La Edad Media es una época de contrastes. Cualquier persona que se adentre en ella se dará de bruces contra un auténtico enigma. ¿Eran en verdad tan religiosos? ¿Se pasaban el día rezando, o disfrutaban de los placeres de la vida? ¿Vivían aterrados por el pecado? ¿Consideraban a la mujer como un ser inferior? ¿Por qué la Iglesia toleraba (y bastante) los burdeles, y al mismo tiempo pregonaba la vida casta como el camino más directo para llegar a Dios?

Todas estas son cuestiones de las que suelen brotar una serie de tópicos sobre la Edad Media, ideas que se han ido propagando con el paso de los años y que nos ofrecen una visión distorsionada sobre ese periodo tan importante.

Tópicos sobre la Edad Media: memoria de una distorsión

Es probable que no exista otro período histórico más misterioso que el Medievo, ni más lleno de preguntas y de contradicciones. En parte, esto se lo debemos a las dos grandes conspiraciones de la historia que se encargaron de diseñar nuestra visión actual de la época.

Una, la leyenda negra, fue obra de la Ilustración, muy interesada en presentar a la Edad Media como un universo de oscuridad, crueldad e ignorancia. De su antítesis, la leyenda dorada, que nos ofrece una Edad Media plagada de valientes caballeros y hermosas damas, se encargó el Romanticismo.

Ambas son demasiado maniqueas, demasiado simples y pueriles, para constituir por sí solas la realidad medieval. Y es que la Edad Media se encuentra, probablemente, en algún lugar intermedio.

Aquí encontrarás un breve listado de tópicos sobre la Edad Media que aún condicionan nuestra manera de concebir ese periodo histórico, con explicaciones acerca de por qué no se ajustan a la realidad.

1. Siempre estaban rezando y no disfrutaban de la vida

¿Quién no creído alguna vez que la fe de estos hombres y mujeres era tan violenta, tan exagerada, que abandonaban los placeres de la vida para dedicarse a rezar?

Sí es cierto que, en aquella época, la existencia sin Dios no tenía sentido. Era un mundo teocéntrico, en el que la individualidad humana no existía y donde la persona solo tenía importancia en relación con el plan divino, es decir, respecto a un colectivo universal. El Creador estaba en todas partes y en todos los momentos: podía interceder en la vida cotidiana, realizar milagros, enviar señales para asegurar el éxito en una batalla… Sí, efectivamente, el hombre medieval era sumamente religioso.

Pero ¿tiene esto que significar forzosamente que rehuyera los placeres de la vida? Nada más lejos de la realidad. De hecho, la Edad Media (en especial sus siglos centrales) fue una de las épocas donde el placer y el amor se cultivaron con más ahínco y refinamiento.

Paul Verlaine, el poeta simbolista francés, nos dice de esta época que fue dulce y delicada… No le falta razón. Es el tiempo de los trovadores que cantan a la belleza de su dama; de las fiestas, de los banquetes, de las justas y de los Carnavales; de los caballeros que componen poesías de amor y epopeyas; es la época de Chrétien de Troyes, uno de los escritores más prolíficos de aquellos años, que nos ha dejado escenas tan hermosas como la que recoge en su novela Perceval o el cuento del Grial, donde compara la blancura y las mejillas rojas de su dama con un campo de nieve manchada por la sangre de un pajarillo. Solo el delicado lirismo de la Edad Media puede brindarnos pasajes tan sumamente deliciosos.

2. Eran mojigatos y santurrones

Y de nuevo, otro tópico nacido directamente de la leyenda negra promovida por la Ilustración. No, los hombres y mujeres medievales no eran mojigatos. Vivían el amor con alegría y esperanza, y muy probablemente nos sorprenderíamos al comprobar que la época victoriana, mucho más cercana a la nuestra en el tiempo, era mucho más cohibida y moralista en cuanto al sexo y al amor.

