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Economía feudal: qué es y cuáles son sus características

El sistema económico que rigió los primeros siglos de la Edad Media.

Economía feudal

A pesar de que el feudalismo está relacionado con la Edad Media en general, no es cierto que este fuera el régimen principal de todo este periodo histórico. Porque si bien el sistema feudal adquirió un gran protagonismo durante los siglos centrales del Medioevo, en su última etapa fue un sistema en declive, objeto de múltiples críticas y que estuvo en el punto de mira de las revoluciones campesinas, que intentaban mejorar sus condiciones.

El sistema feudal se basaba, principalmente, en una economía de autoabastecimiento. Su marco es básicamente rural y está muy ligado con la consolidación de los señoríos medievales, en detrimento de las ciudades y, por tanto, del estado. En este artículo repasaremos las características del feudalismo y en qué se basaba la economía feudal.

La economía feudal como motor de la Edad Media

Fue, como ya hemos dicho, uno de los principales regímenes medievales, que definió a toda una época. No se puede entender la economía de los primeros siglos de la Edad Media sin entender el funcionamiento de este sistema. Veamos, pues, en qué consiste.

¿Qué es el feudalismo?

Antes de empezar a hablar de la economía feudal, debemos tener claro el concepto de feudalismo. Así pues, ¿qué entendemos por feudalismo?

El feudalismo es el régimen político, económico y social que se desarrolló en Europa durante gran parte de la Edad Media. Decimos “gran parte” porque, en realidad, durante los mil años que duró este periodo histórico se sucedieron circunstancias muy diversas que dieron como resultado cambios importantes y constantes en la estructura económica y social de Europa. Los historiadores tienden a distinguir dos etapas dentro del feudalismo medieval: el llamado primer feudalismo o feudalismo carolingio y el feudalismo clásico o pleno.

Durante el feudalismo carolingio (siglos VIII – XI, aproximadamente) se sientan las bases de lo que será este régimen medieval, espoleado por el cambio que supuso para Europa el paso de un estado de tipo público (el estado romano) a un conglomerado de estados privados. En el surgimiento y posterior cristalización del régimen feudal tuvo mucho que ver, como veremos en el siguiente punto, el Imperio Carolingio.

El feudalismo clásico o pleno (siglos XI – XIII) es la consolidación de este sistema que se ha ido moldeando durante los siglos anteriores. Europa se configura, pues, como un mosaico de territorios de carácter privado, es decir, que son patrimonio de una familia. A grandes rasgos, podemos decir que el feudalismo tiene las siguientes características:

  • Una nula centralización del poder. Cada territorio posee su propia autonomía.
  • La carencia absoluta de idea de estado. Ya no existe el concepto de la “cosa pública” romana.
  • El carácter exclusivamente privado de cada uno de los territorios, adscritos a una familia en concreto como parte de sus bienes patrimoniales.
  • Una red extensísima y muy compleja de vínculos entre señores y vasallos.
  • Una economía prácticamente autosuficiente. Cada territorio protagoniza su propio abastecimiento y su propia administración.

Así, en este breve resumen sobre qué es el feudalismo, vemos las principales diferencias existentes entre este régimen medieval y la idea de estado: mientras que, en este último, impera la idea del “bien común” y existe un poder centralizado que administra los recursos, en el feudalismo clásico cada feudo es un territorio independiente, con sus propias leyes, su propio cuerpo militar (los caballeros del señor) y su propio sistema económico.

El origen del feudalismo

Las causas del nacimiento del feudalismo son muy complejas. Sin embargo, a grandes rasgos podemos afirmar que este régimen medieval es hijo del desmembramiento del Imperio Romano y de la situación bélica que vivió Europa durante los siglos VII y IX. Veámoslo a continuación.

El fin del estado romano

Si tenemos que poner un ejemplo que ejemplifique el concepto de “estado”, este sería Roma. En efecto; tenemos un gobierno central fuerte, establecido en una capital, que distribuye funcionarios estatales por todos los territorios del imperio. Estos territorios no son propiedad de un individuo o una familia en concreto, sino que pertenecen al estado romano; es decir, a todos los ciudadanos. Cada uno de estos ciudadanos debe contribuir económica y militarmente en el mantenimiento del estado y, a cambio, este administrará los bienes recaudados (en teoría) de la forma más provechosa para el conjunto de los ciudadanos.

Como vemos, nuestros modelos actuales de estado beben directamente de este concepto romano de la res publica o “cosa pública”.

Durante los últimos años del Imperio Romano las cosas empiezan a cambiar. Ya durante el siglo III d.C una serie de poderes efímeros van tomando intermitentemente las riendas de diversas regiones del imperio.

