquirirse en la primera infancia de la mano de los progenitores, pero continuará expandiéndose durante toda la vida adulta en diferentes contextos. Dota a los individuos que comparten tiempo y espacio de un sentido de unicidad esencial, pese a que al mismo tiempo subraya las distancias con quienes son ajenos a ella.

Durante muchos años se pensó que la cultura era una propiedad exclusivamente humana, al requerir el soporte de un sistema nervioso de enorme complejidad que solo se podría hallar en nuestra especie. Pero en los últimos años han surgido hipótesis que refutan tal creencia, y que la comunidad científica está empezando a considerar.

En este artículo abordaremos la cuestión de la cultura en animales no humanos, tratando de responder incógnitas que se formularon en los tiempos de Aristóteles y que durmieron en el injusto lecho de la irrelevancia científica hasta mediados del s.XX. Así, pues: ¿tienen cultura los animales? Exploraremos este tema a continuación.

¿Pueden tener cultura los animales?

El asunto de la cultura en los animales es uno de los más controvertidos en la ciencia actual, por las resonancias que su aceptación tendría sobre cómo nos relacionamos con el resto de los seres vivos. Supondría reconocerlos como criaturas más próximas a nuestra especie de lo que jamás se consideró, lo que excedería la sencilla atribución de emociones básicas que la mayoría les concede. Sería, con seguridad, un acicate para promover leyes mediante las que proteger su legado, del mismo modo que se hace con numerosos colectivos humanos a lo largo y ancho de este mundo.

Las dificultades para llegar a una conclusión al respecto surgen ya desde la indefinición de la propia palabra "cultura", pues aún carecemos de un espacio epistemológico que la ampare y permita avanzar en su comprensión (y no solo en lo concerniente al animal humano). Muchas de las delimitaciones tradicionales excluían en su propia formulación todo lo que escapara al alcance de nuestra especie, aunque como se verá, esta visión empieza a cuestionarse para incluir a otros seres con los que compartimos el planeta. Tratemos de profundizar, un poco más, en todo ello.

¿Qué entendemos por "cultura animal"?

Los primeros estudios sobre cultura animal se llevaron a cabo durante la década de los 40, y tenían como propósito establecer si los seres vivos no humanos podían "adquirir" conductas como resultado del aprendizaje social, sin que estas pudieran ser explicadas a través de los instintos. El desarrollo de estas prospecciones no era fácil, pues luchaba contra convicciones profundas provenientes de la religión, para la cual el ser humano estaría diseñado a imagen y semejanza de su correspondiente Dios (y al que por tanto se le atribuían rasgos únicos en el reino de la naturaleza).

Se ha pensado tradicionalmente que la cultura requiere de cerebros complejos, ya que se ha conectado con la escritura y la tradición oral, así como con las propiedades simbólicas que todo ello tiene en el caso del ser humano. Por su mediación, la realidad del momento podría compartirse entre los individuos de un mismo grupo, e incluso codificarse verbalmente para ser transmitida a las sucesivas generaciones, fortaleciéndose el sentido de consistencia más allá del limitado tiempo del que un único sujeto dispone para vivir.

Desde esta perspectiva, la cultura sería un hecho únicamente humano, y lo observado en animales no pasaría de ser un mecanismo para sobrevivir más o menos sofisticado.

El hecho de que los animales no dispongan de sistemas de comunicación de una complejidad equiparable a los del humano ha conducido a distintos autores a acuñar un término concreto para ellos, el de "precultura", a través del cual se hace una distinción explícita entre el modo en que unos y otros construyen las tradiciones que conforman su vida común. Por otra parte, hay investigadores que postulan una absoluta analogía, conciliando la tradición animal con la cultura humana y considerándolas fenómenos intercambiables. El debate sobre esta cuestión sigue abierto e irresoluto.

