Diferentes filósofos han desarrollado esta curiosa visión acerca de la mente. Unsplash.

Es bien sabido que el término “mente” hace referencia al conjunto de procesos cognitivos, es decir, a la conciencia, el pensamiento, la inteligencia, la percepción, la memoria, la atención, etcétera. Pero, ¿tiene la mente una realidad material? ¿es un ente o un espacio tangible y concreto? o bien, ¿se trata de un concepto abstracto que agrupa una serie de experiencias inmateriales?

La filosofía de la mente, junto con la ciencia cognitiva, han ofrecido distintas teorías para responder a dichas cuestión. A su vez, las respuestas han estado frecuentemente formuladas alrededor de la tradicional oposición entre el cuerpo y la mente. Para resolver esta oposición, la teoría de la Mente Extendida se cuestiona si es posible comprender la mente más allá del cerebro, e incluso más allá del propio individuo.

En el siguiente texto veremos de manera breve cuáles son las propuestas de la hipótesis de la Mente Extendida, así como algunos de sus principales antecedentes.

Teoría de la Mente Extendida ¿procesos mentales más allá del cerebro?

La teoría de la Mente Extendida inició su desarrollo formal en el año de 1998, a partir de los trabajos de la filósofa Susan Hurley, quien propuso que los procesos mentales no necesariamente tenían que ser explicados como procesos internos, ya que la mente no sólo existía entre los estrechos límites del cráneo. En su obra “Consciousness in action” criticaba la perspectiva de input/output de la teoría cognitiva tradicional.

En el mismo año, los filósofos Andy Clark y David Chalmers publican el artículo “The extended mind” que es considerado como el texto fundacional de esta teoría. Y una década después, en el 2008, Andy Clark publica Supersizing the mind, lo que termina por introducir la hipótesis de la mente extendida en los debates de la filosofía de la mente y las ciencias cognitivas.

De la metáfora computacional a la metáfora de cyborg

La teorías de la Mente Extendida forma parte del desarrollo histórico de la filosofía de la mente y las ciencias cognitivas. Dentro de este desarrollo han surgido distintas teorías sobre el funcionamiento de los estados mentales y sus consecuencias en la vida humana. Veremos de manera breve en qué consiste esto último.

El modelo individualista y la computación

La tradición más clásica de la ciencia cognitiva ha tomado la metáfora del sistema operativo computacional como modelo explicativo de la mente. A grandes rasgos propone que el procesamiento cognitivo inicia con inputs (entradas sensoriales), y termina con outpus (salidas conductuales).

En el mismo sentido, los estados mentales son fieles representaciones de los elementos del mundo, se producen ante manipulaciones internas de la información, y generan una serie de inferencias. Por ejemplo a percepción sería un reflejo individual y preciso del mundo exterior; y ocurre por orden lógico interno similar al de un sistema operativo digital.

De esta manera, la mente o los estados mentales son un ente que se encuentra en el interior en cada individuo. De hecho, son estos estados los que nos dan la cualidad de ser sujetos (autónomos e independientes del entorno y de las relaciones con este).

Se trata de una teoría que sigue la tradición dualista e individualista sobre el raciocinio y el ser humano; cuyo máximo precursor fue René Descartes, quien dudó de todo menos de qué pensaba. Tanto así que nos heredó el ya famoso “pienso, luego existo”.

Pero, con el desarrollo de la ciencia, fue posible sugerir que la mente no es sólo una abstracción sino que hay un lugar tangible dentro del cuerpo humano para su almacenamiento. Este lugar es el cerebro, que bajo las premisas de la perspectiva computacional cumpliría las funciones de un hardware, en tanto que se trata del soporte material y autoconfigurable de los procesos mentales.

La identidad mente-cerebro

Lo anterior emerge en continuo debate con las teorías de la identidad mente-cerebro, que sugieren que los procesos mentales no son más que actividad fisicoquímica del encéfalo.

En este sentido, el cerebro no es únicamente el soporte material de los procesos mentales, sino que la mente misma es el resultado de la actividad de dicho órgano; con lo cual, sólo puede ser comprendida a través de las leyes físicas de la naturaleza. Tanto los procesos mentales como la subjetividad se convierten así en un epifenomeno (fenómenos secundarios a los eventos físicos del cerebro).

En este sentido se trata de una teoría de enfoque naturalista, y además de una teoría cerebrocéntrica, ya que todo lo humano quedaría reducido a los potenciales de acción y la actividad fisicoquímica de nuestras redes neuronales. Entre las más representativas de estas teorías se encuentra, por ejemplo, el eliminativismo materialista o monismo neurológico.

Más allá del cerebro (y el individuo)

Ante esto último surgen otras teorías o modelos explicativos de la mente. Una de ellas es la teoría de la Mente Extendida, que ha tratado de localizar el procesamiento de la información, y otros estados mentales, más allá del cerebro; es decir, en las relaciones que la persona establece con el entorno y sus objetos.

Se trata, entonces, de extender el concepto de “mente” más allá del propio individuo. Esto último representa una ruptura importante con el individualismo propio de la ciencia cognitiva más clásica.

Pero para poder llegar a ello fue necesario comenzar por redefinir tanto el concepto de mente como los procesos mentales, y en esto, el modelo de referencia fue el funcionalista. Dicho de otro modo, fue necesario comprender los procesos mentales a partir de los efectos que provocan, o bien, como efectos provocados por distintas causas.