Más tarde, en 395, durante el reinado del emperador Teodosio, se produce la definitiva división entre Imperio Romano de Occidente e Imperio Romano de Oriente. Esta división representó el primer resquebrajamiento de la unidad del estado que, en los años sucesivos, no haría sino aumentar. Porque las invasiones de los pueblos “bárbaros” ya habían empezado: a finales del siglo IV, los godos penetran en la península itálica, y los hunos, acaudillados por su temible rey, Atila, penetran a sangre y fuego por los territorios romanos de Occidente.

Para paliar esta inestabilidad política, el gobierno romano establece pactos con algunos de los pueblos invasores. El más importante fue el que acordó con los visigodos, que recibieron tierras (foedus) a cambio de servir militarmente al imperio. Este es el germen de lo que, siglos más tarde, sería el feudalismo: la obtención de tierras y alimento a cambio de fidelidad y servicio militar al señor.

Un mundo en guerra

Antes de la caída definitiva del gobierno romano en Occidente, se había observado una atomización de los distintos territorios que configuraban el imperio. Las pequeñas poblaciones y villas veían que Roma ya no era aquel estado fuerte que podía protegerles de las invasiones y, por lo tanto, decidieron convertirse en territorios más o menos independientes. Con la ruptura definitiva del imperio y la desaparición del estado romano, estos territorios ganaron en autonomía y suficiencia.

De cualquier manera, en los siglos inmediatamente posteriores a la caída del Imperio Romano Occidental no podemos hablar, por supuesto, de feudalización. Porque los territorios que configuran los pueblos bárbaros asentados en Europa todavía conservan el carácter de “cosa pública”; es decir, todavía son estados. Nos referimos, claro está, al reino visigodo de Toulouse, primero, y al de Toledo, después; y, sobre todo, al poderoso reino de los francos.

Los francos construyeron un modelo de estado basado en el concepto de res publica romano. Durante la época de Carlomagno encontramos una red de funcionarios extendida por todos los rincones del Imperio Franco (o carolingio), así como un gobierno central, personificado en la figura del emperador, desde el que se administra los territorios imperiales. El todavía presente poder central queda de manifiesto en la figura de los missi dominici, enviados especiales del emperador cuya misión era, precisamente, controlar a los funcionarios imperiales. Estos funcionarios, los condes y los marqueses, se encontraban principalmente en las zonas de frontera, las llamadas marcas. Europa era, en los siglos posteriores a la caída de Roma, un territorio inestable. Durante el siglo VI, los ávaros, los eslavos y los búlgaros realizaron serias incursiones en Europa; y a esta nueva amenaza había que sumarle, obviamente, las invasiones musulmanas que, a partir del siglo VII, pusieron en jaque a todo el occidente europeo.

La Europa postromana era, pues, un mundo en guerra. Así, empezaron a proliferar los llamados “señores de la guerra”: paulatinamente, estos condes y marqueses aposentados en las marcas, que habían sido enviados por el emperador franco con la misión de controlar las fronteras, y cuyo poder era estrictamente temporal, empezaron a reivindicar la propiedad de esas mismas tierras que se les habían encomendado. Poco a poco, el cargo fue pasando de padres a hijos y se reforzó, de esta forma, la posesión privada de esas tierras, que antaño habían sido públicas, del estado.

Finalmente, en 877, las Capitulaciones de Querzy legalizaron lo que, de facto, se llevaba practicando desde hacía años. A partir de entonces, las tierras tendrían carácter hereditario y su propiedad pasaría de padres a hijos. En otras palabras: ya no era el estado el que administraba esos territorios, sino que estos pasaban a ser parte del patrimonio de la familia del lugar. Había nacido el feudalismo.

La economía feudal: autonomía y autoabastecimiento

La feudalización de Europa comportó un regreso a la economía rural. Obviamente, si el poder del estado ya no existía, si cada territorio tenía carácter privado y era posesión de la familia que lo administraba, no existía ya un poder que regularizara el comercio y el intercambio a gran escala. De la misma manera, la inestabilidad que producían las continuas invasiones (a las musulmanas del siglo VII se sumarían, cien años después, las invasiones vikingas) tenía como consecuencia el fortalecimiento de unas fuerzas militares locales que pudieran hacer frente a las amenazas, sin contar con ninguna ayuda externa.

Proliferan entonces las pequeñas explotaciones de tierra, administradas por el señor feudal. La principal mano de obra de estos territorios eran los campesinos; a cambio de un trabajo constante y continuo, el señor les permitía establecerse en el lugar y se les adjudicaba un manso o granja para que la familia del campesino pudiera disponer de lo básico para subsistir.