La mayor parte de los trabajos llevados a cabo hasta el momento se orientan hacia lo que se conoce como aprendizaje imitativo (o vicario), para el que se requiere la observación de una conducta y su posterior reproducción, aunque con fines evidentes y tangibles. En todo caso, se necesitaría que tales patrones no pudieran explicarse por ensayo/error (estos últimos son mucho más lentos para su consolidación en el repertorio básico conductual) ni por instinto de supervivencia (biología). Al mismo tiempo, se deberían desplegar en un grupo (el mismo en el que irrumpe inicialmente), y no reproducirse de forma espontánea en otros.

Además de por imitación, también ha recibido atención la cultura adquirida por la enseñanza y el lenguaje en los animales. Ambas implican el uso de ciertas capacidades simbólicas que hasta ahora únicamente se han descrito en los humanos, por lo que su evidencia solo ha sido testimonial en contextos ajenos al suyo propio. La simbolización permite al animal humano el acúmulo de una cultura muy abundante a nivel intergeneracional, así como el enriquecimiento progresivo de esta y su persistencia a lo largo de los años.

En los estudios de campo dirigidos a evaluar tal aspecto (procedentes de una disciplina que se ha acuñado como "Cultura Animal"), se ha observado que lo más común es que un único individuo realice conductas espontáneamente (actuando como modelo social), y que con el paso del tiempo se extiendan a sus allegados y a toda la comunidad. Aquellos casos en los que el impacto de tales aprendizajes exceda al grupo primario y alcance a sujetos distintos, con los que no existe relación de parentesco, se consideran culturales.

Ejemplos

Casi todos los trabajos desarrollados hasta el momento se han centrado en chimpancés, por su proximidad evolutiva con el ser humano y por ser una de las pocas especies en las que se ha descrito una intención dirigida a enseñar algo deliberadamente. Asimismo, los cetáceos y las aves han demostrado poseer un lenguaje más complejo de lo que se creía hace apenas unas pocas décadas, por lo que también han captado el interés de muchos estudiosos de las disciplinas implicadas en la comprensión del fenómeno. Veamos algunos ejemplos para cada uno de estos casos.

1. Primates

Los chimpancés fueron los primeros animales en los que se estudió la posible presencia de una cultura como tal, y a día de hoy siguen siendo los que más evidencia acumulan sobre este mismo extremo. Estos animales conviven en sociedades muy complejas, en las que se aprecia una evidente jerarquía, y se ha podido comprobar cómo conductas que partían de un único individuo (en forma de actos ejemplares) se extendían al grupo en su totalidad de forma progresiva, sin que pudieran explicarse por la acción de la biología.

Se entiende como cultura entre los primates el uso de herramientas, como rocas o palos. Las más estudiadas se han dado en colectivos de grandes simios en entornos áridos, los cuales aprendieron a usar varas finas y flexibles para la extracción e ingesta de termitas que de otro modo serían inaccesibles. Tal aprendizaje se acompaña asimismo del procedimiento exacto a través del que llevar a cabo esta acción, que precisa una rotación concreta del utensilio. Se cree que esta forma de recolectar surge como resultado del aprendizaje social, y que se ha perpetuado culturalmente por imitación de los especímenes más jóvenes.

Este exacto mecanismo podría explicar otras costumbres descritas en chimpancés, como el lavado de frutos antes de su ingesta. Algunos trabajos de campo han observado la forma en que ciertos hábitos higiénicos/profilácticos se han transmitido tanto horizontalmente (entre coetáneos) como verticalmente (entre distintas generaciones) en lugares muy particulares del mundo, relacionados tanto con la alimentación (lavar la comida en la orilla de los ríos, p.e.) como con el acicalado (alzar los brazos de un compañero para lavar las axilas, p.e.).

A pesar de ello, existen dudas sobre cómo los seres humanos han podido contribuir con su influjo a esta adquisiciones, puesto que son muchísimo más comunes en cautividad (quizá por el refuerzo involuntario de estas conductas, p.e.).

