La Edad Media fue una época oscura pero, a su vez, muy compleja con lo que se refiere a las relaciones entre los estamentos sociales. Nobles y clero establecieron relaciones de lealtad entre ellos, en las que unos actuaban en calidad de señor feudal y otros en calidad de vasallos, formando complejas pirámides del vasallaje.

Vamos a ver más a fondo qué era este tipo de organización social, cómo se podía uno convertir en vasallo de un señor feudal y cómo el sistema acabó colapsando.

La pirámide del vasallaje

El sistema de organización mayoritario en la Edad Media fue el feudalismo, vigente de forma especialmente notoria entre los siglos IX y XV en la parte occidental de Europa.

El feudalismo se fundamentaba en relaciones de vasallaje, las cuales implicaban que varias personas rindieran lealtad a señores feudales y, a su vez, estos señores feudales le rendían lealtad a nobles con títulos más elevados, como los reyes o los emperadores.

De esta forma, la sociedad medieval estaba constituida por relaciones vasalláticas, las cuales conformaban lo que se ha denominado pirámide del vasallaje.

¿Qué era exactamente un vasallo?

La figura del vasallo medieval era la de una persona quien estaba obligada a pagar un feudo, y ofrecerle servicios a su señor feudal.

Este vasallo era súbdito de un noble o un miembro del clero que estaba, gubernamentalmente hablando, por encima de él. El noble o eclesiástico era el propietario de tierras, pero permitía a otros nobles de menor rango poder explotar el territorio, administrarlo y habitarlo, siempre y cuando cumpliera con varias exigencias por parte del señor feudal.

¿Cómo se convertía uno en vasallo?

Al principio de la Edad Media ser vasallo era una condición que se adquiría. El pacto personas que se establecía entre señores feudales y sus vasallos se hacía efectivo por medio de una ceremonia: la investidura. Era en esta ocasión cuando se realizaba el contrato de vasallaje, éste se consagraba y empezaba a tener vigencia la relación de lealtad.

Aunque habían diferencias regionales y la ceremonia no era siempre igual, la imagen típica de este tipo de celebraciones era la de que el que se convertía en vasallo colocaba las manos sobre las del señor y se declaraba “hombre suyo”, jurándole fidelidad y rindiéndole homenaje. La alianza se sellaba besando al señor feudal y, posteriomente, ese señor simbolizaba la cesión de parte de su territorio ofreciéndole un puñado de tierra.

Cabe decir que el vasallaje, que era voluntario al principio, fue progresivamente convirtiéndose en una relación de obligado cumplimiento. Es decir, a medida que los señores feudales se hacían más poderosos, con una mayor influencia militar y con más capacidad para declarar las guerras que quisieran, cualquier noble que no dispusiera de la debida protección de un señor feudal se arriesgaba a ser el objetivo militar de nobles ansiosos de expandir sus territorios.

Obligaciones del vasallo

El vasallo tenía una serie de obligaciones a cumplir para con su señor feudal, obligaciones estipuladas en forma de cláusulas y condiciones durante la celebración de la investidura. En caso de no respetarlas, la relación vasallática podía romperse.

Entre las principales estaba la de ofrecerle ayuda militar en caso de que el señor feudal así lo requiriera: el escudaje. De hecho, el origen etimológico de la palabra “vasallo” indica de forma literal cual era su más importante función, dado que esta palabra es cognada de la raíz céltica “wasso”, que significa, literalmente, “joven escudero”.

El noble vasallo debía poner a disposición de su señor los soldados y mercenarios necesarios para así poder proteger las propiedades feudales, acarreando con los costes de la gesta.

Además, el vasallo debía poner a disposición de su señor feudal todas las fuerzas militares acordes con la cantidad de tierras y posesiones. Es decir, si un vasallo era rico y poderoso, debía enviar la parte proporcional al nivel de riqueza que hubiera obtenido. Cabe decir que con el paso del tiempo algunos nobles vasallos se volvieron tan ricos que se negaron a enviar a sus soldados a las guerras de su señor, compensándole con el pago equivalente en metálico.

Otra de las obligaciones del vasallo era la de darle “consilium” a su señor, es decir, aconsejarle económica, política y jurídicamente. Junto con esto, el vasallo debía estar presente en aquellas situaciones que su señor así lo requiriera, situaciones que podían ser de toda índole y condición, como, por ejemplo, peregrinar a Tierra Santa, acompañarle en un viaje, hacerse cargo de su castillo en su ausencia...

Sin embargo, cabe destacar que la relación vasallática no era unilateral, puesto que el señor feudal debía respetar y suplir las necesidades de su vasallo. Entre ellas estaban la protección militar, la manutención, la defensa judicial además de permitirle explotar las tierras que le había cedido, siempre y cuando pagara un tributo por ello.

Diferencias entre vasallaje y servidumbre

Es muy importante entender la diferencia entre los vasallos, que eran nobles y miembros del clero, y los siervos de la gleba, que solían ser campesinos extremadamente pobres, miembros de lo que en la Ilustración se conocería como el Tercer Estado. Si bien el vasallaje y la servidumbre eran relaciones sociales propias del feudalismo, estas se diferenciaban en cuanto a los derechos de ambas partes.