El pago que el campesino le debía a su señor a cambio de este medio de, podríamos llamar, supervivencia, era su propio trabajo en la llamada terra indominicata, la reserva señorial. Este trabajo, denominado corveas en territorio franco y opera y labores en territorio hispano, podía alargarse hasta los tres días por semana.

Además, se podían igualmente pagar una serie de tributos a cambio de utilizar las partes comunes del feudo, como el molino, los caminos, los puentes, etc., conocidos con el curioso nombre de banalidades. El señor era, pues, el auténtico amo de todos los elementos que estaban dentro de su jurisdicción, por lo que el uso de cada uno de ellos conllevaba el pago de un impuesto de uso. De hecho, incluso los mansos o granjas adjudicadas a los campesinos pertenecían al señor, por lo que lo que poseían los campesinos no era más que el usufructo.

Por otro lado, los campesinos estaban también sujetos al pago de ciertos impuestos, que podían ser en especies o en metálico. Lo más habitual en los primeros años del feudalismo, y dada la escasa circulación de moneda, era que los impuestos se pagaran en forma de sacos de trigo, animales o cualquier otro producto agrícola. Era común también que los campesinos realizaran servicios en el castillo señorial, servicios que descendieron paulatinamente y que fueron sustituidos, a partir del siglo XII, por el trabajo de los jornaleros.

En resumen, tenemos a unos territorios cultivados por unos campesinos que producen para el señor (pago de impuestos en especies, trabajo de la reserva señorial) y para sí mismos. Por tanto, la economía de los feudos era enteramente circular y estaba absolutamente encerrada en sí misma.

Los campesinos: siervos y colonos

Es habitual encontrar en los textos referentes al feudalismo la palabra “siervo”, haciendo referencia a los campesinos de los territorios señoriales. Sin embargo, no todos los campesinos que trabajaban las tierras eran siervos.

Las familias libres que se asentaban en el territorio, en base a un pacto con el señor, eran los colonos. Estos campesinos no estaban sometidos a las mismas obligaciones que los siervos, y gozaban de mayor libertad. Por su parte, los siervos eran antiguos esclavos manumitidos que habían perdido su condición de “objeto” pero que, sin embargo, conservaban ciertas obligaciones serviles para con el señor. Los regímenes jurídicos de ambos no eran, por lo tanto, idénticos.

De cualquier manera, y ya fuera en régimen de colonos o de siervos, estos campesinos eran hombres de pleno derecho, condición que distaba mucho de la de los esclavos de época antigua, sujetos a una completa cosificación.

En un mundo tan fuertemente ruralizado, la aldea era el núcleo principal de población. Con la desaparición del estado y el surgimiento del feudalismo, las ciudades pierden toda su importancia política, y pasan a ser, simplemente, sede del obispo. No será hasta el siglo XI, con el resurgimiento de la actividad mercantil, que los burgos volverán a situarse en la vanguardia económica.

Llega la bonanza económica

Durante el feudalismo pleno se producen una serie de innovaciones técnicas que permiten un aumento significativo de la productividad.

Así, proliferan los molinos de agua como fuerza motriz, llegados desde el norte de Europa, y las acequias de riego traídas por los musulmanes.

Pero, probablemente, una de las mejoras que mayor repercusión tuvo en el incremento de la producción es el aumento de la capacidad de tracción de los animales de tiro, que se consiguió a través del uso de varios elementos innovadores, entre los que destaca el yugo frontal usado en los bueyes. Así, a través de esta herramienta aparentemente tan sencilla, se consiguió una mayor capacidad de arrastre, lo que permitió un aumento considerable en la producción agrícola.

Una mayor producción implica la generación de excedente, y los excedentes significan posibilidad de comercio. Efectivamente, esto es lo que sucedió a partir del siglo XI, momento en que renace el comercio en Europa. Y, con la reactivación del comercio, renacen las ciudades y, con ellas, surge una nueva sociedad que nada tiene ya que ver con la vieja Europa feudal de los siglos anteriores.

  • García de Cortázar, J.A.; Sesma Muñoz, J.A. (2016). Manual de historia medieval, Alianza Editorial.
  • Lara Martínez, M. (2018). Historia del ser humano. De las ciudades estado a la aldea global, ed. CEF.
  • VV. AA. (2007). Atlas histórico de la cultura medieval, ed. San Pablo.

Periodista

Licenciada en Humanidades y Periodismo por la Universitat Internacional de Catalunya y estudiante de especialización en Cultura e Historia Medieval. Autora de numerosos relatos cortos, artículos sobre historia y arte y de una novela histórica.

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