Un trastorno psicológico propio de la niñez.

La depresión mayor es el problema de salud mental más prevalente actualmente en todo el mundo, hasta el punto de que se empieza a considerar que su expansión está alcanzando proporciones epidémicas.

Cuando pensamos en este trastorno solemos imaginar a una persona adulta, con una serie de síntomas conocidos por todos: tristeza, pérdida de la capacidad para disfrutar, llanto recurrente, etc. Pero, ¿acaso la depresión ocurre solo en esta etapa de la vida? ¿puede presentarse también en momentos anteriores? ¿pueden los niños desarrollar trastornos del estado de ánimo?

En el presente artículo abordaremos el asunto de la depresión infantil, con especial énfasis en los síntomas que permiten diferenciarla de la que se presenta en adultos.

¿Qué es la depresión infantil?

La depresión infantil presenta múltiples diferencias respecto a la que es propia del adulto, aunque tienden a reducirse a medida que transcurren los años y se acerca la etapa de la adolescencia. Se trata, por tanto, de un problema de salud cuya expresión depende del periodo evolutivo. Además, es importante tener en cuenta que muchos niños carecen de las palabras precisas mediante las que revelar su mundo interior, lo que puede dificultar el diagnóstico e incluso condicionar los datos sobre su prevalencia.

Por ejemplo, la tristeza es una emoción que está presente en los niños que padecen una depresión. Pese a ello, las dificultades para gestionarla generan síntomas diferentes a los previstos para el adulto, como señalaremos en la sección correspondiente. Y es que para ello se requieren estrategias de afrontamiento que el niño todavía ha de adquirir a medida que avance su desarrollo psíquico y neurológico.

Los estudios realizados sobre esta cuestión muestran una prevalencia para la depresión en la infancia de entre 0,3% y 7,8% (según el método de evaluación); y una duración para la misma de 7-9 meses (similar a la del adulto).

Síntomas

En lo sucesivo trataremos las particularidades de la depresión infantil. Todas ellas han de ponernos en alerta sobre la posible existencia de un trastorno del estado de ánimo, el cual requiere un abordaje terapéutico específico.

1. Dificultad para decir cosas positivas sobre sí mismos

Los niños con depresión suelen expresarse de un modo negativo sobre sí mismos, e incluso hacen aseveraciones sobre su valía personal sorprendentemente duras, lo que sugiere una autoestima dañada de base.

Pueden señalar que no desean jugar con los compañeros de su misma edad porque no saben “hacer las cosas bien”, o por temor a que les rechacen o les traten mal. De esta manera, suelen preferir mantenerse al margen de las actividades de juego simbólico entre iguales, necesarias para un desarrollo social saludable.

Cuando se describen a sí mismos aluden con frecuencia a aspectos indeseables, en los que se reproduce un patrón de pesimismo sobre el futuro y una eventual culpabilidad para hechos a los que no contribuyeron. Estos sesgos en la atribución de responsabilidad, o incluso en las expectativas respecto al devenir, suelen versar sobre los sucesos estresantes que se asocian con su estado emocional: conflictos entre los padres, rechazo escolar e incluso violencia en el entorno doméstico (todos ellos factores de riesgo importantes).

La pérdida de confianza suele generalizarse a cada vez más áreas de la vida cotidiana del niño, a medida que el tiempo avanza y no se adoptan soluciones terapéuticas eficaces para su caso. Al final, condiciona negativamente su desempeño en los ámbitos en los que este participa, como el académico. Los resultados negativos "confirmarían" al niño las creencias que alberga sobre sí mismo, adentrándose en un ciclo pernicioso para su salud mental y su autoimagen.

2. Predominio de aspectos orgánicos

Los niños que padecen un trastorno depresivo suelen mostrar quejas evidentes de problemas físicos, que llegan a motivar numerosas visitas con el médico pediatra y a dificultar su normal asistencia al colegio. Los más comunes son el dolor de cabeza (ubicado en frente, sienes y nuca), las molestias abdominales (incluyendo diarrea o estreñimiento), la fatiga persistente y las náuseas. El rostro tendería a adoptar una expresión triste, y a disminuir ostensiblemente el contacto visual.

3. Irritabilidad

Una de las particularidades más conocidas de la depresión infantil es que suele cursar con irritabilidad, la cual es mucho más fácilmente identificable por los padres que las emociones que pudieran subyacer a la misma. En estos casos, es muy importante considerar que los progenitores son buenos informadores de la conducta de sus hijos, pero tienden a resultar algo más imprecisos en el momento en el que se indaga sobre sus matices internos. Es por ello que a veces el motivo de consulta inicial y el problema a tratar son algo diferentes.

