Las sociedades de cazadores-recolectores han sido y son culturas vistas como nómadas y en las que no se ha desarrollado la agricultura, como lo cual dependen mucho de los recursos que le ofrece la naturaleza.

Aunque su nombre da bastantes pistas sobre cómo funciona su modo de subsistencia, lo cierto es que también repercute en su propia jerarquía social y la idea de la propiedad material, además de que no todos son tan nómadas ni homogéneos.

A continuación veremos las características fundamentales de las sociedades de cazadores-recolectores, desbancando algunos mitos asociados a ellos.

¿Qué son los cazadores-recolectores?

Las sociedades humanas, tanto las prehistóricas como las actuales, pueden ser clasificadas siguiendo diferentes criterios relacionados con el grado de complejidad de su jerarquía sociedad, el desarrollo de su cultura y aplicación tecnológica, además del tamaño de la misma.

Uno de los criterios más recurrente es el que hace referencia a cómo obtienen la comida que necesitan para subsistir. Es aquí cuando hablamos de sociedades de cazadores-recolectores, en contraposición con sociedades que han desarrollado la agricultura.

Las culturas de cazadores-recolectores han sido grupos humanos compuestos, básicamente, por bandas y tribus. Las bandas son definidas de acuerdo a tres características básicas de acuerdo a uno de los expertos en la materia, T. C. Lewellen (1983):

  • Movilidad según las estaciones, esto es, nomadismo.
  • Falta de estructuras centralizadas de autoridad.
  • Economía cazadora-recolectora.

La economía cazadora-recolectora ha sido la forma de subsistencia más básica y, también, la más común. Se ha estimado que más del 90% de los seres humanos que han vivido desde los primeros individuos de nuestra especie hasta la actualidad han vivido en un grupo humano en el que se subsistía a base de cazar y recolectar vegetales.

Muchos vegetales, pero pocos animales

Aunque generalmente estas culturas han sido denominadas cazadoras-recolectoras, lo cierto es que este nombre es una generalización de los patrones de conducta de subsistencia de estos seres humanos. De hecho, resulta un tanto sorprendente que a día de hoy se siga usando esta expresión para referirse a culturas en las que rara vez en su dieta se incorpora más de un 40% de carne.

Cabe pensar que esto tiene su sentido si se tiene en cuenta que no es lo mismo cazar un animal que recolectar vegetales. Los cazadores-recolectores, al no haber desarrollado la agricultura, no disponen con tanta facilidad de animales.

Además, en estado salvaje un animal no se deja matar tan fácilmente como lo haría un animal domesticado, acostumbrado a la presencia humana y que no sospecha a dónde va a ir a parar. Cabe decir que la ubicación de los animales salvajes va cambiando, como también lo hacen los mismos cazadores-recolectores.

En cambio, las plantas están ahí, pegadas al suelo y sin que, a no ser que alguien las recoja, cambien de lugar. Son una fuente de recursos fáciles de obtener, dado que no implican un gran gasto de energía en comparación con la caza de animales, que implica tener que perseguirlos, estudiar sus patrones de conducta, qué comen, cómo de peligrosos son...

La sedentariedad de los vegetales y la seguridad de que cada año crecen en el mismo sitio son la explicación de por qué la mayor parte de la dieta de los cazadores-recolectores se inclina hacia las plantas.

¿Las mujeres recolectan, los hombres cazan?

Tradicionalmente, cuando se hablaba de sociedades de cazadores-recolectores, se tenía muy bien asentada la idea de que los hombres se encargaban de cazar mientras que las mujeres se quedaban en casa cuidando a la prole y recolectando los vegetales.

Esta idea, en la que se plantea que el varón es el activo, perseguidores de jabalíes, ciervos y todo tipo de alimañas, mientras que la mujer, pasiva, se encarga de coger lo que no se mueve, es decir, las plantas, se ha demostrado como muy alejada de la realidad.

Son varios los investigadores que han echado por tierra esta creencia que ahonda sus raíces en un sexismo antropológico bastante marcado. Tanto en sociedades de cazadores-recolectores actuales como en las prehistóricas ha habido muchos casos en los que las mujeres y los hombres, si bien no comparten todos los mismos roles, sí que se compenetran en varias funciones, y entre ellas está la caza.

De acuerdo con Harris y Ross (1991), durante el Paleolítico, dado que las estrategias de caza implicaban una alta mortalidad y peligrosidad, no debía tener sentido hacer que solo la mitad masculina de los adultos del grupo se encargaran de esto.

Era necesaria la implicación de cuanta más gente mejor, y las mujeres no estaban excluidas de esta actividad. Una excesiva división del trabajo en función del sexo podría ser sinónimo de falta de alimentos de origen animal, alimentos los cuales, como ya hemos dicho, no son abundantes ni fáciles de conseguir.

