Tal y como se ha demostrado en numerosos estudios científicos, no existe una relación directa entre el cociente intelectual y el éxito en la vida. Unas elevadas facultades racionales no equivalen a un completo desarrollo humano ni garantizan una trayectoria vital satisfactoria.

De hecho, hay personas profesionalmente exitosas que resultan ser un caos a la hora de manejar su vida emocional. Es más, Goleman (1998) afirma que el nivel de inteligencia emocional puede ser más decisivo que el nivel de cociente intelectual, pues determina el grado de destreza que alcanzaremos en todas nuestras otras facultades.

A colación apuntamos hacia las inteligencias múltiples de Gardner y a la capacidad que debe tener el sistema educativo, entre otros, para fomentar además del desarrollo de la inteligencia académica, otras inteligencias que poseen un carácter más personal, como es la inteligencia emocional.

Aunque son múltiples los modelos teóricos que abarcan el constructo de inteligencia emocional, en este artículo se presenta de acuerdo con el planteamiento inicial de Salovey y Mayer (1990): es la capacidad de reconocer, diferenciar y manejar apropiadamente las emociones propias y ajenas. El conjunto de competencias emocionales en las que se descompone la inteligencia emocional varía según el acercamiento teórico. Nosotros tomamos como referencia el de Bisquerra y Pérez (2007) el cual identifica nueve: conciencia emocional, regulación emocional, empatía, comunicación emocional, autoeficacia, autonomía, comportamiento prosocial, asertividad y optimismo.

El desarrollo de todas estas competencias es condición sine quan on del bienestar personal y social y por consiguiente de tener una vida más satisfactoria.

La relación entre las adicciones y la inteligencia emocional

Los investigadores Kun y Demetrovics (2010) realizaron una revisión sistemática para investigar la relación entre inteligencia emocional y adicciones. Tras analizar cerca de 36 estudios concluyeron que dos competencias de la IE, la decodificación y la diferenciación de las emociones y la regulación de las emociones, poseen un papel clave con respecto al uso de sustancias y adicciones. También una mala regulación del estado de ánimo. En la misma línea Orlando et.al. (2001) afirman que el consumo de sustancias se potencia cuando el consumidor es incapaz de afrontar experiencias emocionales desagradables y acude al consumo como forma de evasión.

Nuestra experiencia socioeducativa y psicológica en la comunidad terapéutica Llaurant La Llum, coincide a nivel empírico con los hallazgos de las anteriores referencias científicas. En cuanto a las competencias de gestión emocional, en términos generales, los usuarios de la comunidad presentan dificultades a la hora de identificar, regular y expresar sus emociones. Además, requieren de una reeducación emocional, pues asocian las emociones a displacer y descontrol.

Se mueven entre la hiper reacción emocional, sobredimensionando sus emociones y la anestesia emocional, la cual consiguen a través del consumo o actividad tóxica. Les cuesta realizar una reparación emocional y por tanto tienen dificultades para producir cambios en su estado de ánimo.

Por lo que respecta a otros componentes emocionales como autoconcepto, autoestima y autoimagen, presentan en general una distorsión. Estos tres componentes están afectados por una imagen negativa de sí mismos, basada más en los fracasos que en los éxitos, así como en acciones que realizaron en el pasado motivadas por su adicción y de las cuales se arrepienten.

Esto en ocasiones les lleva a la búsqueda constante de la aprobación ajena, hipersensibilidad a cómo les ven los demás y deseo de complacer. Se hace necesario fomentar un proceso de autoconocimiento centrado en los recursos, fortalezas y por tanto en el desarrollo de una autoestima sana.

También se ve afectada su autoeficacia, es decir la capacidad que creen que poseen para lograr aquellos resultados que desean. Las recaídas afectan a este componente, viéndose el usuario inmerso en un proceso de vuelta a empezar, sensación de fracaso y bajas expectativas personales. En relación con ello, igualmente se ve afectado el componente automotivación puesto que la impulsividad que caracteriza a la conducta adictiva hace que necesiten ver resultados inmediatos de sus actos.

El trabajo aquí consiste en aprender a establecer objetivos a corto, medio y largo plazo y ser capaz de generar recursos para mantener la motivación. Asimismo, la motivación hacia el cambio en ocasiones es extrínseca y es necesario conducir al usuario hacia la motivación intrínseca.

Claves de la intervención

Del mismo modo que desde el área socioeducativa se interviene en el cambio de hábitos, el establecimiento de una nueva red social o la mejora de las relaciones familiares, es evidente la necesidad de intervenir sobre la dimensión emocional.

Esta intervención debe estructurarse en las cuestiones nombradas en el apartado anterior, donde ya se han adelantado algunas. En primer lugar, es conveniente que el usuario comprenda la funcionalidad de las emociones y tome conciencia de que tiene la capacidad de manejarlas, aunque eso conlleve un esfuerzo y tiempo. Es necesario que aprenda a manejar estados emocionales desagradables, así como que aprenda a encontrar formas de gratificarse no tóxicas ante estados emocionales agradables.

Una de las claves de la intervención en la dimensión emocional debe ser fomentar procesos de introspección con el objetivo de que el usuario crezca emocionalmente. Se trata de abrir espacios para conocerse, aceptarse y definir aquellas características personales que son susceptibles de mejora y que están directamente relacionadas con la conducta adictiva, junto con otras variables.

Un ejemplo concreto podría ser desarrollar la capacidad de decir no ante situaciones que el usuario no desea hacer. Esto implica que adquiera una mayor seguridad en sí mismo y una autoestima incondicional, pues se siente responsable de sus decisiones y no realiza acciones que no desea hacer o que incluso le pueden perjudicar.

Por otro lado, es oportuno que desarrolle la capacidad de fijarse objetivos según la fase en la que se encuentre y, por tanto, desde lo que está capacitado para dar. De esta forma, se establecen metas a corto plazo que progresivamente conllevan a la evolución y mejora personal.

Conclusiones

Conviene que toda persona desarrolle su inteligencia emocional para lograr una trayectoria vital satisfactoria. Pero, en lo que nos incumbe, se hace evidente la necesidad de intervención en el área emocional de los usuarios que realizan tratamientos de deshabituación de conducta adictiva. En el presente artículo se presentan una batería de necesidades socioemocionales de intervención y diversos acercamientos para trabajarlas.

Ayuda profesional para el tratamiento de adicciones

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Referencias bibliográficas:

  • Orlando M, Ellickson PL, Jinnett K. The temporal relationship between emocional distress and cigarette smoking during adolescence and young adulthood. J Consult Clin Psychol 2001; 69: 959-70.
  • Goleman, D. (1996). La práctica de la inteligencia emocional. Barcelona: Kairós