El cerebro es un órgano que alberga un sinfín de misterios. De entre todos ellos, el sueño es uno de los procesos que mayor curiosidad ha despertado desde tiempos remotos, donde se entendía como un puente entre lo terrenal y lo divino. Como una puerta abierta hacia el más allá.

Pasamos entre una tercera y una cuarta parte de la existencia enredados en sus finos hilos, cediendo fundamentalmente durante la noche al sopor que nos guía hacia sus territorios más inhóspitos. Y es que todos dormimos, pues es una necesidad universal para sobrevivir (y un placer para la mayoría).

No obstante, son muchas las personas que se quejan de un sueño de mala calidad, porque o bien les cuesta conciliarlo o bien se despiertan muchas veces a lo largo de la noche. También las hay que se desvelan antes de lo previsto, y todas ellas suelen sentirse muy cansadas.

En este artículo se abordan las consecuencias del insomnio en la salud mental, pues se sabe que el compromiso en este área es uno de los indicadores más importantes para la inferencia del sufrimiento psicológico. Veámoslo, pues, al detalle.

¿Qué es el insomnio?

Se entiende por insomnio toda alteración en el proceso de dormir, tanto en su inicio (dificultad al acceder al sueño), como en su continuación (interrupciones constantes) y/o su finalización (despertar demasiado temprano); que limita la calidad de vida e interfiere sustancialmente en la actividad diaria.

Se podrían distinguir, en tal sentido, tres dimensiones básicas: la duración (tiempo total que se permanece dormido, para el que existe una gran variabilidad en cuanto a diferencias interindividuales), la continuidad (la cual equivale a la persistencia del proceso a lo largo de un tiempo suficiente para la obtención de beneficios) y la profundidad (asociada a la fisiología y la activación neural). Cualquiera de ellas puede verse comprometida de una forma aguda en algún momento del ciclo vital.

A grosso modo, el sueño tiende a dividirse en dos etapas bien diferenciadas: la REM y la no REM (nREM). Esta última implica una serie de fases (de la 1 a la 4) en las que se observa un enlentecimiento progresivo de la actividad que desempeña el sistema nervioso central (SNC), mientras que en la primera (que se extiende el 25% del tiempo) se apreciaría un incremento o hiperactivación eléctrica similar a la vigilia (con movimientos oculares). Ambas se alternan en ciclos de 90 minutos a lo largo de la noche, en los que la fase REM se va extendiendo, y son necesarias para que se produzca el pertinente reposo neural.

Las tres formas de insomnio que se han citado representan, en su naturaleza más íntima, una dificultad para el acceso de forma pertinente al sueño REM (sobre todo cuando deviene difícil mantenerse dormido el tiempo requerido para completar los sucesivos ciclos). A medida que la situación se prolonga, surge una miríada de complicaciones en el ámbito físico, cognitivo y emocional. Es importante tener en cuenta que un tercio de las personas reconoce problemas puntuales al dormir, y que el 10% satisface los criterios para el diagnóstico de insomnio. Tal y como se deduce, no es una situación extraña, pues un porcentaje importante de la población general se siente identificado con ella.

Veamos seguidamente el impacto concreto del insomnio sobre la salud psicológica, reuniendo las siete consecuencias más importantes que pueden desprenderse de él. Cuando concurre alguna de ellas, puede ser interesante visitar a un especialista sanitario.

Principales efectos del insomnio en la salud mental

La relación entre el insomnio y la salud mental es bidireccional: cuando uno de ellos se afecta el otro también lo hace, con independencia de cuál se considere causa y cuál efecto. Se trata de complicaciones que a veces revisten cierta gravedad, e incluso en algunos casos implican un riesgo objetivo para la vida. Es por ello que el tratamiento de este problema es importante, y jamás debe ser considerado como un asunto menor o accesorio. Ahondamos con detalle en todo ello.

1. Cambios emocionales

Una de las consecuencias habituales de tener un sueño de mala calidad es la fluctuación del estado de ánimo, y es que existe evidencia de que el insomnio y las dificultades para regular la emoción tienen bases fisiológicas comunes.

De esta forma, dormir mal se puede relacionar con síntomas depresivos y ansiosos, así como con una notable irritabilidad. De hecho, hoy en día sabemos que quienes padecen un cuadro de esta naturaleza ven agravada su intensidad cuando, además, tienen problemas para gozar de un sueño reparador. El dolor como síntoma merece mención especial: su presencia altera el dormir, mientras que el insomnio promueve una reducción en el umbral álgico (deviniendo una experiencia mucho más intensa y difícil de controlar).

