Así afectaba a los pacientes esta práctica médica. Wikimedia Commons.

A lo largo de la historia de la humanidad, disciplinas como la medicina, la psicología, la psiquiatría y la biología han tenido episodios oscuros.

Desde la eugenesia, pasando por los médicos de los campos de concentración y la defensa de que las diferencias raciales explican diferencias de inteligencia, no son pocos los casos en que la ciencia se equivocaba y perjudicaba a un conjunto de la sociedad. El principio del “primum non nocere” (“lo primero es no hacer daño”) no siempre ha sido respetado, aunque puedan haber habido buenas intenciones detrás.

Es el caso de la lobotomía, práctica la cual se usó con el objetivo de mejorar la vida de los pacientes con trastornos mentales y conseguir liberarlos de la mala vida que llevaban en los manicomios de mediados del siglo XX. Sin embargo, esta práctica se mostró muy perjudicial, dando lugar a un conjunto de efectos negativos que no se podría decir con seguridad si supusieron una mejora o no en la calidad de vida de los intervenidos. En este artículo vamos a hacer un repaso sobre los efectos de la lobotomía en la vida de los pacientes intervenidos, además de ver brevemente los antecedentes históricos de esta técnica.

Breve historia de la lobotomía

La lobotomía ha sido una técnica que, ya desde sus inicios, supuso una enorme controversia en el ámbito de la psiquiatría. Sus raíces se remontan a las primitivas trepanaciones de las culturas ancestrales. Este tipo de intervenciones consistían en abrir orificios en el cráneo y “expulsar” a los malos espíritus que se localizaban en la cabeza. De acuerdo a sus creencias, estas culturas sostenían que eran estas entidades las responsables de los trastornos mentales.

Sin embargo, la lobotomía en sí es mucho más moderna, y fue elaborada durante el siglo XX. El portugués António Egas Moniz fue quien sentó las bases de esta técnica mediante sus primeras leucotomías, con el objetivo de tratar y curar trastornos psicóticos. Esta intervención consistía en cortar las conexiones del lóbulo frontal con el resto del cerebro, sosteniendo que de esta manera se reduciría la sintomatología problemática. Ganó el premio nobel de medicina en 1949 por ser el responsable de esta técnica.

Posteriormente, Walter Freeman, un médico con nociones de cirugía y neurocirugía, modificó esta técnica a partir de su toma de contacto con la leucotomía de Moniz, y fue así como creó la lobotomía. Reformulando los postulados del científico portugués, Freeman sostuvo que detrás de los trastornos mentales estaba una interacción entre el tálamo y la corteza prefrontal, y que era necesaria la destrucción de las conexiones entre ambas estructuras.

Para llevar a cabo su técnica, Freeman llegó a un punto en el que apenas necesitaba unos diez minutos, y como instrumento quirúrgico le bastaba un picahielos. Aquí, la palabra “picahielos” no es una metáfora; el señor Walter Freeman utilizaba herramientas sacadas de su propia cocina (de acuerdo lo expresado por uno de sus hijos) con la finalidad de usarlas sobre el cerebro de sus pacientes.

La intervención era bastante sencilla. Primero, cogía el ya mencionado instrumento de cocina y lo introducía por debajo del párpado superior para llegar hasta el lóbulo frontal y, con un martillo, daba golpecitos para ir “picando” (nunca mejor dicho) las conexiones anteriormente mencionadas. Una particularidad de esta intervención, impensable hoy en día, es que era una operación ciega. ¿qué significa esto? Significa que el señor lobotomista no sabía exactamente por dónde iba.

En resumidas cuentas, una lobotomía consistía en meter un picahielos en el cerebro de los pacientes durante unos diez minutos y probar suerte. Durante el proceso, el intervenido estaba despierto, y se le hacían preguntas. Cuando lo que decía el paciente carecía de sentido, ello significaba que era un buen momento para parar.

Cabe decir que en aquella época se sabía más bien poco de la gran importancia que tenía el lóbulo frontal, región la cual se encarga de las funciones ejecutivas: concentración, planificación, memoria de trabajo, razonamiento, toma de decisiones…

Efectos de la lobotomía cerebral

Aunque el objetivo de esta intervención quirúrgica era mejorar el estado de los pacientes y disminuir sus síntomas, lo cierto es que tanto a corto como a largo plazo los pacientes manifestaron señales de empeoramiento. De hecho, incluso los propios defensores de esta técnica y expertos lobotomistas reconocían que tras la intervención los pacientes manifestaban cambios en su personalidad e inteligencia.

El mismísimo Walter Freeman acuñó la expresión “infancia quirúrgicamente inducida” para referirse al estado postoperatorio que manifestaban los pacientes lobotomizados. En esencia, tras la lobotomía, muchos pacientes parecían comportarse como niños. Sin embargo, Freeman parecía estar convencido de que esto iba a ser solo una fase temporal. De acuerdo a este médico, tras un período de “maduración” los pacientes se comportarían como adultos sin trastorno o con alguna mejoría.

Pero en la práctica esto no sucedió. Fue cuestión de tiempo que la técnica de la lobotomía se mostrara como una cirugía claramente contraproducente y que suponía un claro perjuicio en la salud y autonomía de los pacientes.

Los primeros síntomas que manifestaban las personas lobotomizadas eran, normalmente, estupor, estado confusional y problemas urinarios como incontinencia, habiendo una clara pérdida del control de esfínteres. Junto a ello, se daban alteraciones en la conducta alimentaria, manifestándose un incremento del apetito hasta tal punto en el que se ganaba mucho peso tras la operación.

La personalidad era un aspecto que quedaba muy afectado. Había menos espontaneidad, menor autocuidado y se daba un menor grado de autocontrol. Se reducía la capacidad de tomar la iniciativa y se daba una menor inhibición ante estímulos placenteros. La inercia era otro de los efectos más comunes en las personas que eran lobotomizadas.

Como ya se ha comentado, se intervenía sobre el lóbulo frontal, el cual está encargado de las funciones ejecutivas. Así pues era normal ver que capacidades como la planificación, la memoria de trabajo, la atención y otros también se veían disminuidas. También había afectación en la cognición social, siendo algunos incapaces de poder ponerse en el lugar de los demás debido a ello.

El “remedio” calmaba a los pacientes, haciendo que sus activación disminuyera, pero no porque mágicamente había desaparecido el trastorno, sino más bien porque se les había convertido en zombies. Para más inri, muchos pacientes empezaron a sufrir convulsiones tras ser intervenidos, dando apoyo al famoso dicho de “es peor el remedio que la enfermedad”.

Sin embargo, el efecto más claramente grave era la muerte. Según algunas fuentes, uno de cada tres pacientes no sobrevivía a este tipo de intervención, pese a su breve duración. También se dieron múltiples casos de personas lobotomizadas que acabaron suicidándose a causa de ello.

Referencias bibliográficas:

  • Cosgrove, G. Rees; Rauch, Scott L. (1995). "Psychosurgery". Neurosurgery Clinics of North America.
  • Cooper, Rachel (2014). On deciding to have a lobotomy: either lobotomies were justified or decisions under risk should not always seek to maximise expected utility. Medicine, Health Care and Philosophy. 17(1):143 - 154.