En el vasallaje ambas partes suelen formar parte de estamentos privilegiados, además de que se firma un contrato bilateral entre iguales. Ambos eran ciudadanos libres y con amplios derechos reconocidos. En cambio, en la servidumbre un señor feudal permite que campesinos vivan en sus tierras, pero estos campesinos deben trabajar la tierra en condiciones infrahumanas. No son ciudadanos libres, están adscritos a la tierra donde viven, no la pueden abandonar, y ni remotamente son iguales al señor feudal.

Entre servidumbre y esclavitud las pocas diferencias que hay es que en la servidumbre hay algunos derechos reconocidos, como el poder casarse con quien se quiera o el derecho a la vida. El señor feudal les da cobijo y protección, pero deben participar en sus gestas como soldados.

Estructura de la pirámide del vasallaje

Durante la Edad Media, a medida que se iban formando las relaciones vasalláticas entre los diferentes estamentos de la sociedad de la época, se fue conformando la estructura, cada vez más compleja, de la pirámide del vasallaje. Grosso modo, la estructura de esta pirámide tenía los siguientes eslabones:

  • Emperador y reyes
  • Alta nobleza (condes, marqueses y duques)
  • Nobleza intermedia (señores)
  • Baja nobleza (barones, vizcondes, caballeros, hidalgos, infanzones y escuderos)

En la parte superior, siempre y cuando no hubiera un emperador por encima de él, estaba la figura del rey quien, técnicamente, era el dueño de todas las tierras de su reino. De esta forma, todos los nobles que vivían en ellas estaban por debajo de él, ofreciéndole lealtad, tributos y soldados cuando fuera necesario.

Cabe decir que la figura del rey medieval no es la de un rey absolutista como lo pudieron ser los reyes europeos de la Ilustración. El rey medieval, pese a ser el soberano de su reino, no tenía control absoluto sobre sus tierras. Pese a que sus nobles vasallos estaban obligados a cumplir las cláusulas estipuladas durante la ceremonia del homenaje, a su vez, los derechos que tenían sobre parte de las tierras del rey hacía que el monarca tuviera un poder cada vez más limitado.

El resto de los eslabones de la pirámide del vasallaje estaban conformados por personas quienes eran tanto vasallos como señores feudales de otros vasallos. Es decir, una misma persona podía estar sometida al poder de un noble de mayor rango pero, a su vez, tener vasallos, quienes eran nobles de un rango menor al suyo.

La parte más baja de la sociedad era representada por el pueblo llano, sobre todo campesinos, quienes podían trabajar para las tierras de un señor en calidad de siervos. No eran técnicamente vasallos, sino más bien versiones medievales de lo que se entiende por esclavos.

El fin de los vasallos y el vasallaje

La pirámide del vasallaje empezó a colapsar ya desde lo más alto de su cima, cuando el imperio de Carlomagno enfrentó disputas internas de sus herederos en el siglo IX. Si bien la Edad Media hacía relativamente poco que había empezado, esto ya era un indicador de lo frágil que puede ser la estructura si uno de los eslabones desaparece, en este caso el del emperador.

A la par, estos herederos de Carlomagno empezaron a perder poder cediendo derechos a sus vasallos. Así, y relacionado con lo que íbamos comentando antes, los reyes tenían un poder limitado por la existencia de la alta nobleza y, a su vez, la alta nobleza cedía derechos a los estamentos por debajo de ella. Los nobles empezaron a perder el poder de desvincular los feudos a los vasallos, pasando de títulos que se obtenían por medio de una ceremonia a títulos obtenidos de forma hereditaria, sin que los estamos por encima de los mismos pudieran decidir libremente si lo eliminaban o no.

La disolución del vínculo que tenían los vasallos con sus señores quedó jurídicamente legitimada cuando pasaron unos cuantos siglos, cuando se reconoció formalmente a los reyes como emperadores de sus reinos. Los reyes eran vasallos del pontífice, pero no así de los emperadores, una cosa que, pese a que no se había cumplido del todo, era un aspecto dado por sentado en los primeros siglos de la Edad Media. Esto mismo ocurrió con algunos miembros de la nobleza, creándose estados que, pese a no estar gobernados por reyes, se les reconocía su independencia.

La pirámide del vasallaje queda oficialmente desmoronada con la llegada de la Baja Edad Media, cuando las relaciones vasalláticas se disuelven de forma casi completa, aunque respetándose la existencia de los títulos nobiliarios. La crisis se da en el siglo XIV, manifestándose en forma de una separación muy clara entre la alta y la baja nobleza. Además, la figura del rey ganó mucho poder, yendo de camino hacia las monarquías absolutistas tan características de la Edad Moderna.

Referencias bibliográficas

  • Cantor, N. (1993) The Civilization of the Middle Ages: A Completely Revised and Expanded Edition of Medieval History. Harper Perennial, Reino Unido.