¿Sirve para algo trabajar directamente la autoestima? De acuerdo con la teoría del sociómetro, nuestra autoestima sería un indicador de cómo de aceptados o rechazados socialmente nos sentimos más que un factor de bienestar en sí mismo.

Esta idea iría en contra de la aplicada en muchos talleres y libros sobre autoestima, en los cuales se destaca que para que una persona incremente este aspecto psicológico debe “aprender a quererse a sí misma”.

Sin embargo, ¿de qué va a servir que nos queramos mucho si nuestra autoestima parece depender de nuestra relación con los demás? A continuación veremos más a fondo esta teoría del sociómetro y qué influencia ejerce la sociedad en nuestro bienestar psicológico.

¿Qué es la Teoría del Sociómetro de la Autoestima?

La teoría del sociómetro de la autoestima, propuesta por Mark Leary, es un modelo teórico que plantea que la autoestima es un indicador de nuestra adecuada relación social más que un factor que nos otorgue bienestar. Es decir, en esta teoría se concibe la autoestima no como una causa de nuestro bienestar, sino más bien una consecuencia del mismo, bienestar directamente relacionado con el grado de aceptación o rechazo que percibamos de nuestro entorno cercano.

La teoría es realmente controvertida, puesto que contradice muchos de los postulados defendidos tanto en la psicología popular como en la más académica y científica, viniendo a decir que la autoestima no sería aquello en lo que se debería trabajar en caso de tenerla baja, y según esta, lo adecuado sería fomentar estrategias que nos llevaran a sentirnos y estar más aceptados en el grupo de referencia, y en caso de conseguirlo tendríamos como consecuencia un incremento en la autoestima.

Antes de entrar más a fondo y ver los detalles de esta teoría, vamos a destacar la importancia de la sociabilidad en nuestra especie, una idea que puede parecer hasta una obviedad pero, realmente, habiéndonos criado en una sociedad individualista como lo sería la Occidental nunca está de más verla.

Somos seres sociales

Una de las ideas más compartidas y aceptadas en el mundo occidental es la individualidad de cada uno. Nuestra visión de las personas es que somos organismos más o menos independientes del resto y que, como mucho, podemos recibir alguna influencia de los demás pero, en esencia, nuestra forma de ser y la aceptación de uno mismo depende de nosotros. Si nos lo proponemos, podemos llegar a ser máquinas aisladas e independientes, valernos por nosotros mismos sin interactuar con los demás.

Esta idea ha calado hondo en varias ramas de la psicología, entre ellas el conductismo, la terapia cognitiva y el psicoanálisis. La psicología ha tomado una óptica centrada en el individuo, en el sujeto “de piel para adentro”, visto como un ser autónomo y no un animal social. Igualmente, no se pueden omitir varias corrientes que sí han hecho énfasis en la relación de la persona con los demás, como lo es la escuela de la Teoría de Sistemas, aplicada en terapia de familia, o la psicología social.

Pero pese que nosotros, como occidentales, nos centramos exageradamente en el individuo y así lo hemos reflejado en varias corrientes de pensamiento, la biología evolucionista viene a demostrar lo contrario: somos seres sociales. Venimos al mundo en grupo y no podemos desarrollarnos como humanos de forma individual. Es más, nuestros antepasados evolutivos e, incluso, el ancestro común entre humanos y chimpancés era social. Ya éramos sociales incluso antes de ser humanos.

Este hecho científico no ha sido tenido en cuenta hasta hace relativamente poco. De hecho, una idea bastante compartida en el pensamiento occidental, tanto filosófico como político y científico, es que en algún momento de la historia los individuos humanos se unieron y cedieron sus derechos individuales para poder vivir en sociedad, algo que el propio Jean-Jacques Rousseau plantea en su “El contrato social” de 1762. Pero la realidad es que esto nunca pasó, puesto que nuestra especie heredó de sus eslabones anteriores la vida social.

