Hacer un uso inteligente de los dispositivos tecnológicos es imprescindible para progresar. Unsplash

Cada ciertos siglos, la humanidad da un paso de gigante en su desarrollo cultural en base al descubrimiento y proliferación de un nuevo recurso revolucionario. Ocurrió con el fuego, ocurrió en la revolución industrial, y ahora está ocurriendo con lo que, de momento, llamamos revolución tecnológica.

Y es que es un hecho que las nuevas tecnologías están suponiendo un cambio paradigmático en nuestra sociedad. El poder mantener vías de contacto indefinidamente abiertas mediante las redes sociales o estar a un click de las últimas noticias en cualquier parte del mundo, supone unos cambios a nivel cultural y comercial que, nos guste o no, están ahí. Y como todo gran cambio, este implica un proceso gradual de adaptación y de aprendizaje, especialmente en el caso de las generaciones más jóvenes, muy expuestas a estos recursos.

¿Por qué educar en el uso de las nuevas tecnologías?

Hay que maximizar las ventajas que estos recursos ofrecen a nuestra sociedad, a la vez que prevenimos todo lo posible los riesgos asociados a los mismos. En este sentido, cada vez existe una concienciación más arraigada sobre la importancia de formar a las nuevas generaciones que han conocido el mundo con toda esta tecnología que están creciendo en plena revolución tecnológica.

El objetivo es que sepan hacer un buen uso de estos nuevos recursos. Puede que técnicamente se muevan como pez en el agua en su utilización como usuarios, pero eso no significa que sean capaces de integrarlos en su vida de una manera saludable.

Y es que no hace falta una mala concepción de las redes sociales para caer en alguno de sus peligros, a veces basta con un uso espontáneo y natural guiado por el principio de gratificación inmediata que ofrece la conexión con Internet y el acceso a todo tipo de contenidos y de interacciones virtuales. Es por ello que es vital guiar y formar a las personas en un uso adecuado.

El peligro de la adicción a la tecnología

Uno de los peligros más prominentes, es que estas nuevas tecnologías son potencialmente adictivas. Videojuegos, aplicaciones, redes sociales o las simple navegación implican unos mecanismos intrínsecos que pueden llevarnos a padecer adicción mediante la obtención de una recompensa (o, mejor dicho, reforzador) inmediato.

Pongamos un ejemplo. Cuando llevo a cabo la conducta de escribir un mensaje por chat, el mensaje de respuesta obtenido funciona a modo de refuerzo o premio. Los refuerzos se definen como aquellas consecuencias de una conducta que aumentan las probabilidades de repetición de la misma en el futuro. Bajo este marco, es fácil entender que cuanto más escribo y más me contesten… más probabilidades habrá de volver a escribir. Si te has familiarizado con cualquier aplicación de mensajería instantánea, estarás empezando a entender la magnitud de este riesgo.

Los videojuegos basan todo su funcionamiento en este mecanismo. Llevo a cabo la conducta de jugar y, eventualmente, el propio videojuego me administra un refuerzo, como pueda ser un logro, una skill, desbloquear un nuevo nivel… cada vez que activamos uno de estos refuerzos, nuestra conducta de jugar se perpetua más y más y, si prestamos atención, nos fijaremos cómo el juego al principio nos ofrece los premios haciendo las tareas más sencillas pero, a medida que avanzamos en la partida, los obtendremos cada más tiempo y tras realizar proezas que impliquen mayor esfuerzo o habilidad.

Esto es debido a que para provocar una conducta los refuerzos han de ser constantes, mientras que para mantenerla, estos refuerzos deben administrarse de forma intermitente. Así, volviendo al chat, cuando ya escribimos cuarenta veces a la misma persona, y de repente nos contesta… no solo habrá reforzado el que escribamos, sino que habrá reforzado que lo hagamos cuarenta veces.

Smartphones e Internet: el reino de la inmediatez

Como en cualquier adicción, no basta con conocer las posibles consecuencias negativas a largo plazo, ya que la psicología de la conducta nos dice que, en general, un reforzador inmediato tiene más efecto en nuestra conducta que un castigo diferido. Dicho de otra forma, solemos preferir el pan para hoy a pesar del hambre para mañana.

Por ello, debemos ofrecer pautas concretas y alternativas de conducta, también debidamente reforzadas, si queremos evitar este malestar que ya afecta a alrededor de un 20% de los jóvenes.

Con todo, mientras nos ponemos con ese trabajo de prevención, es fácil que muchos de nosotros ya estemos en las garras de las nuevas tecnologías, y por ello si padecemos síntomas como irritabilidad o ansiedad al no disponer del Smartphone u otro dispositivo, si nuestra vida académica o laboral se está viendo afectada o si detectamos una falta de autocontrol respecto al uso de las nuevas tecnologías, quizás sea el momento de revelarnos ante nuestros reforzadores y buscar la guía de algún especialista.

A causa de la tecnología los reforzadores están en todas partes, y mejor que seamos nosotros quien los elijamos… y no al revés.