¿Por qué lo etiquetamos todo?

Una reflexión sobre la tendencia a ponerle etiquetas a todos los ámbitos de la vida.

¿Por qué lo etiquetamos todo?

A nuestro cerebro le encanta etiquetarlo todo: “Pepito es prepotente”, “Este vídeo es creepy”, “Lo que me ha pasado es muy random”, “Menganito y Menganita son novios”... Como puedes ver, incluso las etiquetas trascienden el idioma cuando se busca un término preciso que venga al caso.

Las etiquetas son juicios subjetivos rápidos que hacemos de los elementos que nos rodean. Podemos ponerles diferentes etiquetas a objetos, animales, personas, situaciones, relaciones, formas de vestir, comidas, estados anímicos, enfermedades, problemas psicológicos… A todo lo que se te ocurra básicamente.

¿Pero y por qué lo hacemos? Pues tiene diferentes causas, incluso biológicas. Si quieres descubrirlas, sigue leyendo este artículo en el que te explico por qué lo etiquetamos todo y si esto es bueno o malo.

¿Por qué tenemos la necesidad de etiquetarlo todo?

Tendemos a etiquetar nuestro alrededor y a nosotros mismos por una necesidad biológica, y es que darle nombre a las cosas nos permite adaptarnos a las situaciones. Dentro de esta función adaptativa, podemos distinguir varios factores que determinan por qué lo etiquetamos todo.

1. Necesidad de comprender el mundo y cómo somos

El primer motivo para etiquetarlo todo es entender el entorno. Nuestro cerebro está constantemente analizando lo que ocurre dentro y fuera de nosotros, para poder reaccionar en función de la información que recibimos. Este análisis consume mucha energía de por sí, pero más consumiría si tuviéramos que interpretarlo todo como si lo acabáramos de ver por primera vez o tuviéramos que examinarlo escrupulosamente.

Las etiquetas sirven para simplificar mucha información en una sola palabra, lo cual facilita hacernos esquemas mentales y ordenarlos. A su vez, cuando reconocemos algún rasgo que nos permite etiquetar ese elemento, podemos predecir características que no estamos viendo en un principio.

De esta manera, en vez de hacer análisis profundos, nuestro cerebro evalúa el entorno someramente y adjudica etiquetas a lo que ve. Así podemos hacernos una idea aproximada a primera vista, y creamos expectativas y predicciones, además de dar una explicación sobre otras personas y determinadas situaciones. Incluso las etiquetas pueden ayudarnos a entender cómo somos nosotros mismos, lo cual aporta tranquilidad mental.

2. Miedo a la incertidumbre

Una de las cosas que mayor malestar provoca al ser humano es la incertidumbre, es decir, la falta de información segura y clara ante una situación, en la que tenemos dudas sobre cómo se va a desarrollar o es impredecible. La incertidumbre nos crea ansiedad y miedo, porque el cuerpo, cuando no sabe lo que va a pasar, se prepara ante un posible problema.

Esta sensación nos crea la necesidad de intentar controlar lo incontrolable y de “cierre cognitivo”: buscar certezas absolutas para borrar cualquier duda. Es aquí cuando entran las etiquetas. Si ponemos etiquetas que conocemos a lo que hay alrededor, podremos predecir y rellenar la falta de información sobre la situación.

Al hacer predecible el mundo gracias a las etiquetas, reducimos en parte la incertidumbre. Conseguimos dar estabilidad con nuestros esquemas mentales y prepararnos para la situación predicha con las etiquetas. Por lo tanto, ponerle nombre a todo nos ayuda a tomar el control de la situación.

3. Necesidad de sentirnos parte de algo

Por otro lado, somos seres sociales, con lo que ello implica. Por naturaleza, necesitamos cariño, apoyo y compañía, y no nos gusta sentir que no encajamos en nuestro entorno, que no somos parte de nada. En este caso en concreto, ponerles etiquetas a las personas y a nosotros mismos nos crea la perspectiva de que tenemos algo en común, de que somos de un mismo grupo. Un ejemplo representativo de esto es el colectivo LGTBIQ+.

El aumento de las siglas del colectivo no es un capricho sin más. Van incorporando nuevas etiquetas, para que las personas pueden entenderse a sí mismas, para que no se sientan solas y sepan que existen personas similares a ellos, sin perder la individualidad e idiosincrasia de cada une. Lo mismo ocurre con otros tipos de etiquetas referidos a personas o colectivo, como los términos otaku, gym bro o neurodivergente.