A nivel de procesos, se sabe que las personas con insomnio tienden a interpretar de un modo más negativo los hechos adversos con los que se enfrentan, y que también tienen dificultades al tratar de extraer los aspectos positivos de la experiencia diaria. Este problema se asocia a la hiperfunción de la amígdala (región límbica encargada de procesar distintas emociones) y a la disminución funcional de su conexión con la corteza prefrontal, de la que "dependen" los mecanismos cognitivos mediante los que lidiar con las turbulencias inherentes a la vida. Todo ello facilita cierta tendencia a la frustración, en los casos en que no se puedan resolver con la deseada inmediatez las vicisitudes cotidianas.

Por otra parte, existen unos pocos estudios en los que se sugiere que el acúmulo de noches en vela merma sustancialmente la inteligencia emocional evaluada a través de autoinformes. De ello se podría deducir una erosión concreta en la habilidad básica de identificar, reconocer y comunicar lo que sucede en nuestro interior; así como de inferir los estados de los otros al interactuar con ellos. En todo caso, se trataría de un efecto reversible con el paso del tiempo, pues un descanso reparador restablecería su nivel anterior de "funcionamiento" (dado que la inteligencia es un rasgo relativamente estable a lo largo de la vida).

Finalmente, muchos estudios señalan que las personas con insomnio pueden ver alterado el proceso cognitivo de toma de decisiones y de inhibición conductual (ambos dependientes de la corteza prefrontal); lo cual interactuaría con la depresión, la ansiedad y/o la irritabilidad. El resultado implica el despliegue de patrones de acción pasivos o impulsivos, que se asocian a una mayor probabilidad de fracasar durante la búsqueda de soluciones ante un problema. Es por ello que no se recomienda nunca abordar asuntos de gran importancia bajo el influjo del insomnio o de estados emocionales adversos.

2. Problemas de memoria

La interferencia en los dominios de la memoria suele ser un motivo de queja recurrente entre quienes tienen problemas para dormir. Lo más habitual es que se vea alterada especialmente la memoria declarativa, y sobre todo el subtipo procedimental, lo que limitaría la capacidad de evocar acontecimientos del pasado reciente.

A su vez, se ha descrito una erosión en memoria de trabajo vinculada al insomnio (una función que permite el almacenamiento temporal de la información para su empleo durante una tarea concreta). En el último caso es muy frecuente que irrumpan dificultades para comprender un texto escrito/hablado de cierta longitud, o para desarrollar con éxito actividades que requieran almacenar la información en segundo plano.

El sueño REM es un proceso fisiológico clave para mantener la memoria, ya que optimiza el proceso neural mediante el cual consolidamos información en el almacén a largo plazo y/o se eliminan los datos accesorios e inservibles. Es básico, pues, para el aprendizaje; de lo que se entiende que pasar una noche despiertos para estudiar suele ser una estrategia inadecuada y contraproducente. De tal manera, un sujeto al que le cueste dormir podrá referir dificultades al tratar de adquirir nuevos conocimientos, así como al aplicarlos con posterioridad (como en un examen, p.e.).

Los problemas de memoria e insomnio suelen presentarse juntos en personas mayores, y es posible que compartan alguna base fisiológica (como la calcificación de la glándula pineal, la cual también podría contribuir a las demencias corticales). Por último, la sólida relación entre insomnio y declive mnésico puede obedecer al uso de los psicofármacos sedantes/hipnóticos (benzodiacepinas, p.e.) que se recetan para el tratamiento de los trastornos del sueño, pues sabemos que su administración prolongada o excesiva precipita efectos nocivos en tal área (amnesia de tipo anterógrado o serio bloqueo al generar nuevos recuerdos).

3. Problemas de atención

Junto a la memoria, la atención es el proceso que más habitualmente se ve comprometido al dificultarse un sueño reparador. Suele dañarse fundamentalmente la respuesta de orientación hacia estímulos que irrumpen abruptamente al campo perceptivo, lo que aumenta los tiempos de respuesta (la persona parece ensimismada y enlentecida). También se ha podido observar un deterioro de la atención alternante, esto es, de la capacidad para "cambiar" el foco cuando dos tareas se ven sucedidas (una tras otra) en periodos temporales cortos.

Por último, este declive puede generalizarse al subtipo sostenido y selectivo. En este caso, se harían explícitos problemas para mantener los recursos atencionales durante el desarrollo de una tarea cuya larga extensión así lo exija, así como para discriminar en un entorno complejo cuáles de los estímulos son relevantes para el objetivo que se pretende y cuáles no. De esta manera, al verse la persona sumergida dentro de un ambiente saturado por varios elementos que compiten entre sí por su atención, brotaría una sensación de desbordamiento (apreciable al gestionar tamaño volumen de información).

Los déficits atencionales también implican que exista un riesgo mayor de accidentes, pues se produciría un incremento de la distraibilidad y una pérdida de reflejos. Por este motivo, quien es conductor habitual de cualquier vehículo ha de adoptar una especial cautela cuando sufre insomnio.

