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Las 10 pinturas del Barroco más importantes

Veamos algunas de las obras más importantes de la pintura barroca y sus autores.

Las pinturas del Barroco más importantes

El Barroco es una época y una corriente artística que se dio, principalmente, en el siglo XVII. Este estilo artístico cuenta con numerosas obras maestras, repartidas entre los mejores museos del mundo.

En este artículo nos centraremos en la pintura barroca y rescataremos 10 de sus pinturas más importantes.

La pintura del Barroco

El siglo XVII fue testigo del surgimiento de auténticos maestros de la pintura. Artistas como Velázquez, Vermeer, Rubens o Ribera llenaron las páginas de la historia del arte de numerosas obras maestras, indispensables para conocer tanto este periodo histórico como la evolución del arte en general.

Como sucede con la mayoría de los movimientos artísticos, el Barroco no es un estilo único. En cada región y cada país tuvo sus propias características, impulsadas por su propio contexto económico, religioso y social. Así, mientras que en los países católicos este estilo servía de vehículo para la Contrarreforma, en las regiones protestantes se volvía mucho más íntimo y personal, ya que fue promocionado por los mercaderes y burgueses de las ciudades.

Las 10 principales pinturas del Barroco

A continuación, realizaremos un pequeño viaje a través de las 10 pinturas del Barroco más importantes.

1. Las Meninas, de Diego Velázquez (Museo del Prado, Madrid)

Es probablemente una de las obras pictóricas más reproducidas y que mayor fama tiene en todo el mundo. El lienzo es conocido como Las Meninas, aunque su denominación original fue La familia de Felipe IV. Se trata, sin duda, de una de las obras maestras de la pintura barroca y de la historia del arte en general.

Fue pintado en 1656 en el Cuarto del Príncipe del Alcázar de Madrid, y en él se recrea un juego asombroso de luces y perspectiva. Al fondo, reflejados en un espejo, vemos los bustos de los monarcas, el rey Felipe IV y su esposa Mariana de Austria. A la izquierda del lienzo, Velázquez se autorretrata ante el caballete. Las interpretaciones de la obra han sido y siguen siendo muy variadas. ¿Está pintando a los reyes, y de repente es interrumpido por la pequeña infanta Margarita, que viene acompañada por sus meninas y su séquito? Sea como fuere, el cuadro sumerge de lleno al espectador en la escena, como si fuera un personaje más de la misma.

2. Judit y Holofernes, de Artemisia Gentileschi (Galeria Uffizi, Florencia)

Desde hace algunos años, la extraordinaria obra de Artemisia Gentileschi ha ido recuperando el lugar que se merece en la historia de la pintura. Judit y Holofernes es una de las obras maestras no solo de su corpus pictórico, sino de la pintura barroca en general.

La artista nos representa el momento, recogido en la Biblia, en que Judit, la heroína judía, decapita a Holofernes, general babilónico que la pretende. Artemisia representa el momento con una ferocidad que congela la respiración. Muchos críticos han querido ver en la crudeza de esta pintura toda la rabia y el sufrimiento que supuso para la pintora la violación de la que fue víctima poco antes de la ejecución de la primera versión del cuadro, conservada en el Museo de Capodimonte, Nápoles. En cualquier caso, el maravilloso claroscuro, la composición y el dinamismo de los personajes hacen de esta obra una de las mejores muestras de pintura del Barroco.

Judit y Holofernes de Artemisia Gentileschi

3. Muchacha leyendo una carta frente a la ventana abierta, de Johannes Vermeer (Alte Meister, Dresde)

El gran y, a un tiempo, íntimo universo pictórico de Vermeer se reduce, por desgracia, a una treintena de obras reconocidas. Esta escasez de producción artística convierte a este artista del Barroco holandés en un pintor rodeado por un halo de misterio. Sus interiores fueron tremendamente cotizados en la época, aunque luego cayeron en el olvido y no fueron reivindicados hasta mucho más tarde por los impresionistas del XIX.

La obra que nos ocupa representa a la perfección ese universo de intimidad doméstica característico del pintor. En una habitación iluminada por la luz lechosa que entra por una ventana abierta, una joven está concentrada en la lectura de una carta. Su mundo privado se vuelve más inaccesible porque no podemos llegar físicamente hasta ella, ya que la mesa y la cortina en primer plano nos lo impiden. Este lienzo es un bellísimo ejemplo de pintura barroca de los Países Bajos y, sobre todo, de ese mundo de personajes huidizos y casi fantasmales que pueblan la obra de este extraordinario artista.

Muchacha leyendo una carta frente a la ventana abierta

4. Bodegón, de Clara Peeters (Museo del Prado, Madrid)

El género de las naturalezas muertas no ha estado muy bien considerado en la historia del arte, a pesar de que se trata de un género que requiere un gran detallismo y, por supuesto, una indiscutible capacidad para captar texturas y superficies. Una obra maestra del género es, sin duda, este Bodegón de la pintora Clara Peeters.

En él, el virtuosismo de la artista no solo queda patente en la cuidadosa representación de los elementos, sino en la serie de autorretratos que la pintora realizó, a modo de reflejo, en la jarra y en la copa. Captar un reflejo en una superficie era algo que requería de un virtuosismo exquisito, y Clara deja constancia de su capacidad pictórica mediante este recurso, además de ser una manera de reivindicar su papel como artista en una profesión dominada por los hombres.

