La emocionalidad es una característica fundamental del ser humano, por ello no es casualidad que sea tremendamente compleja.

Para poder abordar esta dimensión, solemos valernos del lenguaje, en lo que se llama el etiquetado emocional. Vamos a tratar a fondo este asunto para descubrir cómo se lleva a cabo esta acción, cuál es la utilidad que supone y su importancia en diferentes etapas del desarrollo.

En qué consiste el etiquetado emocional

El etiquetado emocional es un mecanismo por el cual las personas tratan de identificar sus propias emociones o las emociones de los demás mediante palabras concretas. Es decir, lo que hacen es asignar una etiqueta, en este caso verbal, a un sentimiento muy concreto que están experimentando o que intuyen que está experimentando otro individuo.

Esta acción, que a priori puede resultar muy obvia y sencilla, tiene en realidad una enorme importancia, pues permite, en primer lugar, traducir a nuestro lenguaje hablado sensaciones que en ocasiones son tremendamente profundas y complejas, lo que facilita tanto la propia comprensión de las emociones sentidas, como el entendimiento de cómo se sienten los demás.

No solo eso. El etiquetado emocional también es fundamental para poder compartir dicha información, es decir, poder transmitir de una persona a otra, a veces con una sencilla palabra, los sentimientos que está experimentando el individuo, de manera que los demás puedan comprenderlo instantáneamente, al compartir el mismo lenguaje.

Pero más allá de esa utilidad básica (pero de vital importancia), la realidad es que el etiquetado emocional tiene implicaciones mucho más profundas, que son las que exploraremos a continuación.

Etiquetado y regulación de las emociones

La primera de esas utilidades del etiquetado emocional que vamos a revisar es precisamente la de la regulación de las emociones. Como ya hemos mencionado, al identificar estos sentimientos mediante palabras, incluso la propia persona es consciente del estado mental en el que se encuentra.

Esa capacidad abre la puerta a otra posibilidad realmente interesante, que es la de la regulación emocional. Y es que al ser consciente de lo que está sintiendo, el individuo puede aprender a controlar dicha sensación, si es demasiado intensa y le está generando malestar, o por cualquier otro motivo.

Por lo tanto, la persona realizaría en primer lugar el etiquetado emocional, después lo utilizaría para ser consciente de la emoción concreta que está experimentando y, finalmente, podría aprovechar dicho conocimiento para trabajar sobre la emoción en cuestión y así lograr rebajar el nivel de intensidad o incluso llegar a sustituirla por otra.

Si se utiliza de la manera adecuada, dicha capacidad puede utilizarse a nivel terapéutico como recurso para tratar diversas patologías, como puede ser el caso de las fobias. Este fenómeno ha sido estudiado, entre otros, por Katharina Kircanski y sus colaboradores, en un trabajo publicado en el año 2012.

Tratamiento de fobias mediante etiquetado emocional

Dicha investigación trató acerca del uso del etiquetado emocional para ayudar a personas que sufrían un miedo atroz a las arañas. Para ello, se formaron dos grupos. Ambos iban a ser tratados de su fobia mediante la técnica de exposición del estímulo aversivo, es decir, a una araña, que era lo que les generaba ese pánico.

Sin embargo, a uno de estos grupos se le iba a aplicar también otra variable, que no era otra que el propio etiquetado de las emociones que estaban sintiendo. Tras una semana de estudio, los investigadores pudieron extraer diferentes conclusiones. Por un lado, pareció no haber una diferencia significativa en cuanto al miedo que los participantes decían estar experimentando.

Pero, lo interesante fue que el grupo que además de ser expuesto a la araña, trabajó el etiquetado emocional, tratando de expresar exactamente qué sentían, demostró una menor respuesta fisiológica al estímulo aversivo (la araña) tras el tratamiento, respecto a los miembros del grupo control. Dicha respuesta se midió a través de la conductividad de la piel.

También se comprobó que los individuos del grupo experimental eran capaces de acercarse más a la araña que aquellos que no habían utilizado el lenguaje para expresar sus sentimientos y emociones durante la fase de tratamiento, es decir, los que no habían hecho uso del etiquetado emocional.

La principal conclusión que Kircanski y sus compañeros hallaron en este estudio es que el haber utilizado más palabras para tratar de definir exactamente lo que estaban sintiendo, pareció ayudar a los participantes del grupo experimental a reducir su miedo, con el mismo trabajo de exposición a las arañas que recibieron las personas del grupo control.