Baste un ejemplo: Régine Pernoud, en su maravilloso libro Eloísa y Abelardo, nos cuenta cómo Guillermo el Mariscal, caballero de la corte de los Plantagenet, encontró, en un camino, a un monje que había escapado del monasterio con su amada en brazos. Lejos de reprocharle tal actitud, se compadece de su desgraciado amor y les ofrece dinero. Pero cuando el monje le cuenta que tiene unas monedas que piensa invertir (es decir, va a hacer usura), Guillermo monta en cólera, desvalija a los amantes y los abandona a su suerte.

En otras palabras: lo que para la era victoriana (la gestación del capitalismo) habría sido un mero negocio, para Guillermo era un pecado; y mientras que lo que para el siglo XIX habría sido amoral (la huida del monje con su amante), para Guillermo no era otra cosa que el triunfo del Amor.

Por si no bastara este elocuente ejemplo para ilustrar lo que el Amor significaba en la cultura medieval, citaremos también la historia de la prudente Eloísa d’Argenteuil, que se enamoró de su tutor, el filósofo Pedro Abelardo. Cuando él le pide matrimonio porque ella está embarazada, Eloísa deja muy claro su parecer, cuando le dice que prefiere ser su meretriz a su esposa.

Para la joven, igual que para muchos hombres y mujeres medievales, el matrimonio es un mero contrato, y por lo tanto constituye la auténtica prostitución. Es sólo en el amor libre donde se puede hallar la pureza absoluta de dos corazones que se entregan; puede que, en este sentido, los medievales estén más cerca de nosotros de lo que pensamos.

3. Eran brutos e ignorantes

Solo rezaban y tenían una fe ciega, ergo no pensaban. He aquí uno de los más extendidos tópicos acerca de la Edad Media, y sin embargo es uno de los más absurdos. ¿Cómo se puede pensar que el ser humano no pensó durante nada menos que mil años? La idea es absurda en cuanto que el raciocinio, la curiosidad, el ansia de saber son inherentes a la condición humana. Por lo que sí, efectivamente, los medievales pensaban, y mucho.

De hecho, fue en esta época cuando se realizó el intento más sincero y apasionado de conciliar razón y fe. Sí, Dios ha creado a la humanidad, se decían; y la ha creado con cerebro, la ha creado con pensamiento, con capacidad racional. Por lo tanto, intentar llegar a Dios a través de la lógica no solo es viable, sino que es perfectamente coherente con lo que Dios espera de nosotros.

Así, los filósofos de la Edad Media se embarcaron, ya desde la primera Edad Media, en una empresa titánica: acceder a la palabra revelada de la Biblia a través de la razón.

Muchos fueron los intentos y muchos los frutos, pero semejante objetivo estaba condenado a darse de bruces constantemente contra una multitud de contradicciones. Porque, ¿acaso se puede demostrar la existencia de Dios, como intentó hacerlo Tomás de Aquino en el siglo XIII? ¿Acaso se puede dar una explicación lógica a los hechos bíblicos? ¿Cómo desentrañar racionalmente el misterio de la Divina Trinidad…? La Edad Media fue el experimento más vehemente y conmovedor para intentar semejante armonía; a partir del siglo XIV, con Guillermo de Ockham a la cabeza, el abismo que separaba razón y fe se fue haciendo cada vez más insondable.

Fruto de esta ansia por la Verdad, con mayúsculas (que los tópicos históricos atribuyen solo a la época clásica o al Renacimiento, cuando es obvio que no es así), la Edad Media dio a luz a las universidades, corporaciones de estudiantes y alumnos que se regían por sus propias reglas y que usaban la dialéctica (la discusión), para desentrañar las verdades de la fe y de la vida.

Y de la mano de las universidades, aparecen en los burgos los grupos estudiantiles, los alegres goliardos: obscenos, pendencieros, borrachos y asiduos a los burdeles, que por cierto la Iglesia toleraba por considerar un mal necesario.

Estos primeros universitarios fueron también los primeros en armar los típicos tumultos juveniles y en alzar su protesta contra lo que no consideraban justo; igual como hoy en día se sigue haciendo en las universidades.

