Actualmente estamos asistiendo a uno de los contextos más estresantes de la historia causados por enfermedad, junto con otros como han sido las epidemias por MERS, EBOLA, i SARS: la pandemia mundial y, con ella, el virus del temor.

Sin bien es cierta la agresividad con la que este COVID-19 nos ha afectado, también es verdad que la realidad del virus no ha afectado en decesos a un porcentaje muy alto en pacientes sin patología previa.

Sin embargo, ya sabemos gracias al equipo de científicos y sanitarios que el virus puede correlacionar con cinco patologías más, ya que los pacientes con comorbilidades asociadas tuvieron tasas mucho más altas (enfermedades cardiovasculares, respiratorias, hipertensión, cáncer, diabetis). El problema fundamental es la rapidez en su expansión por contagio.

El contagio del miedo

Ante tal situación, el mundo vive con miedo e incluso pánico. Casi en un abrir y cerrar de ojos, hemos sido conscientes de nuestra fragilidad. La incertidumbre de nuestro futuro nos preocupa intensamente. Toda nuestra grandiosidad y fuerza viene a ser pequeñez y debilidad. Buscamos la paz y la serenidad a toda costa, sin saber dónde encontrarlas. Nos acompañan los síntomas del temor, de la angustia, del miedo, del pánico...

Taquicardias, palpitaciones, opresión en el pecho, falta de aire, temblores, sudoración, molestias digestivas, náuseas, vómitos, nudos en el estómago, insomnio, irritabilidad, tensión y rigidez muscular, cansancio, sensación de mareo... síntomas, por otro lado, absolutamente lógicos considerando la gravedad de la crisis histórica que estamos sufriendo. Nada tiene que ver eso con la debilidad de carácter, antes bien con la consciencia y cordura ante la situación actual. Poco más de una semana ha necesitado el virus para hacer cesar la economía y romper el aprovisionamiento de miles de familias.

No obstante, la mayoria de situaciones que nos provocan temor son aprendidas ya que, anteriormente, nos han provocado perjuicios físicos aunque también emocionales, de tal manera que podemos llegar a automatizar nuestra respuesta.

En ese sentido, creo que hemos sido bien adiestrados a través del ocio, y con él, a través del miedo y del sufrimiento.

El proceso cerebral de la generación de angustia

En nuestro cerebro tenemos dos pequeñas estructuras, las amígdalas cerebrales, que constituyen el principal núcleo de control de las emociones y sentimientos y que gestionan asimismo las respuestas de satisfacción o miedo. Ellas, en muchas ocasiones, nos han “secuestrado” emocionalmente. Nos han hecho decir cosas que no queríamos decir y de las que después nos hemos arrepentido, o nos han arrastrado una emoción sin que pudiéramos dirigir nuestro pensamiento de forma racional contralando la emoción.

Es en ese momento cuando nuestro organismo genera adrenalina y cortisol pudiéndonos mantener hasta cuatro horas “secuestrados”. Es lo que coloquialmente llamamos hacerse “ mala sangre”. Estas hormones, provenientes del hipotálamo, pasan al flujo sanguíneo “ensuciando” la sangre, haciendo que el malestar se prolongue.

Una buena estrategia para este tipo de situaciones es la respiración profunda consciente, ya que nos permite conectar con nuestro cuerpo y centrar la atención en él, limitando ese secuestro emocional, activándose nuestro sistema parasimpático e inhibiendo el sistema simpático, causante de la falta de autocontrol.

La necesidad de adaptarnos a una nueva realidad

¿Qué hacer en un momento como el que vivimos después de casi dos meses totalmente confinados? Y con confinamiento prorrogado unas cuantas veces, y sin saber con seguridad por cuánto tiempo más en la ciudad de Barcelona, después de los últimos rebrotes vividos en la provincia de Lleida.

Se nos obliga a una distancia social de dos metros, el uso obligatorio de mascarillas, unos horarios que debemos cumplir para evitar la masificación y la coincidencia con aquellos de diferentes edades, sean los ancianos que los niños...

