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Los 10 artistas barrocos más importantes

Un recorrido por la biografía de algunos de los maestros indiscutibles del Barroco europeo.

Los 10 artistas barrocos más importantes

Es difícil, por no decir imposible, escoger a 10 artistas de entre los grandes nombres que nos dio la época barroca. Sin embargo, en este artículo vamos a intentarlo. Os ofrecemos una lista de los 10 mejores artistas barrocos que fueron auténticos genios de la pintura, la escultura y la arquitectura, junto con su (a menudo agitada) biografía.

Los artistas barrocos que debes conocer

Por supuesto, existen muchísimos más. El Barroco es un movimiento que dio esplendor a las artes y dejó para la posteridad nombres ilustres como Velázquez, Rubens o Bernini. Aquí solo te dejamos 10 de estos artistas más importantes, pero te animamos a investigar para conocer a los otros artistas barrocos que se quedan en el tintero. ¡Que disfrutes del recorrido!

1. Diego Velázquez

Diego Rodríguez de Silva Velázquez (1599-1660) es sin duda uno de los máximos exponentes del Barroco. Nació en la cosmopolita Sevilla de finales del siglo XVI, uno de los centros económicos y artísticos más dinámicos de Europa. Ya en su juventud, recién salido del taller de Francisco Pacheco (con la hija del cual se había, por cierto, casado), Velázquez demuestra un talento poco común que queda patente en obras como la Vieja friendo huevos (1618) o El aguador de Sevilla (1620). El excepcional retrato de Jerónima de la Fuente, realizado cuando el pintor tiene solo 21 años, es un maravilloso ejemplo de la maestría innata del artista a la hora de captar la psicología de sus retratados.

A los 24 años encontramos a Velázquez en Madrid donde, con ayuda de su suegro y algunos de sus contactos, es presentado a Felipe IV. Pronto el monarca, que no es indiferente a la calidad artística, se fija en su obra. Para este monarca y su círculo el artista realiza auténticas obras maestras, como la serie de retratos de Felipe IV, el magnífico retrato ecuestre del conde-duque de Olivares o la celebérrima Las Meninas, ejecutado ya en su etapa de plenitud artística.

Rubens, a quien conoció personalmente, intercede ante Felipe IV para que envíe a Velázquez a Italia. Este primer viaje a la península italiana facilita al artista el conocimiento de los clásicos y de los maestros del Renacimiento. Fruto de su periplo italiano es su obra La fragua de Vulcano (1630), uno de los poquísimos cuadros de tema mitológico que encontramos en su corpus pictórico. Durante su segunda estancia en Italia realiza el que será el único desnudo de su obra, la Venus del espejo (1647-1651), y que será, asimismo, uno de los escasos desnudos de la pintura española junto con la Maja de Goya.

Diego Velazquez

2. Gian Lorenzo Bernini

Gian Lorenzo Bernini (1598-1680) es una de esas personalidades artísticas arrolladoras que aparecen de vez en cuando en la historia del arte.

Destacado escultor, pero también pintor y arquitecto, a menudo se le ha comparado con Miguel Ángel por sus múltiples facetas, todas ejecutadas con una gran calidad artística. El joven Gian Lorenzo se había formado en el taller de su padre, que era escultor, y pronto demostró el talento innato que poseía. Los grupos escultóricos encargados por el cardenal Borghese lo consagran como uno de los mejores escultores de su generación. En efecto, en algunas de estas obras, como El rapto de Proserpina o Apolo y Dafne, el artista hace gala de toda su maestría con el cincel. Las esculturas presentan un realismo impresionante y crean una extraordinaria ilusión de movimiento.

Bernini desarrolla su corpus artístico bajo el mandato de nada menos que siete papas. A partir de 1629, y con solo 31 años, Bernini se hace cargo del mayor monumento de la cristiandad: la Basílica de San Pedro, cuya reforma se había iniciado unos siglos antes y había contado con auténticos genios como Miguel Ángel, Rafael y Bramante. Bernini se hace cargo también del impresionante baldaquino de bronce macizo que orna el altar mayor de la basílica y de la cátedra de San Pedro (también en bronce), además de la no menos impresionante plaza de san Pedro y su columnata. Elevado a la cumbre por el Papa Urbano VIII, la Roma barroca se debe, en parte, a su prolífico y asombroso trabajo.

3. Peter Paul Rubens

Para mucha gente, evocar la pintura barroca es evocar a Rubens (1577-1640). Efectivamente, fue un prolífico pintor que dispuso en su taller de numerosos discípulos y ayudantes para dar salida a la ingente demanda que recibía. Todas las casas aristocráticas querían una obra de Rubens. Y, entre sus mayores clientes, estaba la corona española de los Austrias.