Nomadismo en estas sociedades

Una de las principales características de estas sociedades es su movilidad. Tanto las prehistóricas como las actuales, en muchos casos, van cambiando su lugar de asentamiento, especialmente en función de la estación del año y de la disponibilidad de los recursos. También cabe decir que el tamaño del grupo varía en función de la estación del año y su disponibilidad asociada.

Un ejemplo de ello es una cultura, que habita en África: los !kung. Durante la estación seca, estos pueblos se agrupan en macropoblados, cerca de fuentes de agua predecibles y relativamente abundantes.

Al haber poca agua y ser todos conscientes de donde está son más propensos a juntarse, compartiéndola y administrándosela para evitar carencias. En cambio, cuando llega la estación de las lluvias y la vegetación vuelve a florecer, el macropoblado se desintegra, ubicándose en varios lugares.

Cabe decir que, aunque la mayoría de los cazadores-recolectores son nómadas, presentan patrones de asentamiento diferentes en función de su cultura y de las necesidades del propio grupo. Por un lado tenemos las culturas más de tipo colectora, asentándose cerca de sus recursos preferidos hasta que estos se agoten o cambien de ubicación, como es el caso de los !kung.

En cambio, existen otros que se van desplazando con mayor frecuencia, recorriendo largas distancias y estableciendo asentamientos temporales. Este es caso de los indios dogribs, en Canadá, que viajan largas trayectorias en la búsqueda de caribúes.

El problema de la propiedad material

Una de las consecuencias del nomadismo y la total dependencia de los recursos del medio natural es la pobreza material. Aquellas sociedades de cazadores-recolectores que están obligadas a tener que cambiar de hábitat con relativa frecuencia se ven obligadas a prescindir llevar todo lo que no les sea extremadamente necesario. Esto no es un gran problema tampoco, dado que la fabricación de herramientas es algo no muy complicado, dado lo rudimentarias que suelen ser.

Parece ser que hay una correlación entre lo nómada que sea la cultura y la sofisticación de sus herramientas, unido con la cantidad de propiedades materiales que posean individuos y familias. Un ejemplo de esto son los esquimales, quienes tienen una movilidad relativamente baja y sus poblados suelen ser estables. Esto les ha permitido pasar más tiempo en la elaboración de su tecnología, que se ha ido tornando en algo más valioso y menos prescindible.

En base a esto, cabría pensar que la propiedad material en las culturas más nómadas, lejos de ser un símbolo de poder o algo de lo que pavonearse, es visto más bien como una carga. Es por esto que se ha llegado a afirmar que en los nómadas no existe el sentido de propiedad material, tan claramente visible en el mundo occidental. Sin embargo, esta idea es demasiado generalista.

Esto es fácilmente refutable teniendo en cuenta que, por muy nómadas que sean, no son pocas las culturas que entierran a sus muertos con ajuar. Entre ese ajuar hay objetos asociados al difunto, usados por él. En esencia, propiedades materiales suyas, dado que no tendría sentido enterrar algo que es de todos y perderlo en un entierro si no existiera la idea de propiedad.

Sin embargo, de lo que sí no hay duda es la idea de que los alimentos son de todos. Suele estar muy mal visto el no compartir la caza, aunque esta haya sido gracias a la acción de un solo cazador. Si bien los productos recolectados suelen consumirlos el núcleo familiar, la caza es algo que se distribuye en todo el grupo. Compartir estos recursos no se hace como un valor, que también, sino por la extrema necesidad de incrementar la supervivencia grupal.

Es por medio de compartir la comida que también se refuerzan los vínculos sociales. No compartirla es visto como un acto de terrible egoísmo, lo cual es una transgresión de las tradiciones y normas que conforman la mentalidad y cultura del grupo, transmitidas de generación en generación y de forma oral desde tiempos inmemoriales.

Referencias bibliográficas:

  • Binford, L. R. (1994) En busca del pasado: Descifrando el registro arqueológico. Barcelona, Crítica.
  • Cashdan, E. (1991) Cazadores y recolectores: El comportamiento económico de las bandas, en S. Plattner (ed.), Antropología económica. México, Alianza Editorial: 43-78.
  • Harris, M. y E. B. Ross (1991) La regulación de la población entre los primeros recolectores humanos", en Muerte, sexo y fecundidad: La regulación demográfica en las sociedades preindustriales y en desarrollo. Madrid, Alianza Editorial: 30-45.
  • Lee, R. B. (1981) La subsistencia de los bosquimanos !kung: Un análisis de input-output", en J. R. Llobera (ed.), Antropología económica: Estudios etnográficos. Barcelona, Anagrama: 35-64.
  • Arce Ruiz, Ó. (2005) Cazadores y recolectores. Una aproximación teórica. En: Gazeta de Antropología, Nº 21, Artículo 22.