¿Y eso es bueno o es malo?

Si te estás planteando la respuesta de esta pregunta, has picado, porque… ¡Era una pregunta trampa! Ya estás otra vez intentando etiquetar, ahora etiquetando el propio hecho de etiquetar como “bueno” o como “malo”. Aparte de la broma, sí te puedo contestar que el etiquetarlo todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

Ventajas de etiquetarlo todo

Básicamente, las ventajas de poner etiquetas son todas las características y factores que he mencionado antes, junto con alguna otra más:

  • Reduce la incertidumbre y, por tanto, la ansiedad.
  • Ayuda a predecir situaciones y características de personas o elementos.
  • Facilita controlar la situación y prevenir problemas.
  • Permite interpretar el mundo y a nosotros mismos.
  • Hace más fácil comunicarnos de manera sencilla con los demás y organizar nosotros mismos información.
  • Nos hace sentirnos parte de algo socialmente hablando.
  • Todo ello, economizando energía y no saturando nuestro cerebro.

Inconvenientes de etiquetarlo todo

Los principales inconvenientes de etiquetarlo todo son que las etiquetas son subjetivas y superficiales. Esto de por sí no tendría que ser malo, de hecho todo lo contrario, como hemos explicado antes. El problema viene cuando nos creemos las etiquetas como una verdad innegable. Corremos el riesgo de volvernos inflexibles y de no ser capaces de examinar cada situación por separado, nos quedamos solo en el análisis somero.

Además, puede que prejuzguemos injustamente a otras personas y tratarlas de una manera que no se merecen, acorde a sus etiquetas. Nos puede pasar incluso que nosotros interioricemos etiquetas que nos han puesto en nuestro entorno, aunque no encajen plenamente con nuestra realidad actual.

Si creemos al pie de la letra las etiquetas negativas que nos han puesto, podemos tener un autoconcepto distorsionado y problemas de autoestima. Las etiquetas pueden llevarnos a justificar características o acciones propias o de otras personas, bajo la típica frase de “es que es así”, cuando es al revés: se tiene la etiqueta dependiendo de las características.

Las etiquetas no deberían suponer un límite para nadie, pero sí que lo son. Hay personas que se quedan encasilladas en su etiqueta y no hacen por verlo desde otra perspectiva, o por querer mejorar y avanzar. De esta manera, puede ocurrir el efecto Pigmalión o profecía autocumplida: por pensar que va a ocurrir algo, terminará pasando (por ejemplo: al llamar a un niño vago, tendrá menos motivación y ganas por esforzarse).

¿Cómo puedo evitar los inconvenientes de las etiquetas?

Para poder llevarte solo la parte positiva de las etiquetas y no sus desventajas, la clave está en la propia explicación que te he dado: no te creas como una verdad absoluta las etiquetas. Para ello, puedes observar tu entorno y a ti mismo/a con la mente abierta. ¿Qué etiquetas te vienen a la cabeza durante tu observación?

Analiza entonces si esas etiquetas se ajustan o no a la realidad, sobre todo si te están causando malestar a ti o a otras personas, porque están haciendo que las veas como no son. Una vez que veas si están acorde a una visión objetiva, pregúntate de qué manera te está limitando o impulsando la etiqueta para hacer ciertas cosas.

Es entonces cuando puedes cambiar tus decisiones y acciones. Al observar el mundo y a ti mismo/a con la mente abierta y al no interiorizar las etiquetas, puedes mejorar cómo te relacionas con tu entorno y contigo mismo/a. Podrás vivir como si empezaras de nuevo, con la oportunidad de aprender y mejorar como persona.

  • Gavino, A. (2006). Guía de Técnicas de Terapia de Conducta. Pirámide.
  • Hayes, S.C., Stroshal, K. y Wilson, K.G. (2014). Terapia de Aceptación y Compromiso. Proceso y práctica del cambio consciente (2ª Ed.). Desclée de Brouwer.
  • O’Hanlon, W.H., y Weiner-Davis, M. (1990). En busca de soluciones. Paidós.

Psicóloga

Lucía Gómez es psicóloga general sanitaria, con formación en los modelos cognitivo-conductual y sistémico centrado en soluciones. Ofrece terapia individual, de pareja y de familia, tanto de forma presencial en Málaga como online. Apasionada de la escritura y de la psicología desde joven, ha querido juntar sus dos vocaciones para aportar su granito de arena al mundo y poder ayudar a los demás.

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