El efecto es lo suficientemente interesante como para investigar más al respecto, pues los datos apuntan a que el etiquetado emocional podría ser un poderoso aliado a la hora de trabajar para sanar las fobias, y puede que este efecto pueda ser utilizado para ayudar a pacientes que sufren de otras psicopatologías.

El etiquetado emocional en el desarrollo de los niños

Pero más allá del uso terapéutico del etiquetado emocional, este fenómeno tiene otras utilidades más básicas en los seres humanos, incluso a lo largo de nuestro desarrollo durante la infancia. Esta cuestión es la que analizaron Daniela Vilca y Chamarrita Farkas, en Chile, en el año 2012.

Dichas autoras quisieron estudiar el desarrollo social y emocional de un grupo de niños de 30 meses y qué papel jugaba en dicha evolución el etiquetado afectivo. Para este trabajo se tomó una muestra de 84 niños de diferentes escuelas infantiles de Santiago de Chile. Se utilizaron diversas escalas para registrar el lenguaje asociado a emociones que los niños usaban.

El método utilizado para la investigación fue la presentación de una historia a los menores en la que a uno de los personajes le ocurría un suceso que llevaba asociada una emoción concreta. Tras leerles la historia, se le preguntaba a los niños cómo creían que se sentía el protagonista. Tan solo un 30,5% de los pequeños utilizó etiquetas emocionales cuando respondieron a las cuestiones.

Las emociones primarias, como alegría, tristeza, miedo o enfado, fueron más fáciles de reconocer. Otras más complejas, como vergüenza o miedo, provocaron más dificultades a la hora de ser reconocidas y expresadas verbalmente. Una de las observaciones más reseñables acerca de los resultados es la diferencia entre niños y niñas, siendo ellas las que mejores resultados obtuvieron en el uso del etiquetado emocional.

Pero existió un predictor aún mejor para el desempeño en esta tarea, y era el nivel socioeconómico de las familias. Si dicho nivel era medio-alto, los niños de dichas familias puntuaban significativamente más alto que los menores pertenecientes a familias de un nivel socioeconómico de nivel bajo. Estas diferencias fueron mayores que las halladas entre sexos.

En cualquier caso, las autoras conocen las limitaciones de su investigación. Para empezar, la muestra no era lo suficientemente grande como para poder establecer conclusiones generales con seguridad. Igualmente, los datos se registraron a través de la información que facilitaron los cuidadores de los niños, lo cual podría estar produciendo sesgos en las mediciones.

También se han planteado que quizás la tarea solicitada a los niños sobrepasaba la complejidad recomendable para su desarrollo y tal vez hubiera sido mejor utilizar otra metodología, como la presentación de rostros que mostrasen diferentes emociones, un sistema que se ha utilizado en muchos otros estudios.

Otras formas de utilizar el etiquetado emocional

Hemos realizado un recorrido por diferentes utilidades y características del etiquetado emocional. Ha quedado clara la función de regulación de las emociones que dicha actividad tiene sobre los sujetos. Por eso, podemos aprender a usarla a nuestro favor en determinadas circunstancias.

Una de ellas, utilizada frecuentemente, es la publicación en redes sociales del estado anímico. El simple hecho de escribir acerca de una afectividad negativa y así ser consciente de ella, tiene un efecto terapéutico en la persona que la está sintiendo, pudiendo provocar que dicha sensación se rebaje o incluso remita.

Pero además, a un nivel más social, las respuestas generadas a la publicación, siempre que vayan en la línea del consuelo, también pueden ayudar al sujeto a experimentar un estado de ánimo más positivo y por lo tanto, lograr la regulación emocional que buscaba, consciente o inconscientemente, mediante el etiquetado emocional.

Por supuesto, no es necesario exponer públicamente los sentimientos para lograr ese efecto. Otra forma de lograrlo, de una manera privada, es escribiendo dichas sensaciones simplemente para uno mismo, ya sea en un diario o en otro formato. El objetivo es ser consciente de lo que estamos experimentando, y el plasmarlo con palabras es una vía muy potente para conseguirlo.

Referencias bibliográficas:

  • Kircanski, K., Lieberman, M.D., Craske, M.G. (2012). Feelings into words: contributions of language to exposure therapy. Psychological Science.
  • Lieberman, M.D. (2019). Affect labeling in the age of social media. Nature human behaviour.
  • Torre, J.B., Lieberman, M.D. (2018). Putting feelings into words: Affect labeling as implicit emotion regulation. Emotion Review.
  • Vilca, D., Farkas, C. (2019). Lenguaje y Uso de Etiquetas Emocionales: Su Relación con el Desarrollo Socioemocional en Niños de 30 Meses que Asisten a Jardín Infantil. Psykhe (Santiago).