Brian Cassey | Barcroft

Aunque los profesionales de la psicología se han propuesto tradicionalmente la mejora de la calidad de vida de las personas como objetivo fundamental, lo cierto es que en el mundo actual esta disciplina tiende a actuar a favor del statu quo, y por tanto a promover el mantenimiento de las consecuencias negativas del “libre mercado”.

No en vano, la concepción de la psicología como brazo correctivo del capitalismo moderno está muy extendida. Para analizar hasta qué punto es acertada esta idea conviene en primer lugar observar la estructura económica global en que se enmarca la salud mental hoy en día.

Capitalismo y neoliberalismo en la sociedad actual

Podemos definir el capitalismo como un sistema económico centrado en la competición por los recursos, en la primacía de la propiedad privada sobre la pública y en la toma de decisiones por parte de los dueños de los medios de producción más que por los estados y, por tanto, los ciudadanos. Aunque el capitalismo ha existido en distintas formas desde el principio de la historia, se convirtió en el modelo económico dominante a partir de la Revolución Industrial y se institucionalizó en todo el mundo con la globalización, consecuencia clara de estos desarrollos técnicos.

Los críticos llamamos “neoliberalismo” a la ideología que sostiene el capitalismo moderno. Este término hace referencia a la resurgencia de los principios clásicos del mercado libre que tuvo lugar tras las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, durante las cuales los estados habían aplicado políticas intervencionistas para minimizar las desigualdades sociales, que tienden a crecer sin límite dentro del marco capitalista debido a la acumulación de recursos por parte de quienes más tienen. Este tipo de medidas permitieron que la riqueza se redistribuyera hasta cierto punto, algo casi insólito en la historia moderna y que puso en alerta a las élites económicas.

La diferencia clave con el liberalismo tradicional es que en la práctica el neoliberalismo aboga por la toma de control (no necesariamente democrática) de los estados y de las organizaciones supranacionales, como la Unión Europea, para asegurar que se puedan ejecutar políticas que favorezcan a quienes poseen grandes cantidades de capital acumulado. Esto perjudica a la mayor parte de la población, puesto que la reducción de salarios y el desmantelamiento del sector público dificultan que los menos favorecidos accedan a servicios básicos como la educación y la sanidad.

Las ideas neoliberales y el propio funcionamiento natural de la economía capitalista promueven que cada vez más aspectos de la vida se rijan por la lógica del beneficio monetario, focalizado especialmente en el corto plazo y en el enriquecimiento individual. Desgraciadamente, esto incluye la concepción de la salud mental como mercancía, incluso como artículo de lujo.

Desigualdad económica y salud mental

Las desigualdades materiales promovidas por el capitalismo favorecen a su vez que se produzcan diferencias en la salud mental en función del estatus socioeconómico. A medida que se incrementa el número de personas con dificultades monetarias, un hecho especialmente marcado desde la crisis financiera global de 2008-2009 y la recesión consiguiente, aumenta también la prevalencia de trastornos mentales, en particular los relacionados con la ansiedad y la depresión.

Un entorno laboral crecientemente exigente contribuye a la generalización del estrés, una alteración cada vez más difícil de evitar y que incrementa el riesgo de contraer trastornos cardiovasculares y otras enfermedades físicas. Asimismo, la precarización de las condiciones de trabajo genera inseguridad y disminuye la calidad de vida de las personas que dependen de su empleo para poder subsistir.

La precariedad

Por otra parte, la estructura capitalista necesita un porcentaje significativo de personas pobres para poder mantenerse: si todo el mundo pudiera subsistir sin necesidad de empleo sería muy difícil que los sueldos siguieran siendo igual de bajos, y por tanto que los propietarios pudieran continuar aumentando su margen de beneficios. Es por esto que los promotores de la ideología neoliberal rechazan que se reforme un sistema en el cual el paro no es tanto un problema como un requisito estructural.

A quienes no logran encajar en la sociedad se les dice que no se esfuerzan o que no son suficientemente buenos; esto facilita el desarrollo de trastornos depresivos relacionados con la imposibilidad de alcanzar sus objetivos sociales y profesionales. La depresión es uno de los principales factores de riesgo del suicidio, que también se ve favorecido por la pobreza y el paro. En Grecia, el país más afectado por las medidas de austeridad en la inversión pública que la Unión Europea ha impuesto desde la crisis, el número de suicidios ha aumentado en aproximadamente un 35% desde 2010.