Peter Paul Rubens nace en Westfalia, en la actual Alemania. Se instala pronto en Amberes, donde recibe educación humanística y pictórica de la mano de artistas de corte manierista. Tras una estancia en Italia y, más tarde, en España, donde realiza el famoso e impresionante retrato ecuestre del duque de Lerma, valido del rey Felipe III, Rubens se instala en Amberes y se casa con Isabel Brant. En aquellos años, el artista se encuentra en la cúspide de su fama, y realiza impresionantes lienzos de temática religiosa y de exaltación de la monarquía. Pero, probablemente, los cuadros por los que Rubens es más recordado son los que tratan temas mitológicos.

El artista poseía una sólida formación humanista, reforzada a través de sus viajes a Italia, y supo trasladar estos conocimientos a sus lienzos. Son destacables por su exquisito colorido y su sensual pincelada Las Tres Gracias (1639), una obra bastante tardía en su producción y que cuenta con la representación de su segunda esposa, Helena Fourment; la Creación de la Vía Láctea (1636-38) y El juicio de Paris (1638).

4. Anton van Dyck

Anton Van Dyck es uno de los grandes de la pintura barroca inglesa. Está considerado por muchos autores como discípulo de Rubens, pero este es un tema todavía sujeto a debate. El hecho de que, en los encargos que recibían, ambos pintores recibieran idénticos honorarios, nos hace suponer que más que un discípulo, Van Dyck era su colaborador.

A pesar de ser un pintor excepcional en todos los ámbitos, Van Dyck es especialmente recordado por sus retratos. Carlos I de Inglaterra, fascinado por su obra, lo llama a su lado y lo nombra pintor de cámara en 1632, por lo que el flamenco se instala definitivamente en Londres y se casa con Mary Ruthwen, de la que realiza, en 1639, un delicioso retrato en el que la dama aparece ataviada con un sedoso vestido azul. Mary sufría de alopecia, y su esposo no oculta este “defecto” en su retrato. Sin embargo, representa a la joven con una dulzura y dignidad que son características de sus obras, en las que la realidad del personaje se mezcla con un halo de elegancia y refinamiento.

5. Artemisia Gentileschi

Una de las pintoras barrocas más famosas, Artemisia Gentileschi (1593-1656) es, sin embargo, recordada casi en exclusiva por el triste episodio de su violación. Produjo su primera gran obra con solo 17 años, Susana y los viejos (1610), donde ilustra el conocido pasaje de la Biblia de una forma realista y descarnada.

Formada en el taller de su padre, Orazio Gentileschi, a la edad de 18 años este pone a su disposición un maestro privado, ya que la condición de mujer de Artemisia le impedía el acceso a una academia. Este preceptor, Agostino Tassi, abusa sexualmente de ella, por lo que el padre lleva al criminal ante los tribunales. Artemisia (que es, en realidad, la víctima), es sometida a un humillante interrogatorio, a una vergonzosa inspección ginecológica y, finalmente, a una más que horrorosa tortura, para “verificar” que dice la verdad. Artemisia se mantiene firme, y Tassi es condenado a un año de prisión y al exilio.

Se ha comentado que una de las obras más famosas de la artista, Judit decapitando a Holofernes (1612-13), es una especie de venganza, un grito de rabia lanzado a los cuatro vientos para desahogar el dolor que le produjo ese episodio de su vida. No sabemos si fue exactamente así, pero lo que sí es cierto es que el lienzo posee una crudeza desgarradora, y probablemente supera a la obra homónima de Caravaggio, de quien, por cierto, Artemisia tomó su tenebrismo y el magnífico y sobrecogedor claroscuro.

6. Francesco Borromini

La biografía de Francesco Castelli (1599-1667), que más tarde cambió su apellido por el de Borromini, es famosa por su trágico final. La mañana del 2 de agosto de 1667, el artista, probablemente inmerso en una depresión grave, se lanzó sobre su espada. Se extinguía con él una de las luces más brillantes del Barroco italiano.

Eterno enemigo de Gian Lorenzo Bernini, la vida de Borromini fue una continua lucha para permanecer en la cúspide. Roma era, en aquellos días, el epicentro del arte europeo. Los papas se sucedían y encargaban obras una tras otra, con la intención de embellecer la Ciudad Eterna y convertirla en símbolo viviente de la Contrarreforma. Francesco Borromini llega a la ciudad papal con solo 20 años, tras una estancia en Milán, donde había estado trabajando en el Duomo. En Roma, Borromini empieza a trabajar en San Pedro, y más tarde en las obras del Palacio Barberini, junto con el que más tarde sería su rival, Bernini.