Son varios los experimentos naturales que ponen de manifiesto la necesidad de las personas de convivir con otras para desarrollarnos como humanos, siendo los más renombrados los casos de niños salvajes. En más de una ocasión un niño ha sido abandonado a su suerte de forma accidental o adrede y, milagrosamente, ha sobrevivido y crecido sin establecer ningún contacto con otras personas. Al estar aislados del resto de sus congéneres carecen de muchas de las capacidades que consideramos propiamente humanas, como el lenguaje, la idea del “yo” o una identidad propia.

A diferencia de la idea expuesta por el mismo Rousseau sobre el buen salvaje, los niños que han crecido sin contacto humano en períodos críticos de su desarrollo no saben ni que ellos mismos son humanos. De esto se extrae que no es posible entender las cualidades humanas que entendemos que nos definen, como la idea del “yo”, la identidad, la conciencia, el lenguaje y la autoestima, de forma aislada del resto de personas. Son cualidades humanas que surgen y se desarrollan interactuando con los demás. Nadie puede crecer ni ser persona si no se relaciona con otras personas.

Autoestima y sociedad

Habiendo entendido lo anterior, podemos ver más a fondo qué es lo que la teoría del sociómetro de la autoestima defiende. Esta teoría parte del grupo social y concibe la idea de la autoestima de una forma totalmente diferente a la tradicional, teniéndose en cuenta la naturaleza indiscutiblemente social de nuestra especie. La psicología, en prácticamente todas sus corrientes, ha defendido el papel de la autoestima a la hora de explicar todo tipo de fenómenos psicológicos y trastornos mentales, pero pocos se habían preguntado qué función cumple en sí misma, por qué existe.

Como su propio nombre viene a sugerir, la teoría del sociómetro de la autoestima considera que la autoestima funciona como una especie de termostato, un “sociómetro”. Este monitoriza el grado en el que el individuo es incluido o excluido por otras personas de su entorno social, es decir, la aceptación social. En función de lo aceptado que se sienta, este sistema del sociómetro motiva a la persona a comportarse de una forma que minimice las posibilidades de ser rechazado o excluido del grupo, tendiendo a comportarse de una forma considerada atractiva y agradable socialmente.

En su estado más primitivo el ser humano es incapaz de sobrevivir y reproducirse sin la ayuda de otras personas. Por este motivo, desde la psicología evolucionista, se defiende que se debieron desarrollar sistemas psicológicos que motivaron a las personas a desarrollar y mantener un mínimo nivel de inclusión en las relaciones sociales y grupos. Por mucho que digamos que no nos gusta estar con los demás, buscamos su apoyo puesto que, sin él, difícilmente podremos sobrevivir.

Para mantener con éxito nuestras relaciones con los demás se requiere de un sistema que monitorice las reacciones de los otros ante nuestras conductas, siendo especialmente sensible a aquellas muestras que indiquen rechazo, exclusión o desaprobación. Este sistema nos alertaría de los cambios que se dieran en nuestra inclusión hacia el grupo, especialmente cuando se diera una menor aceptación social.

Para evitar que la aceptación social baje todavía más el sistema nos motivaría a realizar conductas que repararan o restauraran la aceptación original. La autoestima sería el sistema que nos indicaría cómo de aceptados somos en el grupo y, cuanto más baja la tuviéramos más nos alertaría de exclusión social. Esto nos activaría para evitar perder vínculos, puesto que de ocurrir perderíamos protección y se reducirían nuestras posibilidades de sobrevivir.

Entendido esto, la idea no sería la de mantener la autoestima en sí misma. La autoestima no dejaría de ser un indicador de cómo de aceptados nos sentimos. Si realizamos acciones que incrementan la aceptación social, como ayudar a los demás, ser amable, tener logros significativos, nuestra autoestima aumentará como resultado de sentirnos más incluidos en el grupo. En cambio, si mostramos conductas socialmente rechazadas, como violar la moral del grupo, tener rasgos desagradables o fracasar en nuestras metas, nuestra autoestima sufrirá y se hundirá como resultado de tener menos relaciones sociales y de peor calidad.