4. Eran misóginos

Esta vez sí que hay bastante verdad en el tópico. Sí, la Edad Media es una época misógina, pero puntualicemos: no más que la época clásica o la moderna. De hecho, la libertad y el poder de la mujer estaban mucho más cercenados en la Antigua Grecia (cuando las mujeres vivían recluidas en los gineceos de las casas) y en la Europa del siglo XVII.

A decir verdad, la misoginia se fue radicalizando a medida que avanzaba el Medioevo. En los últimos siglos, sobre todo a partir del siglo XIII, encontramos ya posiciones muy misóginas entre los pensadores de la época. Parte de la culpa la tuvo la recuperación de la obra de Aristóteles; del sabio griego se extrajo una teoría que pregonaba que el nacimiento de una mujer se debía a una corrupción del semen o a una mala alimentación de la madre.

La Teología no hizo sino ratificar la supuesta inferioridad femenina, idea contra la que se levantaron algunas tímidas voces como la de Christine de Pizán, considerada una de las primeras feministas de la historia.

Sin embargo, existieron mujeres muy poderosas, como las influyentes abadesas que estaban a cargo de monasterios (¡no solo de monjas, sino también mixtos, donde hombres y mujeres estaban separados solo por la iglesia!), o las grandes reinas medievales, como Leonor de Aquitania, una mujer fuerte e independiente que dejó huella en la historia.

En general, el ideal femenino era la Virgen María; es decir, la mujer completamente asexual y que además es madre. La sexualidad femenina era un auténtico tabú (al menos, a nivel teológico, ya que, como hemos visto, en la vida cotidiana la gente hacía sus más y sus menos), y se relacionaba a la mujer que mostrara cierto apetito sexual con la figura de Eva, la pecadora primigenia.

5. No se lavaban

No me gustaría terminar este breve repaso por algunos de los tópicos más manidos de la Edad Media sin mencionar el típico argumento de que no se aseaban. Obviamente, no se lavaban cada día. El concepto de la higiene asidua es algo relativamente moderno, por lo que su aseo nos podría resultar increíblemente precario hoy en día.

Pero sí, el hecho es que sí se lavaban. Las personas pudientes tenían sus propios sistemas de baño en sus casas, así como cosméticos y utensilios de limpieza. Los demás tenían que acudir a las famosas Casas de Baños, unos establecimientos que proliferaron en las ciudades a inspiración de las termas romanas y los baños árabes. En estos locales se lavaban, charlaban y comían y, los que nos puede resultar más sorprendente… ¡Mujeres y hombres se introducían desnudos en el mismo barreño!

Como era de esperar, la mayoría de estas casas de baños tuvieron que cerrar, acusadas de promover la lujuria (muchas de ellas eran de hecho burdeles encubiertos). Pero lo cierto es que la principal causa del cierre fue higiénica: tras la Peste Negra, nadie se quería arriesgar a que un apestado se metiera con él en el agua de un barreño

Conclusión

Ignorantes, brutos, ordinarios, santurrones, crueles… aún hoy en día se sigue aplicando el término medieval para referirse a algo escabroso. Sin querer idealizar una época que por supuesto tuvo sus sombras (y bastante espesas), creo que antes de dejarnos llevar por los tópicos tenemos que contrastar la información que poseemos. Y no solo en lo que se refiere a la Edad Media, por supuesto, si no en todas las facetas de nuestra vida.

Referencias bibliográficas:

  • Pernoud, R. (2011). Eloísa y Abelardo, ed. Acantilado.
  • ÍDEM, (1986). ¿Qué es la Edad Media?, ed. Magisterio Español.
  • Legoff, J. (2003). En busca de la Edad Media, ed. Paidós.
  • Troyes, C., (2018). Perceval o el cuento del Grial, Alianza Editorial.
  • ABELARDO, P. (1983). Historia de mis desventuras, con estudio preliminar de José María Cigüela. Ed. Centro Editor de América Latina.