A esta situación se añade el colapso sanitario al que hemos asistido en los últimos meses y que pareciera tener tendencia a desaparecer, pero... ¿hasta cuándo?

Se habla de que un 80% del cuerpo sanitario está sufriendo los síntomas de un estrés postraumático. Han estado sometidos una infinidad de horas, dando el 300% de su capacidad ante una guerra a la que acudían desarmados. Situación que podríamos describir como “burnout”, la mejor forma de quemar a las personas, aumentado el trabajo sin ofrecer los medios para realizarlo. Los flashback que viven en la actualidad tienen que ver con salas llenas de personas moribundas sin los medios adecuados para ofrecer a los demás y ni tan siquiera para ellos mismos.

Al resto de los mortales, la pandemia tampoco los ha dejado indemnes. Adultos y ancianos que no han enfermado todavía no han querido salir de casa por miedo a ser contagiados. Rituales infinitos para proteger la salud y protegernos de los otros. Medios de comunicación que sirven de modulación para nuestro cerebro. Lavados continuos. Bocas tapadas. Sometimiento. Indefensión. Impotencia. Asfixia.

¿Qué hacer?

Es necesarios entender que, a partir de ahora, viviremos en un contexto de vida diferente. La tecnología se nos impone, nos obliga a avanzar e incluirnos en el torrente social de la comunicación digital. El 5G está llamando a nuestra puerta, ofreciéndonos paradójicamente su mejor cara.

No podemos obviar que la situación de estrés que estamos viviendo ha generado una bajada del sistema inmunitario y la consiguiente enfermedad si no somos capaces de tomar control con inteligencia sobre esta circunstancia. Podemos vivir respuestas relacionadas con el “secuestro de amígdala” en nuestro temor por contagiarnos.

Empezamos a darnos cuenta de que aunque el virus sea dañino, lo es mucho más la angustia que está provocando. Respiramos en una burbuja psicológica creada por el alarmismo (no resto importancia a la peligrosidad del virus) condicionado al mucho impacto, la alta capacidad de alarma y a la baja fiabilidad, unidos a la forma en que se están cuestionando las autoridades del gobierno.

A veces tengo la sensación de que nuestra mente está siendo violada en aras de prepararla para acontecimientos posteriores. Todo permanece en nuestro subconsciente para que, posteriormente, aunque no recordemos exactamente lo que ya vivimos, sepamos reaccionar aceptando el acontecimiento sin tanta rebeldía. Ahora ya con mas capacidad para someternos.

Creo que la peor mentira que nos están inculcando es que esto pasará pronto... y la solución que ofrecen es el confinamiento. No podemos obviar que el miedo acaba matando a la sociedad. Nos escondemos del virus, como el avestruz esconde su cabeza ante el peligro, pensando que así haremos que se vaya. Nos quedamos sin fuerza social.

El miedo siempre nos ata a la muerte, y la única forma de confrontándola es no evitándola. Dicho de otra manera: evitando evitarla. La ansiedad es la plataforma de la mayor parte de enfermedades que tenemos.

Es necesario pues, en cualquier circunstancia, tomar riesgos, incluso si estos nos pudieran conducir a la muerte en algún caso. ¿Qué sentido tiene vivir con una mentalidad de temor?

Las personas nos debatimos entre los que deciden ser protagonistas de su vida y los que deciden que la vida decida por ellos. En definitiva, o tenemos mentalidad de amo o tenemos mentalidad de esclavo, de libre o encarcelado.

Se nos hace necesario desarrollar una mentalidad de valentía. Se nos hace necesario, por ende, aprender a convivir con la situación que nos concierne, con astucia, inteligencia y entendimiento, sin hipotecar nuestro futuro.

Hagamos morir el virus de temor en nosotros. Resucitemos la valentía a pesar de la incertidumbre. Y recordemos, como ya nos decía Kant, que la inteligencia del individuo se mide por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar. Solo así, podremos vivir.