Así pues, la autoestima, según este modelo, está unida a procesos afectivos y sociales. La alta autoestima hace que nos sintamos bien, mientras que la baja nos produce malestar. Nuestra naturaleza suele considerar como placenteras aquellas cosas que quiere que repitamos, mientras que aquellas que quiere que evitemos hace que las vivamos con dolor e incomodidad. Cualquier amenaza a nuestro organismo, tanto física, psicológica y emocional, se asocia con una sensación aversiva, lo cual motiva a que actuemos para solucionar la situación.

Por ejemplo, si nuestro organismo se está deshidratando vamos a sentir sed, que es una sensación desagradable. Para dejar de sentirla lo que haremos será bebernos un vaso de agua y, así, lograremos calmar la sed. Lo mismo pasaría con la autoestima: las emociones negativas serían la sensación aversiva, producto de la desaprobación o el rechazo percibido en nuestro entorno. Esta situación sería percibida como un peligro para nuestra supervivencia y nos motivaría a solucionar el problema, haciendo más conductas socialmente valoradas.

En definitiva, y de acuerdo con las investigaciones realizadas por el grupo de Leary y otros investigadores, la función principal de la autoestima sería indicarnos cuando corremos el riesgo de ser excluidos, motivándonos a movernos para evitar tal exclusión. Los seres humanos nos activamos para evitar la sensación desagradable del rechazo más que para sentir la agradable de la aprobación, aunque aun así también invertimos recursos para conseguir este segundo objetivo.

Sus repercusiones

La teoría del sociómetro de la autoestima puede tener implicaciones prácticas, a pesar de poder entenderse como un modelo muy teórico. De hecho, viene a contradecir la principal idea sostenida por muchos libros de psicología de la autoestima, autoayuda y demás publicaciones similares: “quiérete a ti mismo”.

Si es verdad que la autoestima es un indicador de nuestras relaciones sociales y el grado en que somos aceptados o rechazados por nuestro entorno, entonces no es una causa de bienestar psicológico sino más bien una consecuencia del mismo. De ser así, los libros, talleres y clases para trabajar la autoestima, aunque mayormente bienintencionados, no tendrían efecto alguno puesto que no estarían cambiando un factor en sí, sino más bien un indicador. Estaríamos “trucando” aquello que nos avisa de nuestra aceptación social.

Para que lo entendamos. Imaginémonos que estamos conduciendo y la aguja que indica cuánta gasolina nos queda está en números rojos. ¿Verdad que no tendría sentido trucar esa aguja y ponerla al máximo cuando el problema real es que nos falta gasolina? Lo mismo sucedería con la autoestima. Una autoestima baja sería indicativo de que hay un problema de aceptación social o se ha hecho algo que supone rechazo social y, por lo tanto, se debe trabajar en ello, que no deja de ser la causa del problema.

Para ayudar a una persona con baja autoestima se le debe enseñar capacidades que le conduzcan a ser más aceptada socialmente, teniendo como consecuencia un incremento en su autoestima: ayudar a los demás, adquirir habilidades sociales, aprender a tocar un instrumento, obtener un logro socialmente valorado… Es decir, promover todo tipo de conductas que sirven tanto como para evitar el rechazo social como para fomentar la inclusión social.

Como decíamos, la filosofía de la mayoría de los talleres de autoestima es la de “quiérete a ti mismo” pero, ¿de qué nos va a servir querernos a nosotros mismos si la autoestima depende de cómo de queridos nos sintamos por los demás? Si nadie nos quiere muy difícilmente nos vamos a querer a nosotros mismos ni tampoco vamos a tener una alta autoestima, lo cual nos traerá dolor.

