Los trastornos disociativos forman parte de las psicopatologías más complejas y contraintuitivas.

Esto es así porque son capaces de generar alteraciones psicológicas no solo de tipo cuantitativo, como ocurre por ejemplo con la ansiedad generalizada, sino que también actúan introduciendo desequilibrios de tipo cualitativo en el funcionamiento de la mente. De hecho, hay casos en los que llegan a fragmentar radicalmente el funcionamiento de la memoria y de la consciencia: el caso más llamativo es el del Trastorno de Identidad Disociativo, conocido popularmente como personalidad múltiple.

Por fortuna, en la actualidad existen formas de intervención psicológica que permiten tratar esta clase de alteraciones. Aquí nos centraremos en una de ellas y veremos cómo se usa la terapia EMDR a la hora de tratar los trastornos disociativos.

¿Qué son los trastornos disociativos?

Los trastornos disociativos presentan una interesante diversidad en su forma de expresarse, pero todos tienen en común que aparecen a través del trauma psicológico. El trauma está compuesto por recuerdos e idas asociadas a experiencias que pueden hacernos sufrir emocionalmente y que amenazan con alterar nuestro equilibrio emocional incluso años después de que se produjese el evento que lo desencadenó.

Frente a esto, la disociación aparece como un dique de contención que frena la influencia directa del trauma sobre nuestra consciencia en cuanto a su capacidad para hacernos sufrir, pero al precio de alterar el funcionamiento de esta última.

Dos de los aspectos que ayudan a comprender mejor los trastornos disociativos es su relación con los rasgos evitativos, por un lado, y la compartimentalización de los recuerdos y procesos psicológicos, por el otro.

1. Compartimentalimentalización

La disociación recibe ese nombre porque en ella aparecen una serie de barreras de contención que “disocian” procesos psicológicos y elementos mentales como por ejemplo los contenidos de la memoria autobiográfica, compuesta por recuerdos de lo que nos ha ido pasando a lo largo de nuestras vidas. Esto permite evitar que los contenidos mentales que nos generan mucha ansiedad, y específicamente los vinculados al trauma psicológico, se asocien al resto de procesos mentales y “los contagien” con esa carga emocional.

Así, los trastornos disociativos están desencadenados, en general, por la traumatización, y constituyen una manera disfuncional de lidiar con esa marca emocional dolorosa que ha quedado en nuestra memoria.

Estos muros de contención que mantienen separados contenidos presentes en la mente humana se expresan entre otras maneras mediante barreras amnésicas en los trastornos disociativos, es decir, lagunas de memoria que van de la mano de situaciones en las que hay un estado alterado de consciencia: ambos fenómenos se complementan.

Por ejemplo, la teoría de la disociación estructural de Van der Hart señala que la disociación tiene dos ejes en cuanto a estados de consciencia: uno vertical y otro horizontal. En las alteraciones disociativas en las que predominan las escisiones horizontales en el estado de consciencia se produce un cambio cuantitativo en este, estrechándose o reduciéndose (como en el caso de la despersonalización), mientras que allí donde se da una o más escisiones verticales aparecen cambios cualitativos en el estado de consciencia, con varios estados de consciencia que transcurren en paralelo, cada uno bajo sus propias lógicas de funcionamiento: es el caso del Trastorno de Identidad Disociativo. En ambos casos queda plasmado que hay determinados contenidos mentales que quedan “en cuarentena”, siendo reprimidos (cuantitativamente) para evitar que seamos totalmente conscientes de ellos, o siendo separados de raíz del resto de elementos que nos vienen a la consciencia.

Así, algunos autores que se han dedicado a estudiar específicamente los trastornos disociativos señalan que en los procesos de traumatización hay todo un rango de alteraciones psicopatológicas más o menos complejas: en las más simples encontraríamos el Trastorno por Estrés Postraumático, y en las más complejas figurarían los trastornos disociativos y el estrés postraumático complejo.

2. Evitación

Como hemos visto, la disociación obedece a la lógica de la evitación de aquello que produce un malestar inmediato, y que en el caso del estrés postraumático normal (en el que no hay disociación) se expresa en momentos de flashbacks y una alta subida del nivel de ansiedad cuando nos viene a la mente el recuerdo de lo traumático.

Así, los trastornos disociativos pueden ser entendidos como una serie de patrones de evitación que hemos interiorizado, hasta el punto de que esta no se expresa tanto a través de nuestra interacción con el entorno como a través de nuestra interacción con nuestros propios pensamientos y recuerdos.

¿Qué es la terapia EMDR y cómo se usa ante trastornos disociativos?

La terapia EMDR es una forma de intervención psicoterapéutica en la que se busca producir un cambio persistente en la conectividad entre zonas concretas del cerebro implicadas sobre todo en la preservación y evocación de recuerdos. Fue desarrollada a finales de los años 80 por la investigadora Francine Shapiro como forma de tratar a los pacientes con traumas psicológicos, si bien a lo largo de los años se ha mostrado eficaz ante otras psicopatologías.

Mediante el EMDR se busca hacer que, a través del sistema de evocación de recuerdos, podamos intervenir en la gestión de esos recuerdos traumáticos, para permitir que sean abordados como un contenido no necesariamente problemático y susceptible a ser gestionado a través de nuestra capacidad de aceptación y de resiliencia. En este sentido, se parece a la desensibilización sistemática usada muchas veces para superar las fobias.

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Referencias bibliográficas:

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  • Maldonando R.J. & Spiegel, D. (2009). Dissociative Disorders. En The American Psychiatric Publishing: Board Review Guide for Psychiatry (22).
  • Shapiro, F. (1989). Efficacy of the eye movement desensitization procedure in the treatment of traumatic memories. Journal of Traumatic Stress. 2(2): pp. 199 - 223.