Entre simios se ha podido comprobar cómo se llevan a cabo intentos deliberados de enseñar a otros miembros del grupo aquello que se ha aprendido mediante la experiencia, sobre todo en forma de advertencias dirigidas a disuadir a los más jóvenes de acceder a aquellas zonas que se consideran peligrosas, o a evitar atacar animales que se perciben como depredadores naturales. Hoy en día se sabe que este tipo de aprendizajes se extienden mucho más allá del entorno inmediato, compartiéndose a lo largo del tiempo con los descendientes directos de los que una vez los adquirieron de sus padres (formando un "relato compartido" sobre qué es adecuado y qué no lo es dentro de un marco ecológico concreto).

2. Cetáceos

Los cetáceos son mamíferos adaptados a una vida marina, aunque se sabe que en su origen deambulaban por la tierra. Ha sido, sin duda, el grupo animal que más atención ha recibido (junto a los primates) en lo concerniente a una posible cultura común. Destacan las orcas, las ballenas y los delfines; todos ellos acreedores de una gran inteligencia, que incluye la opción de comunicarse a través de sonidos (agudos o graves) que albergan significado para el resto de los miembros del grupo.

En estos animales se ha considerado cultura, por ejemplo, el uso diferencial del tono vocal en los distintos grupos; lo cual les permite reconocerse como parte de un colectivo más amplio y protegerse en el supuesto de que se presente un invasor en su territorio. Es una imitación que, efectivamente, tiene el objetivo de aumentar la supervivencia; y que supone al final una conducta que se transmite entre las generaciones y permite identificar a familias o manadas.

También se sabe que las orcas muestran a sus crías cómo cazar, a través de estrategias que incluyen la ofensiva grupal e individual. En tal caso se ha descrito que las hembras (adultas y mayores) enseñan a sus crías a vararse en las orillas deliberadamente, para acceder mejor a algunas de las presas que pasan mucho tiempo en la playa. Se trata de una conducta a la que se accede por aprendizaje, y que jamás adquieren las orcas en cautividad o criadas en condiciones de aislamiento.

3. Aves

Las aves son el tercer grupo, tras los primates y los cetáceos, que más se ha estudiado en lo concerniente a la cultura. Más en concreto, se ha observado que algunas aves que conviven en zonas concretas (parques, p.e.) adquieren los hábitos básicos para beneficiarse de estos ambientes: acudir a lugares donde es posible que se obtenga alimento (como las cercanías de terrazas donde las personas depositan sus desperdicios) o incluso abrir recipientes.

Así, se ha visto que determinadas aves manipulan los comederos de animales de corral con el fin de acceder a su apetecible contenido, y que tal conducta se dispersa posteriormente entre el resto de pájaros que viven en las cercanías.

Las especies animales incluidas en la familia de los psittaciformes (sobre todo los loros que viven en América, África, Asia y Oceanía) han sido consideradas como seres dotados de una extraordinaria inteligencia. Se sabe que imitan muy bien los sonidos que pueden escuchar, y en el caso del habla humana existe evidencia de que no solo la reproducen, sino que hacen uso de ella con nítida intención comunicativa (eligiendo las palabras adecuadas en función de sus necesidades).

Cuando los loros aprenden un número alto de palabras, pueden construir otras nuevas haciendo uso de las reglas gramaticales del idioma (pese a que no sean términos reales o aceptados por consenso social). Cuando son útiles a sus propósitos, pueden "enseñarlas" a otras aves con las que comparten espacio (en el caso de que estén unidas por un vínculo de calidad), convirtiéndose en una conducta que va más allá del aprendizaje social y que suele ser concebida como una forma de cultura que amerita ser estudiada.

Referencias bibliográficas:

  • Galef, B. (2009). The Question of Animal Culture. Human Nature, 3, 157-178.
  • Laland, K., Kendal, J. y Kendal, R. (2009). Animal culture: Problems and solutions. The Question of Animal Culture. 174-197.