No es que no nos debamos querer a nosotros mismos ni aceptar tal y cómo somos, pero para sentirnos mejor lo mejor es aprender habilidades sociales que fomenten nuestra inclusión en el grupo de referencia, puesto que no nos podemos desligar de nuestra naturaleza humana que es indiscutiblemente social. Naturalmente, tener fe en uno mismo y ser optimista nos ayudará a adquirir nuestras metas, pero debajo de ello tiene que haber algo de cierto, alguna habilidad que nos sirva de apoyo.

Si por ejemplo somos corredores (“runners”) no nos va a servir de mucho decirnos a nosotros mismos lo guapos que somos y que somos los mejores del mundo porque sí, algo que es básicamente lo que hacen los recursos de autoayuda. Tendremos que demostrar que somos buenos corredores, que podemos correr largas distancias sin cansarnos y demostrárselo al resto de personas.

Si apenas salimos a correr y además estamos echando el hígado nada más empezar no vamos a poder demostrar nada, ni la gente nos valorará como buenos corredores puesto que no lo somos. En cambio, si conseguimos adquirir el hábito, somos capaces de correr 10 kilómetros sin cansarnos, participamos en varias maratones y las ganamos estaremos demostrando lo buenos que somos en esa área, seremos socialmente valorados y nuestra autoestima crecerá.

Autoestima patológica y detección de embustes

Un caso curioso y extremo es lo que sucede en las fases maníacas del trastorno tipolar. En esta fase el individuo se encuentra eufórico, muy optimista y contento: se siente el amo del mundo. Esta felicidad patológica puede ser hasta contagiosa, arrastrar a los demás a un estado de alegría y motivación y hacer que vean al individuo con este trastorno como una persona triunfadora y agradable, puesto que las personas preferimos a la gente alegre y optimista.

El problema de esta extrema autoestima es que es un síntoma, no el resultado de unas habilidades socialmente atractivas reales. Como su autoestima no es un indicador fiable de la realidad, cuando alguien le reprocha que todo aquello en lo que decía ser bueno no es real la persona se irrita, sintiendo que se le está desvalorizando. En pleno estado de manía cree realmente en aquello que dice ser y cualquier crítica a ello es visto como un grave menosprecio, algo que en situaciones extremas puede volverlo agresivo.

Cabe mencionar que dentro de la Biología Evolucionista existe una rama que se llama Teoría de las Señales, dedicada a la comunicación entre individuos y, más en específico, al tema de la honestidad en las señales. No es ninguna sorpresa que las personas, aun teniendo una autoestima sana, nos presentarnos ante los demás como más importantes y mejores de lo que realmente somos. Curiosamente, también estamos diseñados para no dejarnos engañar cuando otras personas hacen exactamente esto mismo.

La idea detrás de esto es que, cuando somos nosotros quienes nos presentamos como más importantes, acelerar la aprobación del grupo hacia nosotros, incrementar nuestra autoestima y sentirnos como que disponemos de protección social, asegurando nuestra supervivencia. En caso de que sea otra persona quien intenta dárselas de importante, tratamos de ver hasta qué punto es cierto para evitar el engaño, algo que también podría dañar nuestra autoestima cuando descubramos el engaño tras haber confiado en ella.

Referencias bibliográficas:

  • Leary, M. R., & Baumeister, R. F. (2000). The nature and function of self-esteem: Sociometer theory. In M.P. Zanna (Ed.), Advances in experimental social psychology (Vol. 32, pp. 1-62). San Diego, CA: Academic Press.
  • Leary, M. R., Tambor, E. S., Terdal, S. K., & Downs, D. L. (1995). Self-esteem as an interpersonal monitor: The sociometer hypothesis. Journal of Personality and Social Psychology, 68 , 518-530.
  • Malo, P. (2013). La Teoría del Sociómetro de la Autoestima. España. Evolución y Neurociencias. https://evolucionyneurociencias.blogspot.com/2013/01/la-teoria-del-sociometro-de-la.html