Esta circunstancia, junto al hecho de que el niño no se describe usando el término “triste” (pues recurre a calificativos como “gruñón” o “enfadado”), puede demorar la identificación y la intervención. En algunos casos, incluso, llega a elaborarse un diagnóstico que no se adhiere a la realidad de la situación ( trastorno negativista desafiante, por citar un ejemplo). Es necesario, pues, que el especialista disponga de conocimientos precisos sobre las particularidades clínicas de la depresión en los niños.

4. Síntomas vegetativos y cognitivos

La depresión puede estar acompañada (tanto en el niño como en el adulto) de una serie de síntomas que comprometen funciones como la cognición, el sueño, el apetito y la motricidad. Se han observado expresiones particulares según el estadio evolutivo del niño, aunque se considera que a medida que el tiempo pasa se asemejan más a las del adulto (por lo que en la adolescencia son equiparables en muchos sentidos, que no en todos).

En los primeros años de vida son comunes el insomnio (de conciliación), la pérdida de peso (o cese en la ganancia prevista para la edad) y la agitación motora; mientras que a medida que transcurren los años es más habitual que aparezca hipersomnia, aumento del apetito y enlentecimiento psicomotor generalizado. En la escuela se hace evidente una significativa dificultad para mantener el foco de la atención (vigilancia) y para concentrarse en las tareas.

5. Anhedonia y aislamiento social

La presencia de anhedonia sugiere un estado depresivo severo en los niños. Se trata de una importante dificultad para experimentar placer con lo que antes era reforzante, incluyendo las actividades lúdicas y las sociales.

Así, pueden sentirse apáticos/desinteresados por explorar el entorno, distanciándose progresivamente y cediendo a una nociva inactividad. Es en este momento en el que se hace evidente que el niño está padeciendo una situación diferente a los "problemas de conducta", pues se trata de un síntoma habitual en personas adultas con depresión (y por tanto mucho más reconocible para la familia).

Junto a la anhedonia, surge una tendencia al aislamiento social y la negativa a participar en actividades compartidas (jugar con el grupo de referencia, pérdida de interés por los asuntos académicos, rechazo de la escuela, etc.). Esta retirada es un fenómeno ampliamente descrito en depresión infantil, y uno de los motivos por los que los padres deciden consultar con un profesional de la salud mental.

Causas

No existe una única causa para la depresión infantil, sino una miríada de factores de riesgo (biológicos, psicológicos y/o sociales) cuya convergencia contribuye a su aparición final. Seguidamente procedemos a detallar los más relevantes, según la literatura.

1. Estilo cognitivo de los padres

Algunos niños tienen tendencia a interpretar los hechos cotidianos de su vida en términos catastróficos y claramente desproporcionados. Pese a haberse formulado muchas hipótesis para tratar de explicar el fenómeno, existe un consenso bastante amplio en lo relativo a que podría ser resultado de un aprendizaje vicario: el niño adquiriría el estilo específico que uno de sus padres utiliza con el fin de interpretar las adversidades, adoptándolo como propio en lo sucesivo (debido a que las figuras de apego ejercen como modelos de conducta).

El fenómeno se ha descrito también en otros trastornos, como los incluidos en la categoría de la ansiedad clínica. En cualquier caso, los estudios sobre la cuestión señalan que existe un riesgo cuatro veces mayor de que un niño desarrolle depresión cuando cualquiera de los padres la padece, en contraste con los que no tienen antecedentes familiares de ningún tipo. No obstante, todavía no se ha alcanzado un conocimiento preciso sobre el modo en el que la genética y el aprendizaje podrían contribuir, como realidades independientes, a todo ello.

2. Conflictos entre las figuras de cuidado

La existencia de dificultades relacionales entre los padres estimula en el niño una sensación de desamparo. Los cimientos sobre los que se construye su sentido de seguridad se verían amenazados, lo que se alinea con los miedos habituales en el periodo de edad. Los gritos y las amenazas pueden precipitar también otras emociones, como el miedo, que se instalarían decisivamente en su experiencia interna.

Los estudios sobre esta cuestión demuestran que las muestras de calidez de las figuras de apego, y los acuerdos consensuados sobre la crianza, actúan como variables de protección para reducir el riesgo de que el niño desarrolle problemas emocionales de relevancia clínica. Todo ello con independencia de si los padres permanecen unidos como pareja.