Muchos autores se han preguntado cuál fue el verdadero motivo que llevó al genial artista a acabar con su vida. Parece ser que Borromini poseía un carácter melancólico, que se fue acentuando a medida que pasaban los años y veía que los principales encargos papales recaían en su enemigo. Es más que probable que esto, junto con su propia inestabilidad emocional y la muerte de su amigo y confidente Fioravante Martinelli lo hundieran, como ya hemos dicho, en una grave depresión. Sea como fuere, el 2 de agosto de 1667 el mundo perdió a uno de los mayores artistas barrocos, autor de, entre otras maravillas, la espléndida iglesia de San Carlo alle Quattre Fontane, de Roma.

7. Michelangelo Merisi (Caravaggio)

Michelangelo Merisi, más conocido como “Il Caravaggio” (1571-1610) es otro de esos artistas que, como Vermeer, nos ha dejado pocos ejemplos de su magnífica obra. Efectivamente, son pocos los caravaggios que se conservan en el mundo, en parte por su fugaz paso por el mundo (murió con 39 años). Caravaggio es famoso, entre muchas otras cosas, por ser el “inventor” del tenebrismo, un efecto de contrastes entre luz y oscuridad que iban a dar un sello de personalidad a todos sus cuadros, y que sería imitado por otros artistas, entre ellos la también genial Artemisia Gentileschi.

Cuando la familia de Caravaggio se traslada a Roma, el joven empieza a formarse en talleres de pintores modestos. Su primera gran obra conocida es el Chico pelando fruta, de 1592, realizado cuando Caravaggio vivía con monseñor Colonna, a quien el joven pintor apodó “monseñor lechuga” por la poca variada dieta que el clérigo le ofrecía. Muchos autores han apuntado sobre los posibles favores sexuales que los jóvenes pintores daban a cambio de casa y protección. El hecho es incierto, pero es una posibilidad del todo plausible. De hecho, la vida de Caravaggio siempre se deslizó por los fondos más bajos y sombríos de la sociedad.

De estos ambientes tomaba los modelos para sus cuadros, y por ello encontramos en sus obras ese aire de realidad y naturalismo que nos conmueve. De hecho, algunas de sus obras fueron rechazadas por sus comitentes por su acentuado naturalismo, que pecaba contra el “decorum” (el nombre que se daba a la manera correcta de representar las escenas religiosas). Un caso conocidísimo es La muerte de la Virgen (1604), para la que Caravaggio tomó como modelo a una prostituta ahogada en el Tíber.

El propio Caravaggio no escapó de la influencia nefasta de los círculos turbios que frecuentaba. Famoso por sus broncas y borracheras violentas, en 1607 mata a un hombre en una refriega y debe huir de Roma. A partir de entonces, su vida será un continuo peregrinaje hasta su propia muerte, acaecida en 1610.

8. Luisa Roldán (“La Roldana”)

Luisa Roldán (1652-1706) es uno de los nombres femeninos que deben enmarcarse con letras de oro en la historia del arte. Injustamente olvidada en los libros, como la mayoría de sus compañeras, Luisa dirigió, en pleno siglo XVII, un taller de escultura. Nació en la agitada y dinámica Sevilla del XVII, la que también vio formarse a otros grandes como Velázquez o Murillo, y se formó en el taller de su padre, Pedro Roldán. Durante los primeros años, Luisa esculpió imponentes figuras de tamaño natural que seguían las directrices de la Contrarreforma católica; la mayor parte de ellas destinadas a las procesiones andaluzas. Famosa es también su producción de figuras de terracota para los belenes de estilo napolitano que tanto furor hacían en la época.

Luisa vivió con su marido en Sevilla (con el que se había casado a los 19 años sin consentimiento paterno) hasta 1686, año en que se trasladan a Cádiz. La etapa de plenitud de Luisa Roldán es, sin embargo, su etapa madrileña, ciudad a la que llega en 1689, acompañada de su esposo e hijos. En 1692 llega el ansiado nombramiento: el rey Carlos II la nombra escultora de cámara. De esta época madrileña son sus obras de terracota en pequeño formato, destinadas a familias nobles y burguesas para la devoción privada. Como suele pasar con la mayoría de las mujeres artistas, hasta hace poco gran parte de su obra había sido atribuida a su padre o a su esposo. Por fortuna, actualmente nuevos estudios han puesto los puntos sobre las íes y han demostrado la prolífica producción de esta artista sevillana, una de las grandes escultoras del barroco hispano.