Bodegón

5. La incredulidad de Santo Tomás, de Caravaggio (Schloss Sanssouci, Postdam)

El tema bíblico de la duda del santo ante la resurrección de Cristo es recogido en esta obra con un naturalismo impresionante. Santo Tomás está introduciendo un dedo en la llaga que Jesús luce en uno de sus costados. El mismo Cristo le guía la mano, animándole a creer mediante pruebas físicas lo que no ha creído a través de la fe. Nunca se había visto esta escena contada con tanta, podríamos decir, crudeza. El realismo característico de Caravaggio se hace patente en la anatomía de los cuerpos, en las arrugas que surcan las frentes de los apóstoles, en las uñas sucias que presenta el propio Santo Tomás y, sobre todo, en la yema de su dedo introduciéndose en la carne de Cristo. La obra de Caravaggio es uno de los mejores ejemplos de que el Barroco no es solo teatralidad y fasto, sino que, a menudo, también se acerca a la realidad con un naturalismo sorprendente.

La incredulidad de Santo Tomás

6. Cristo Crucificado, de José de Ribera (Museo Diocesano de Arte Sacro, Vitoria-Gasteiz)

Uno de los crucificados más impresionantes de la pintura barroca. Se conserva en el Museo Diocesano de Arte Sacro de Vitoria-Gasteiz, procedente del desaparecido convento de Santo Domingo, y está considerado una de las mejores representaciones de Cristo crucificado de la pintura española. Ante un fondo neutro y acusadamente oscuro, que refuerza la idea del eclipse bíblico que acompañó la muerte de Cristo, se levanta la figura de Jesús en la cruz, con el cuerpo blanco y contorsionado en un forzado contrapposto. La única fuente de luz es su cuerpo, puesto que incluso el paño de pureza es de una tonalidad parecida a la del madero de la cruz a la que está clavado. La escena parece recoger el momento en que Cristo eleva la vista hacia el cielo y murmura: “Todo ha concluido. Consumatum est”.

Cristo Crucificado de José de Ribera

7. Niños comiendo uvas y melón, de Bartolomé Esteban Murillo (Alte Pinakothek, Munich)

Ya hemos comentado que el realismo es también típico del arte Barroco. Un buen ejemplo de ello es este maravilloso lienzo del pintor Bartolomé Esteban Murillo, conservado en Múnich, que representa a dos niños pobremente vestidos que comen uvas y melón. La España del XVII ofrecía acusados contrastes, y la pobreza era panorama habitual en las calles de ciudades como Madrid. En esta ocasión, Murillo representa a los dos muchachos concentrados en su comida. No están mirando al espectador; en realidad, apenas se dan cuenta de nuestra presencia. Mientras devoran el melón y las uvas (quizá uno de los pocos alimentos a los que tendrán acceso en muchos días), conversan tranquilamente, tal y como atestiguan sus miradas cruzadas. Los pies descalzos y sucios y las ropas raídas ponen una nota dramática a la entrañable escena.

Niños comiendo uvas y melón

8. Bóveda con la Apoteosis de la monarquía española, de Luca Giordano (Museo del Prado, Madrid)

Este fantástico techo, realizado a finales del siglo XVII mediante la técnica del falso fresco, se puede contemplar actualmente en la Biblioteca del Museo del Prado, en Madrid. Originalmente la bóveda perteneció al antiguo Salón de Embajadores del Palacio del Buen Retiro, un lugar de descanso y ocio que mandó construir el conde-duque de Olivares para el rey Felipe IV.

Como su nombre indica, el Salón de Embajadores era el lugar de recepción del monarca, por lo que la iconografía desplegada en su techo es una exaltación de la monarquía hispánica. Giordano realiza una extraordinaria composición, salpicada de alegorías y símbolos extraídos de la mitología que buscaban resaltar la antigüedad de la corona española y su preeminencia sobre las otras casas reales europeas.

Apoteosis de la monarquía española

9. Las tres gracias, de Rubens (Museo del Prado, Madrid)

Al parecer, Rubens realizó este lienzo, uno de los más famosos de su obra, para su propio disfrute, como demuestra el hecho de que, a su muerte, se encontrara entre su colección personal. De hecho, los rasgos de la mujer de la izquierda son muy parecidos a los de su segunda esposa, Helena Fourment, con la que Rubens se casó cuando esta contaba solo dieciséis años y él, cincuenta y tres. Desde la antigüedad, es habitual encontrar el motivo de las Gracias relacionado con esponsales, así que no parece descabellado suponer que el artista pintara el cuadro como homenaje a su propio enlace. Las tres figuras se alzan voluptuosas y juntan sus manos en lo que parece ser una especie de danza. Es, efectivamente, uno de los cuadros más elegantes y sensuales del artista.

Las tres gracias

10. Magdalena penitente de la lamparilla, de Georges de La Tour (Museo del Louvre, París)

De La Tour es un fantástico pintor que es famoso por los exquisitos claroscuros de sus composiciones, conseguidos mediante el resplandor de una o varias velas.

En este caso, el cuadro nos muestra a una María Magdalena absorta en su meditación. Su mirada se encuentra clavada en el fuego de la vela que arde ante ella, el único foco de luz del cuadro, como es habitual en la obra del artista. La santa apoya su cabeza en una mano, mientras que, en la otra, que descansa en su regazo, sostiene una calavera, símbolo de la penitencia y de la fugacidad de la vida, tan típico del Barroco. El motivo de la Magdalena penitente fue muy usual en el siglo XVII. El mismo de La Tour realizó hasta cinco versiones de este cuadro. En dos de ellas, la calavera se encuentra sobre la mesa, y oculta con su volumen el fuego de la vela, lo que acusa aún más el claroscuro de la escena.

Magdalena penitente de la lamparilla

Periodista

Licenciada en Humanidades y Periodismo por la Universitat Internacional de Catalunya y estudiante de especialización en Cultura e Historia Medieval. Autora de numerosos relatos cortos, artículos sobre historia y arte y de una novela histórica.

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