4. Problemas sexuales

El insomnio puede relacionarse con déficits en la esfera sexual, sobre todo en los varones. Lo más habitual es que se exprese a nivel eréctil, con problemas para alcanzar una tumefacción firme del pene que posibilite la penetración. La dificultad más reseñable se encuentra cuando la persona convive con otros síntomas clínicos adicionales; como la apnea del sueño, el ritmo circadiano "retrasado" (dormirse y despertarse demasiado tarde) o el síndrome de las piernas inquietas (necesidad apremiante y angustiante de mover las piernas para aliviar una aparente tensión que se acumula en ellas).

Ciertas hipótesis sugieren como posible causa para la disfunción eréctil una reducción notoria de la testosterona en circulación sanguínea, la cual ha podido evidenciarse entre varones que tienen dificultad para conciliar apropiadamente el sueño o que se despiertan muchas veces a lo largo de la noche (sobre todo en la segunda mitad).

Y es que existe evidencia de que esta hormona ve aumentada su producción durante el principio del sueño (alcanzando el pico en la primera fase REM), y que sus niveles son más elevados mientras se permanece dormido que al estar despierto. El insomnio entorpecería su síntesis, lo que afectaría a la erección (puesto que es esencial para este proceso), y también contribuiría al aumento de cardiopatologías en esta población (un riesgo que se acentúa en el caso de los insomnes al trazar comparaciones con quienes descansan bien).

5. Alucinaciones

Las alucinaciones son percepciones anómalas en las que se ven implicados estímulos que no se hayan en el campo perceptivo, en cualquier modalidad sensorial. Existen muchos estudios en los que se señala que el insomnio en casos extremos puede cursar con alucinaciones muy diversas, incluso en personas sin patología de ningún tipo.

Algunas de las que más evidencia acumulan son las hipnagógicas (en el proceso de la vigilia al sueño) y las hipnopómpicas (en el tránsito del sueño a la vigilia), así como las que suceden en el contexto de las parálisis del sueño. Todas son muchísimo más frecuentes cuando no se ha dormido adecuadamente en los días previos.

En personas con un trastorno psicótico, como la esquizofrenia, el insomnio se considera un factor de riesgo para el recrudecimiento de un episodio agudo o para su aparición. De hecho, es uno de los síntomas principales de la etapa prodrómica, que antecede a la articulación del cuadro "definitivo" (y que se extiende durante meses o incluso años). Tal insomnio llegaría a anticipar la irrupción de los delirios paranoides en algunos pacientes, lo que podría explicarse por una elevación en el nivel de dopamina tras la primera noche insomne (un mecanismo de compensación para amortiguar el déficit de las funciones cognoscitivas que suele concurrir en este momento).

6. Reducción de la vitalidad

La pérdida de la vitalidad, en cuyo extremo se halla la fatiga, tiene como causa elemental (en población general) un sueño de pobre calidad. Es una circunstancia común, que coincide con el porcentaje total de personas con dificultad puntual para dormir con plenitud (entre el 20% y el 40%, sobre todo en mujeres). El problema se traduce en una elevada somnolencia diurna y una pérdida de productividad, e incluso llega a asociarse con sentimientos depresivos y con el deterioro de la memoria o de la atención (a los cuales nos referimos anteriormente).

La fatiga que se asocia al insomnio cursa con una percepción de intensa pérdida de energía, debilidad generalizada, sensación de malestar y erosión del rendimiento en tareas cotidianas. De entre todos los problemas que perturban la integridad del sueño o de su estructura, quizá la apnea sea el que más consistentemente lo detona (bloqueo respiratorio que provoca una serie de breves microdespertares, los cuales interrumpen el ciclo activo del sueño antes de alcanzar las fases reparadoras del REM).

7. Riesgo incrementado de alzhéimer

La relación entre el insomnio y el alzhéimer se conoce desde los años 90, aunque ha sido en esta última década que ha podido aumentarse el conocimiento sobre esta cuestión. Gracias a los estudios de neurofisiología, y con la ayuda inestimable de técnicas de neuroimagen o del análisis del tejido cerebral postmortem, hemos llegado a la conclusión de que una función del sueño consiste en "limpiar" los residuos de la actividad neuronal. A lo largo del día, el hecho de estar despiertos implica una producción de proteínas en el sistema nervioso central cuya persistencia resulta tóxica, pero que se "vacía" cada vez que dormimos para evitar un exceso o acumulación.

De entre todas ellas, se ha demostrado que la proteína beta amiloide es sin duda la que más importancia explicativa tiene, dado que es una de las bases anatomopatológicas elementales de tan frecuente demencia cortical. Pues bien, se ha corroborado que el insomnio promueve su acúmulo a medio/largo plazo, potenciando uno de sus factores fisiológicos de riesgo más importantes (según la evidencia disponible).

Referencias bibliográficas:

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