Este paradigma ya había impregnado también las hipótesis computacionales. No obstante, para la teoría de la Mente Extendida, los procesos mentales no sólo se generan en el interior del individuo, sino fuera de este. Y son estados “funcionales” en tanto que se definen por una relación causa-efecto con una función determinada (relación que abarca un conjunto de elementos materiales, inclusive sin vida propia).

Por decirlo de otra manera, los estados mentales son el último eslabón de una larga cadena de causas que, finalmente, tienen como efecto dichos procesos. Y los otros eslabones de la cadena pueden ser desde habilidades corporales y sensoriomotrices, hasta una calculadora, una computadora, un reloj o un móvil. Todo ello en tanto que se trata de elementos que nos permite generar lo que conocemos como inteligencia, pensamiento, creencias etcétera.

En consecuencia, nuestra mente se extiende más allá de los límites específicos de nuestro cerebro, e incluso más allá de nuestros límites físicos generales.

Entonces ¿qué es un “sujeto”?

Lo anterior no sólo cambia la forma de comprender la “mente” sino la definición del “yo” (se comprende como un “yo extendido”), así como la definición de la propia conducta, ya que no se trata más de una acción planificada racionalmente. Se trata de un aprendizaje que es resultado de las prácticas en el entorno material. Como resultado, el “individuo” es más bien un “sujeto/agente”.

Por lo mismo, esta teoría es considerada por muchos como un determinismo radical y activo. Ya no se trata de que el entorno moldea la mente, sino que el entorno es parte de la propia mente: “los estados cognitivos tienen una localización amplia y no limitada por la estrecha frontera del cuerpo humano” (Andrada de Gregorio y Sánchez Parera, 2005).

El sujeto es susceptible de ser constantemente modificado por su continuo contacto con los otros elementos materiales. Pero no sólo basta con tener un primer contacto (por ejemplo, con un dispositivo tecnológico) para considerarlo una extensión de la mente y del sujeto. Para poder pensarlo de esta manera es imprescindible que existan condiciones como el automatismo y la accesibilidad.

Para ejemplificar esto, Clark y Chalmers (citados por Andrada de Gregorio y Sánchez Parera, 2005) ponen como ejemplo a un sujeto que tiene Alzheimer. Para compensar sus pérdidas de memoria, el sujeto apunta todo lo que le parece importante en un cuaderno; a tal punto que, de manera automática, se acostumbra a revisar esta herramienta en la interacción y la resolución de los problemas cotidianos.

El cuaderno sirve como un dispositivo de almacenamiento de sus creencias, así como una extensión material de su memoria. El cuaderno juega entonces un papel activo en la cognición de esta persona, y en conjunto, establecen un sistema cognitivo.

Esto último nos abre una nueva cuestión ¿tiene límites la extensión de la mente? Según sus autores, la actividad mental ocurre en una negociación constante con dichos límites. No obstante, la teoría de la Mente Extendida ha sido cuestionada precisamente por no ofrecer respuestas concretas a esto.

Así mismo, la teoría de la Mente Extendida ha sido rechazada por las perspectivas más centradas en el cerebro, de las que son exponentes importantes los filósofos de la mente Robert Rupert y Jerry Fodor. En este sentido se le ha cuestionado también por no ahondar en el terreno de las experiencias subjetivas, y por centrarse en una visión fuertemente enfocada en el logro de objetivos.

¿Somos todos cyborgs?

Pareciera que la teoría de la Mente Extendida se acerca a proponer que los seres humanos somos y actuamos como una especie híbrido similar a la figura del cyborg. Este último entendido como la fusión entre un organismo vivo y una máquina, y cuya finalidad es potenciar, o en algunos casos sustituir, las funciones orgánicas.

De hecho, el término “cyborg” es un anglicismo que quiere decir “cybernetic organism” (organismo cibernético). Pero la teoría de la Mente Extendida no es la única que ha permitido reflexionar sobre esta cuestión. De hecho, unos años antes de las obras fundacionales, en 1983 la filósofa feminista Donna Haraway publicó un ensayo que se llama Manifiesto Cyborg.

A grandes rasgos, por medio de esta metáfora pretendía cuestionar las problemáticas de las tradiciones occidentales fuertemente asentadas en un “dualismo antagónico”, con efectos visibles en el escelialismo, el colonialismo y el patriarcado (cuestiones que han estado presentes en algunas tradiciones del propio feminismo).

Así pues, podríamos decir que la metáfora del cyborg abre la posibilidad de pensar un sujeto híbrido más allá de los dualismos mente-cuerpo. La diferencia entre una y otra es que la propuesta de la Mente Extendida se inscribe en una tradición más cercana al positivismo lógico, con una rigurosidad conceptual muy específica; mientras que la propuesta de Haraway sigue la línea de la teoría crítica, con un componente sociopolítico determinante (Andrada de Gregorio y Sánchez Parera, 2005).

Referencias bibliográficas:

  • García, I. (2014). Reseña de Andy Clark y David Chalmers, La mente extendida, KRK, Ediciones, Oviedo, 2011. Diánoia, LIX (72): 169-172.
  • Andrada de Gregorio, G. y Sánchez Parera, P. (2005). Hacia una alianza continental-analítica: el cyborg y la mente extendida. Colectivo Guindilla Bunda Coord. (Ábalos, H.; García, J.; Jiménez, A. Montañez, D.) Memorias del 50º.