Además, con la privatización y la destrucción progresiva de los servicios públicos se acentúan las consecuencias negativas del capitalismo para la salud mental. En el marco del estado del bienestar había más personas que conseguían acceder a terapias psicológicas que de otro modo no podrían permitirse, pero los estados invierten hoy mucho menos en sanidad, especialmente en su vertiente psicológica; esto favorece quela psicoterapia siga siendo un lujo para la mayor parte de la población, en lugar de un derecho fundamental.

El rol correctivo de la psicología

La psicología clínica no sólo es difícilmente accesible para un gran número de personas, sino que además está supeditada a la medicalización de la salud mental. A pesar de que a largo plazo es más eficaz tratar la depresión o la ansiedad mediante psicoterapia, el poder de las corporaciones farmacéuticas y la obsesión por el beneficio inmediato han formalizado en todo el mundo un modelo sanitario en que la psicología es poco más que un apoyo para trastornos que no se pueden “curar” con medicamentos.

En este contexto poco propicio para el fomento de la salud mental, la psicología funciona como válvula de contención que, aunque puede mejorar el bienestar en casos individuales, no actúa sobre las causas últimas de los problemas que afectan de forma colectiva a las sociedades. Así, puede que una persona en el paro consiga encontrar trabajo tras acudir a terapia para superar su depresión, pero seguirá habiendo un número elevado de parados en riesgo de depresión mientras las condiciones laborales se mantengan.

De hecho, incluso el término “trastorno” designa una falta de adaptación al contexto social o el malestar producido por ésta, más que un hecho de naturaleza problemática en sí mismo. Dicho de forma clara, los trastornos psicológicos son vistos como problemas porque interfieren en la productividad de quien las sufre y con la estructura de la sociedad en un periodo determinado, más que porque perjudiquen al individuo.

En muchos casos, especialmente en ámbitos como el marketing y los recursos humanos, los conocimientos científicos obtenidos por la psicología no sólo no se utilizan para aumentar el bienestar de las personas que más lo necesitan sino que se tiende a favorecer de forma directa los intereses de la empresa y del “sistema”, haciendo que consigan con más facilidad sus objetivos: obtener tantos beneficios como sea posible y con la menor resistencia por parte de los subordinados o ciudadanos.

Desde el modelo capitalista, el desarrollo humano y la consecución del bienestar personal sólo son beneficiosos en tanto que favorecen el progreso de las estructuras económicas y políticas que ya existen. La parte no monetaria del progreso social es considerada poco relevante ya que no puede contabilizarse dentro del producto interior bruto (PIB) y otros indicadores de la riqueza material, diseñadas para favorecer la acumulación competitiva de capital.

El individuo contra el colectivo

La psicología actual se ha adaptado al sistema social, político y económico de modo que favorece su continuidad y la adaptación de las personas a sus reglas de funcionamiento, incluso cuando estas tienen fallos de base. En unas estructuras que promueven el individualismo y el egoísmo, la psicoterapia también se ve obligada a hacerlo si pretende ayudar a individuos concretos a superar sus dificultades.

Un buen ejemplo es la Terapia de Aceptación y Compromiso o ACT, un tratamiento cognitivo-conductual desarrollada durante las últimas décadas. La ACT, muy avalada por la investigación en un gran número de trastornos, se focaliza en que la persona se adapte a las condiciones de su vida y que derive sus metas de sus valores personales, superando el malestar temporal que puede sentir en el proceso de alcanzar estos objetivos.

La ACT, como la mayoría de intervenciones psicológicas, tiene un lado positivo muy evidente atendiendo a su eficacia, pero también despolitiza los problemas sociales porque se centra en la responsabilidad individual, minimizando de forma indirecta el papel de las instituciones y otros aspectos macrosociales en el surgimiento de alteraciones psicológicas. En el fondo, la lógica que sustenta estas terapias es que quien ha fracasado es la persona, no la sociedad.

La psicología no será verdaderamente efectiva para aumentar el bienestar de la sociedad en su conjunto mientras siga dejando de lado la importancia primordial de modificar las estructuras sociales, económicas y políticas y focalizándose casi exclusivamente en dar soluciones individuales a problemas que tienen en realidad una naturaleza colectiva.