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Si tienes más de 20 años, es muy probable que te haya pasado muchas veces: te acuerdas de un evento que recuerdas vívidamente y te das cuenta de que aquello ocurrió hace 10 años... ¡o incluso más! 

Ocurre también cuando te propones ver en qué época apareció una serie de televisión que seguías desde su inicio, o cuándo fue el estrenos de una película que te marcó, o incluso cuando te das cuenta de que el actor o actriz que tenía un papel infantil en una ficción audiovisual ya ni siquiera puede considerarse demasiado joven.

Y sin embargo, entre los 7 y los 15 años de edad todo parecía ir muy lento. Además, incluso es probable que tuvieras ganas de cumplir un año más y estar cada vez más cerca de "los mayores", y que la espera se te hiciera eterna.

¡Cómo pasa el tiempo! Pisando el acelerador temporal

Desde luego, hay algo que está claro: el tiempo va igual de rápido para todas las personas, no se detiene por unos y no se acelera para otros (por lo menos si nos mantenemos dentro de este planeta). Sin embargo, la percepción de este tiempo sí cambia, y mucho.

Así lo comprobaron en el año 2005 Sandra Lenhoff y Marc Wittmann, dos investigadores de la Ludwig-Maximilians-Universität München. Su investigación consistió en pasar una serie de encuestas a 499 personas de entre 14 y 94 años, y pedirles que puntuasen el grado de "rapidez" con el que estimaban que pasaba el tiempo durante un periodo.

Cuando el lapso era de unos días o semanas, todas las personas opinaban de manera similar acerca de la velocidad con la que había pasado esa temporada, pero cuando el marco temporal era más amplio (de años) comprobaron que las personas tendían a otorgarle más rapidez al paso del tiempo cuanto mayor era su edad.

En concreto, las personas mayores de 40 años estimaban que habían sentido cómo el tiempo pasaba muy lentamente durante su niñez y cómo este aceleraba ligeramente durante la adolescencia para alcanzar velocidades altas en la adultez.

¿Por qué ocurre este efecto psicológico?

No está claro cuál es el desencadenante de este fenómeno, pero se ha propuesto una explicación muy razonable que tiene que ver con la cantidad de referencias temporales que hay disponibles en nuestra memoria cuando evaluamos nuestra trayectoria de vida retrospectivamente.

Esta explicación se basa en un hecho bien documentado: se acumulan más recuerdos acerca de los primeros años de vida que sobre un periodo te tiempo de duración similar ocurrido durante la edad adulta. Es decir, que la cantidad de recuerdos sobre lo que ocurrió entre los 8 y los 12 años de vida tiende a ser mucho mayor que la cantidad de recuerdos sobre lo que nos ocurrió entre los 30 y los 35 años, por ejemplo.

Esto podría deberse, por un lado, a que nuestro cerebro es más plástico (es decir, más sensible a los estímulos) durante nuestra niñez y adolescencia, lo cual nos permite aprender muchas cosas rápidamente y, a la vez, haría que lo que vamos viviendo tenga más probabilidades de permanecer en nuestra memoria.

Por otro lado, también podría ser explicado por un hecho muy simple. Una gran parte de los acontecimientos vitales de mayor relevancia se acumulan al principio de nuestras vidas: la entrada a la escuela y al instituto, la primera vez que conocemos a amistades que conservaremos durante mucho tiempo, el momento en el que se entra en la mayoría de edad, las primeras experiencias amorosas, etc.

Cuando la memoria no tiene a qué asirse

Así que, por un lado, sabemos que el cerebro es muy sensible al entorno, y por el otro suponemos que durante las dos primeras décadas de vida pasan un montón de cosas nuevas y emocionantes. A esto tenemos que añadirle un dato importante: la memoria parece conservar bien los recuerdos relacionados con experiencias nuevas y gratificantes, y menos aquellas que resultan familiares y no despiertan una reacción emocional tan fuerte.

Todo lo anterior hace que tengamos muchas más referencias temporales situadas al inicio de nuestras vidas que en la segunda mitad de esta, lo cual puede hacer que, al volver la vista atrás, parezca que haya pasado más tiempo.

Parece que, si en el último año no recordamos qe haya ocurrido nada especialmente destacable, vayamos bajando cada vez más rápido por una pista de hielo, porque ante la falta de referencias temporales guardadas en nuestra memoria tendemos a pensar que ese lapso ha sido mucho más corto de lo que ha sido. De este modo, podemos dedicar más recursos a procesar la información sobre las etapas vitales en las que sí ocurrieron cosas verdaderamente interesantes.

Puede resultar cruel, pero a fin de cuentas nuestro sistema nervioso no está construido para darnos una visión objetiva del tiempo y del espacio.