9. Bartolomé Esteban Murillo

Si algo se recuerda a nivel popular de este excelente artista del Barroco español son sus Inmaculadas y sus hermosos Niños Jesús y san Juanitos.

En efecto, la obra de Murillo (1617-1682) escapa de la famosa monumentalidad barroca y nos introduce en un mundo de íntima dulzura que parece sacado de la más estricta cotidianidad. Gran ejemplo de este “descenso de lo religioso a la tierra” que, por otro lado, es típico del lenguaje barroco, es su famoso cuadro La Sagrada Familia del pajarito, donde se nos muestra a una familia corriente, entregada a quehaceres cotidianos. La Virgen, en segundo plano, observa a san José que juega con el Niño. No hay nada en la escena que nos transmita que los personajes son santos, ni que el niño es hijo de Dios. Es una instantánea de una familia ordinaria de la España del XVII. Y ese es el auténtico valor de la obra de Murillo.

El artista sevillano recoge también en su obra, en paralelo con el característico naturalismo barroco, un refinamiento que casi augura la estética rococó del siglo siguiente. Sus cuadros naturalistas extraen los motivos y los personajes de la vida cotidiana, como ya hicieran Caravaggio y Velázquez. En su lienzo Niños comiendo uvas y melón, vemos a dos muchachitos que se entretienen devorando fruta, posiblemente uno de los pocos alimentos a los que podrán acceder en varios días. Sus piececillos sucios y las ropas rotas son notas de realismo con las que Murillo apunta la pobreza de los chicos. Por otro lado, sus famosas Inmaculadas, símbolo de la Contrarreforma, posen al mismo tiempo monumentalidad y dulzura, y los rostros de estas vírgenes se cuentan entre los más bellos de la pintura española.

10. Johannes Vermeer

Vermeer (1632-1675) es, junto con Caravaggio, uno de los pintores que menor corpus artístico nos ha dejado. Apenas una treintena de obras se diseminan entre los mejores museos del mundo, pero esta escasa producción basta para darnos cuenta de que nos encontramos ante uno de los grandes genios de la pintura universal.

Johannes Vermeer nació en Delft en el otoño de 1632. Por aquellos años, las llamadas Provincias Unidas ya eran independientes de la corona española, y en el país se desarrolla una extraordinaria producción artística, que se ha denominado la Edad de Oro de los Países Bajos. Los grandes mecenas, a diferencia de los países católicos, eran los burgueses y mercaderes de las ciudades. Es por ello por lo que en Holanda encontramos otro tipo de lenguaje pictórico, que nada tiene que ver con el Barroco meridional.

La burguesía holandesa, que además era protestante, no deseaba grandes lienzos de apoteosis bíblicas, sino que prefería escenas de intimidad cotidiana. Y en eso es en lo que Vermeer fue un auténtico maestro.

Los interiores vermeerianos son exquisitos, a pesar de que casi todos se desarrollan en la misma habitación, de la que solo cambia la posición de los elementos. En todas sus obras, los personajes parecen captados de sorpresa mientras realizan sus actividades del día a día. Vemos a una joven absorta en la lectura de una carta en la obra Muchacha leyendo una carta (1657), que no se ha percatado de nuestra presencia, o a otra joven que, apoyada la cabeza sobre su mano, hace una pequeña siesta (Muchacha dormida, 1657). En todas las obras de Vermeer tenemos la sensación de estar entrando en un mundo que no nos pertenece.

  • Bernales Ballesteros, J. (1992). Pedro Roldán, maestro de escultura, Diputación Provincial de Sevilla.
  • García Olloqui, M.V.; Roldán, L. (2000). La Roldana. Nueva biografía, ed. Guadalquivir.
  • Checa, F.; Morán, J.M. (2001). El Barroco, ed. Istmo.
  • Justi, C. (1999). Velázquez y su siglo, ed. Istmo.
  • Langdon, H. (2010). Caravaggio, ed. Edhasa.
  • Raspe, M. (2001), Borrominis letztes Projekt (El último proyecto de Borromini): https://web.archive.org/web/20070311062004/http://colosseum.biblhertz.it/werkstatt/Raspe/Borromini0.htm
  • Documental Caravaggio, en cuerpo y alma, de Jesús Garces Lambert, 201

Periodista

Licenciada en Humanidades y Periodismo por la Universitat Internacional de Catalunya y estudiante de especialización en Cultura e Historia Medieval. Autora de numerosos relatos cortos, artículos sobre historia y arte y de una novela histórica.

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