Este tipo de profesión está asociado al desgaste psicológico.

A la hora de identificar correctamente los factores que pueden aumentar o disminuir el nivel de riesgo de la causa suicida, siempre ha sido de gran interés atender a la estrecha relación que guardan con dicha conducta. Hay que tener en cuenta que este nivel aumenta proporcionalmente al número de factores manifiestos y que algunos presentan un mayor peso específico que otros. Conocerlos y estudiar su relevancia puede ser determinante a la hora de comprender los problemas que rodean a cada colectivo.

Desafortunadamente para los médicos internos, su profesión constituye un importante riesgo añadido a padecer una muerte por suicidio. Según la American Foundation for Suicide Prevention (AFSP) cada año se suicidan un promedio de 400 médicos de ambos sexos en Estados Unidos, lo que equivale en números absolutos a toda una facultad de medicina. También ocurren dinámicas parecidas entre los estudiantes de Medicina en los que, tras los accidentes, el suicidio es la causa de muerte más habitual.

La relación entre la medicina y el suicidio

Los estudios realizados por la AFSP en el año 2002 confirman que los médicos murieron por suicidio más frecuentemente que otras personas de su misma edad, género de la población general y de otras profesiones. De media, la muerte por suicidio es 70% más frecuente entre médicos varones que en otros profesionales, y 250% a 400% mayor entre las médicas. A diferencia de otras poblaciones, en los que los hombres se suicidan cuatro veces más a menudo que las mujeres, los médicos tienen una tasa de suicidio que es muy parecida entre hombres y mujeres.

Posteriormente, Schernhammer y Colditz realizaron en el año 2004 un meta-análisis de 25 estudios de calidad sobre el suicidio médico y concluyeron que la tasa agregada de suicidio para los médicos varones comparada con la de los varones en la población general es 1,41: 1, con un 95% y un intervalo de confianza de 1,21 a 1,65. Para las médicas, la ratio fue 2,27: 1 (95% IC=1,90-2,73) en comparación con las mujeres de la población general; lo que constituye una tasa preocupantemente elevada.

Sin embargo, las singularidades respecto al resto de colectivos profesionales no se terminan aquí. Varios estudios epidemiológicos han constatado que los miembros de algunas ocupaciones en concreto tienen un riesgo de suicidio más alto que otras y que la mayor parte de esta considerable variación en el riesgo se explica por los factores socioeconómicos, en todos los casos, salvo los que pertenecían a los médicos.

Un estudio caso-control con 3.195 suicidios y 63.900 controles emparejados en Dinamarca (Agerbo et al. 2007) corroboró que el riesgo de suicidio disminuye en todas las ocupaciones si se controlan las variables de ingreso psiquiátrico, estatus de empleo, estatus marital e ingresos brutos. Pero, nuevamente, los médicos y enfermeros/as fueron la excepción, en los que, de hecho, la tasa de suicidio aumentó.

Además, entre las personas que han recibido tratamiento psiquiátrico hospitalario se aprecian unas modestas asociaciones entre suicidio y ocupación, pero no para los médicos, que tienen un riesgo mucho más marcado, de hasta cuatro veces mayor.

Finalmente, la combinación de situaciones con elevado estrés junto al acceso de medios letales de suicidio como armas de fuego o medicinas también es un indicador propio de ciertos grupos ocupacionales. De entre todos los médicos, se ha evaluado un riesgo aun mayor para los anestesistas por tener fácil acceso a fármacos anestésicos. Estos estudios se reflejan con los resultados obtenidos de otros colectivos de alto riesgo como dentistas, farmacéuticos, veterinarios y granjeros (Hawton, K. 2009).

Una profesión muy sacrificada

Tras elaborarse un documento de consenso entre expertos para evaluar el estado del conocimiento de la depresión y las muertes por suicidio entre médicos, se concluyó que la cultura tradicional de la medicina sitúa la salud mental del médico como una escasa prioridad a pesar de la evidencia de que presentan una elevada prevalencia de trastornos del estado de ánimo no adecuadamente tratados. Las barreras para que los médicos busquen ayuda son, usualmente, el temor al estigma social y a comprometer su carrera profesional, por lo que la posponen hasta que el trastorno mental se ha cronificado y complicado con otras patologías.

Los factores etiopatogénicos que pueden explicar el incremento de riesgo de suicidio consisten en el mal afrontamiento, o falta de recursos para el debido afrontamiento, de los riesgos psicosociales inherentes a la actividad clínica como el estrés propio de la misma actividad clínica, el acoso y el desgaste profesional (burnout), así como las presiones institucionales (recortes, horarios y turnos forzados, falta de apoyo, litigios por mala praxis).

Se ha recomendado cambiar las actitudes profesionales y cambiar las políticas institucionales para animar a los médicos a pedir ayuda cuando lo necesiten y a ayudar a sus compañeros a reconocer y tratarse cuando lo precisen. Los médicos son tan vulnerables a la depresión como la población general, pero buscan ayuda en menor medida y las tasas de suicidio consumado son más altas (Center et al., 2003).

Referencias bibliográficas:

  • Medicina y Seguridad del Trabajo. Versión impresa ISSN 0465-546X Med. segur. trab. vol.59 no.231 Madrid abr.-jun. 2013
  • Suicidio y Psiquiatría. Recomendaciones preventivas y de manejo del comportamiento suicida. Bobes García J, Giner Ubago J, Saiz Ruiz J, editors. Madrid: Triacastela; 2011
  • http://afsp.org/
  • http://www.doctorswithdepression.org/