Varias maneras de definir la palabra "instinto". Unsplash.

¿Qué es el instinto? ¿Qué queda del instinto animal en nosotros, los seres humanos? ¿Podemos fiarnos de nuestro instinto? ¿Y qué dice la ciencia sobre todo ello?

Son muchas las preguntas que aún, a día de hoy, nos seguimos haciendo sobre un concepto tan complejo y tan básico como es el instinto, que no tiene el mismo significado en la psicología popular que para los seguidores de Freud o para la neurociencia actual. En este artículo veremos cuáles son las principales maneras de entender y de definir este concepto.

¿Qué es el instinto? Diversas interpretaciones de este concepto

Existen varias maneras de concebir lo que son los instintos. A continuación veremos las más destacadas.

El instinto Darwiniano

Todos aprendemos en nuestra etapa escolar la misma definición de instinto: una conducta innata, estereotipada y específica que se desencadena ante cierto tipo de estímulos y que continúa hasta su consumación, incluso en ausencia de la estimulación que la provocó.

Para Darwin, los instintos constituían una parte esencial de la naturaleza de cada ser vivo. Es el instinto el que permite la subsistencia, la relación con el entorno y con el resto de individuos de la misma especie.

El mismo instinto que impulsa a las abejas a construir paneles geométricos o el que permite a las aves migrar miles de kilómetros a través de los mares para regresar meses después a su lugar de origen.

Pero, ¿qué ocurre si intentamos trasladar el instinto darwiniano al ser humano? ¿Conservamos la misma capacidad que el resto de animales? En ocasiones, instintos como el de reproducción o el de alimentación parecen chocar frontalmente con nuestra capacidad para obrar con voluntad propia.

Instinto animal vs instinto humano

A priori, la explicación más habitual es que el instinto es algo heredado e innato, y que nacemos con ello. Esto lo podemos comprobar con multitud de animales, incluidas nuestras mascotas preferidas. ¿Quién no ha visto salivar a su perro al darle la comida? Parece evidente que en el reino animal, los instintos se conservan y cumplen su función vital.

Sin embargo... ¿qué les sucede a los seres humanos? Pongamos un ejemplo: el instinto de alimentación. Este instinto primario permite a todos los seres vivos equilibrar sus necesidades de energía y descanso. Hasta aquí, bien. Pero, ¿qué pasa por ejemplo con trastornos como la anorexia o la bulimia?

El ser humano es el único animal capaz de desafiar la naturaleza de sus instintos. Somos los únicos seres vivos que pueden actuar en contra de la perpetuación de nuestra propia especie. Y esto quebraría también el instinto por excelencia, que no es otro que el instinto de supervivencia.

Sin embargo, parece que sí existen otra serie de instintos, como el de cooperación o el religioso (investigado actualmente) que sí son característicos del ser humano y que nos han servido para evolucionar como especie y llegar a ser una de las criaturas de la naturaleza más complejas que existen.

La teoría de los instintos de Freud

Otro de los enfoques para entender un concepto como el de instinto lo manejó en su día Sigmund Freud, para quien los instintos serían formas de tensión específica de una supuesta energía psíquica, de acción dinamizante, que expresan las necesidades corporales y producen todos los fenómenos característicos de la vida.

El instinto sería pues una presión que produciría la necesidad de una reacción y que compelería a ejecutarla. Este enfoque percibe al instinto más como una necesidad que como una sensación o una conducta innata que provoca esa necesidad.

Para Freud y la corriente de psicoanálisis que surgió de sus planteamientos teóricos, los fenómenos mentales y las actividades sociales serían determinadas por la necesidad constante de reducir dichas tensiones producidas por los instintos, que constituirían el impulso motor de la vida humana y que son percibidos como sentimientos disruptivos y desagradables.

Esta visión del instinto es, por supuesto, un enfoque sin ningún tipo de base científica, a pesar de ser muy popular por provenir de una figura tan polémica como lo ha sido siempre Freud.

El instinto en la psicología popular

El concepto de instinto ha dado lugar a diversas interpretaciones del mismo en la psicología popular. Veamos varias de estas concepciones.

El instinto como intuición

Aunque instinto e intuición no son lo mismo, es muy común hacer uso de ellos en contextos en los que los dos conceptos se entremezclan. El instinto aquí entendido como un modo de conocer o actuar basado en sentimientos, sensaciones y motivaciones, ya sean corporales o cognitivas, pero que no vienen del análisis sosegado, sino que parecen irrumpir de forma súbita.

Con el instinto maternal ocurre algo parecido: a pesar de no haber pruebas científicas de su existencia, se ha popularizado el término para definir una especie de impulso que empuja a una mujer a sentir motivación y querencia por una prole presente o futura. Aunque la maternidad sea un deseo que toma diferentes formas en cada mujer y a veces pueda no darse nunca.

El instinto de Maslow

Abraham Maslow fue un psicólogo estadounidense y el principal exponente de la psicología humanista. Maslow consideraba que todos los seres humanos tienen necesidades esencialmente vitales para el mantenimiento de la salud, incluidos el amor o la estima.

Maslow empezó a popularizar términos como deseo o motivación para simbolizar ese tipo de instintos o necesidades internas de cada uno de nosotros, afirmando que estas necesidades “instintoides” eran una especie de instintos genéticamente construidos en todos nosotros.

El instinto moderno de Weisinger

Llegado el S.XXI, la concepción del término instinto ha cambiado bastante. Se ha reformulado la acepción y figuras como la de Hendrie Weisinger, psicólogo clínico y autor del libro El genio del instinto, han tratado de explicar que los instintos no son oscuros ni primitivos, ni tampoco algo que haya que reprimir.

Según Weisinger, el comportamiento humano es más inteligente que el animal porque contamos con más instintos, y no al revés. Con ellos ya tendríamos todo lo necesario para mejorar nuestras vidas; es decir, estaríamos “programados” para triunfar.

Este psicólogo también postula que el ser humano ha perdido el contacto con sus instintos y que, en la mayoría de casos, actúa en contra de aquello a lo que le impulsarían. Según él, podríamos mejorar todos los aspectos de nuestras vidas recuperando nuestros instintos y utilizándolos en nuestro beneficio.

Instinto y libre albedrío

Las últimas investigaciones científicas han puesto en jaque el conocimiento que teníamos hasta ahora sobre los instintos, el libre albedrío y la voluntad humana. Los estudios concluyen que actuamos antes de pensar, impulsados por nuestro instinto y nuestras emociones.

Parece ser que la conciencia de haber tomado una decisión llega cuando, de hecho, ya la hemos tomado. Y es que nuestras decisiones podrían estar predeterminadas inconscientemente segundos antes de que nuestra conciencia las perciba como si las hubiera originado de manera premeditada.

Sin embargo, no todo está perdido. Nuestras conductas obedecen, en buena medida, a los hábitos y costumbres que hemos ido adquiriendo a lo largo de nuestras vidas. Y aquí sí interviene el libre albedrío.

Si, por ejemplo, una persona decide reaccionar de forma agresiva cada vez que su instinto de supervivencia se siente atacado, y así lo reafirma con sus vivencias, esta persona ha aplicado su libre voluntad a anticipar sus futuras respuestas agresivas frente a cualquier ataque. Por lo tanto, esa “premeditación” habrá sido condicionada por la educación y el entorno, pero también por su capacidad de elección personal.

Referencias bibliográficas:

  • Pinker, S. (1994). El instinto del lenguaje: cómo crea el lenguaje la mente. Madrid: Alianza Editorial.
  • Frandsen, G. (2013). El hombre y el resto de los animales. Tinkuy No. 20, 56-78.