3. Violencia familiar

Las experiencias de abuso sexual y maltrato (físico o psíquico) se erigen como factores de riesgo muy importantes para el desarrollo de una depresión infantil. Los niños que padecen estilos de crianza excesivamente autoritarios, en los que se impone unilateralmente la fuerza como mecanismo para gestionar el conflicto, pueden mostrar un estado de hiperactivación constante (e indefensión) que se traduce en ansiedad y depresión. La agresividad física se relaciona con impulsividad en la adolescencia y la adultez, mediada por la relación funcional entre las estructuras límbicas (amígdala) y las corticales (corteza prefrontal).

4. Acontecimientos estresantes

Los sucesos estresantes, como el divorcio de los padres, las mudanzas o los cambios de escuela, pueden estar a la base de trastornos depresivos durante la infancia. En tal caso el mecanismo es muy similar al que se aprecia en el adulto, siendo la tristeza el resultado natural de un proceso de adaptación ante la pérdida. No obstante, esta emoción legítima puede progresar a una depresión cuando implica el efecto sumativo de pequeñas pérdidas adicionales (reducción de actividades gratificantes), o una escasa disponibilidad de apoyo emocional y afecto.

5. Rechazo social

Existen evidencias de que los niños con pocos amigos tienen un mayor riesgo de desarrollar depresión, así como los que viven en entornos socialmente empobrecidos. El conflicto con otros niños de su grupo de iguales también ha mostrado relación con el trastorno. Asimismo, sufrir bullying (experiencias persistentes de humillación, castigo o rechazo en el entorno académico) se ha asociado estrechamente con la depresión infantil y con la adolescente, e incluso con el aumento de la ideación suicida (que por suerte es infrecuente entre los niños deprimidos).

6. Rasgos de personalidad y otros trastornos mentales o del neurodesarrollo

Se ha descrito que la alta afectividad negativa, un rasgo estable para el que se ha trazado un importante componente genético (pese a que su expresión puede moldearse a través de la experiencia individual), aumenta el riesgo de que el infante sufra depresión. Se traduce en una reactividad emocional desbordantemente intensa ante los estímulos adversos, lo que potenciaría sus efectos sobre la vida afectiva (separación de los padres, mudanzas, etc.).

Por último, se ha descrito que los niños que padecen trastornos del neurodesarrollo, como el trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad (TDAH y TDA), también tienen una probabilidad mayor de sufrir depresión. El efecto se hace extensible a los problemas de aprendizaje (como la dislexia, la discalculia o la disgrafía), la disfemia tónica y/o clónica (tartamudez) y las alteraciones de la conducta.

Tratamiento

La terapia cognitivo-conductual ha mostrado ser eficaz en población infantil. Se persigue la identificación, debate y modificación de los pensamientos negativos de base; así como la introducción progresiva y personalizada de actividades agradables. Además, en el caso de los niños, la intervención se orienta hacia aspectos tangibles ubicados en el presente (inmediatez), reduciendo con ello el grado de abstracción requerido. La contribución de los padres es esencial en todo el proceso.

También la terapia interpersonal ha resultado eficaz en la mayor parte de estudios en los que se ha puesto a prueba. El propósito de esta forma de intervención es indagar en las problemáticas sociales más relevantes en el entorno del niño (tanto en las que está implicado como aquellas en las que no lo está directamente), buscando alternativas dirigidas a favorecer los recursos adaptativos de la familia entendida como un sistema.

Por último, pueden utilizarse antidepresivos en aquellos casos en los que el niño no responde adecuadamente a la psicoterapia. Esta parte de la intervención debe estar minuciosamente valorada por un psiquiatra, que determinará el perfil de riesgos y beneficios que se asocian al consumo de estos medicamentos en la niñez. Existen algunas advertencias de que pueden aumentar la ideación suicida en personas con menos de 25 años de edad, pero en general se considera que los sus efectos terapéuticos superan ampliamente a sus inconvenientes.

"Referencias bibliográficas:

  • Charles, J. (2017). Depression in Children. Focus, 46(12), 901-907.
  • Figuereido, S.M., de Abreu, L.C., Rolim, M.L. y Celestino, F.T. (2013). Childhood depression: a systematic review. Neuropsychiatric Disease and Treatment, 9, 1417-1425.