A lo largo de la historia, el ser humano ha tratado de todas las formas posibles expandir su conocimiento, lo cual es en la mayoría de las ocasiones bueno.

Sin embargo, no han sido pocas las veces que la ética ha sido dejada de lado para, como científicos locos, tratar de tener un conocimiento más profundo de nuestra especie, aunque esto supusiera sacrificar la salud de nuestros congéneres.

En los últimos años ha circulado por la red el caso del experimento ruso del sueño, del cual se dice que fue un programa soviético que ha causado auténticas pesadillas a más de uno quien ha tenido conocimiento de él. Veámoslo con más profundidad y descubramos hasta qué punto lo que se cuenta en él fue real o no.

El experimento ruso del sueño

El ser humano ha tratado de satisfacer su curiosidad por conocer más a fondo el mundo en el que vive y su propia naturaleza de las formas más variopintas, siendo algunas de ellas moralmente dudosas.

Muchos experimentos se han hecho en pos de la ciencia y el progreso, que han supuesto violar la ética científica e, incluso, se han cometido violaciones de los derechos humanos. Por decir unos pocos, son ampliamente conocidos experimentos como la cárcel de Standford y el experimento de Milgram en los que, pese a no producir ni muertos ni heridos, iniciaron un auténtico debate sobre la ética experimental tanto en psicología como en la ciencia en general.

Sin embargo, estos experimentos no son nada dañinos comparados con los que se cometieron en la Segunda Guerra Mundial, de la mano de los nazis. Los médicos en los campos de concentración usaron como cobayas humanas a miles de prisioneros, sometiéndolos a todo tipo de torturas: meterlos en agua helada, intentar cambiar el color de sus ojos, amputaciones…

Es por ello que, cuando hace unos años apareció en Internet el caso del experimento ruso del sueño, pareciera que, aunque la historia no sonaba a muy creíble, tampoco parecía del todo surrealista, teniendo en cuenta que no hace ni un siglo que se cometieron auténticas barbaridades que han quedado documentadas como hechos verdaderos.

La historia ocurre a finales de la década de los cuarenta. Alemania Nazi acaba de ser derrotada y se da el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pese a que el conflicto armado se extingue, la amenaza a que llegue una Tercera Guerra Mundial se hace cada vez más patente, sobre todo desde que Estados Unidos demostrara su poder nuclear. La Unión Soviética debía investigar todo lo posible para poder superar al enemigo americano, y la ética era un impedimento para ganar la Guerra Fría que acababa de iniciarse. La historia del experimento ruso del sueño basa su narración en este contexto histórico, y describe la siguiente situación, que supuestamente habría tenido lugar en la URSS.

El gas que evita tener que dormir

Acababa de sintetizarse un nuevo gas el cual prometía erradicar una necesidad básica en todo ser humano: dormir. El gas, de funcionar, sería un gran paso para incrementar la productividad de la URSS. Un proletariado que no necesita dormir es un proletariado que puede trabajar más, hasta altas horas de la noche.

Sin embargo, el gas no podía ser probado así como así en las fábricas de la URSS, dado que los científicos soviéticos no querían arriesgarse a aplicar algo que, de fallar, podría suponer grandes pérdidas para la Federación. Se tenía que hacer un experimento antes, con seres humanos, ¿y qué mejores cobayas humanas que los enemigos del régimen?

El grupo de investigación cogió a cinco personas quienes estaban internadas en gulags, es decir, campos de trabajos forzados, que habían sido detenidos por traición a la Unión, y los metieron en una base secreta. Allí se les prometió que, pasados 30 días, si lograban aguantar, se les otorgaría la tan ansiada libertad; lo único que debían hacer era convivir en la base durante ese período de tiempo mientras se les introducía en la cámara un nuevo gas psicoactivo que les impediría dormir.

Los individuos fueron introducidos en una habitación sellada, desde donde el grupo de investigación podría monitorizar los efectos del tan prometedor nuevo gas. Las cobayas humanas convivían en pequeñas habitaciones en las que se disponían de libros, agua corriente, un lavabo, somieres sin ropa de cama y comida suficiente como para sobrevivir un mes. En todas las habitaciones había micrófonos preparados para captar todo sonido que emitieran los sujetos de este experimento.

Durante los primeros cinco días los sujetos no se encontraron mal, sobre todo por la motivación de que, una vez pasado el tiempo de la investigación, lograrían alcanzar su libertad. Los individuos hablaban entre ellos de cosas banales, sin mucho interés experimental, como gustos en común, su opinión sobre el experimento y el habitáculo en donde los habían metido o qué es lo que harían una vez liberados. Todo parecía normal hasta que llegó el quinto día, el día del inicio de la locura.

Los cambios en el comportamiento

Fue a partir del día número cinco en que hubo un cambio en los temas de las conversaciones. Éstas se volvieron más oscuras, y empezaron las quejas, físicas y mentales, que insinuaban episodios de paranoia. Los sujetos, quienes hasta hacía pocos días se habían mostrado amistosos entre ellos, empezaron a desconfiar los unos de los otros. Las sospechas empezaron a aparecer y, para evitar cualquier tipo de información que se usara en su contra, dejaron de hablarse y empezaron a actuar de forma extraña.

Todos estos comportamientos tan extraños fueron considerados un efecto indeseado del gas, aunque los investigadores no decidieron parar el experimento en ese momento. Querían saber hasta dónde les llevaba este nuevo invento, cómo evolucionaría el experimento.

Pasaron los días y llegados al décimo uno de los sujetos empezó a gritar. Los gritos duraron hasta casi tres horas y, de repente, se hizo el silencio, sucedido por extraños sonidos, ruidos guturales. Los investigadores querían saber qué pasaba y fueron a descubrirlo, pero al verlo quedaron auténticamente horrorizados por la escena. El sujeto quien, hasta hacía unos minutos gritaba a pleno pulmón, ya no le era físicamente posible decir palabra alguna: se había arrancado las cuerdas vocales él mismo.

Pero lo sorprendente de esta escena era que los demás compañeros de habitación no parecían ser conscientes de la atrocidad que acababa de cometer uno de los sujetos. Ni se inmutaron cuando se arrancó las cuerdas. El resto continuó con sus paranoias personales hasta que uno de ellos empezó a gritar como su compañero. Los demás optaron por coger los libros de la habitación, abrirlos y defecarse en ellos, arrancando páginas y pegándolas por las paredes, usando el excremento como si de masilla o pegamento se tratase.

Entre los días diez y trece los sujetos permanecieron en un tétrico silencio. No decían ni una sola palabra, ni siquiera para hablar de sus paranoias personales, ni tampoco se oían gritos. Ningún ruido venía del cubículo. ¿Qué estaba pasando? El experimento estaba cerca de cumplir su segunda semana y, viendo los tan espeluznantes resultados que estaban obteniendo, el grupo de científicos decidió tomar una decisión que habían dicho que no harían: abrir la estancia.

Mediante los altavoces que se encontraban dentro de la habitación anunciaron que abrirían el cubículo y, para salvaguardarse de cualquier agresión de los sujetos, aclararon que dispararían a cualquiera que intentara algo. También dijeron que, si obedecían a todas las órdenes de los científicos, uno de los reclusos sería liberado, pero lo que no se esperaban los investigadores sería la respuesta que recibirían. Uno de los sujetos, con voz calmada, les dijo ‘Ya no queremos ser liberados’.

Entrando a ver a los prisioneros

Llegado el día número quince se decidió finalmente abrir la puerta, y en la habitación entró un grupo de soldados bien protegidos y armados. Lo que vieron nunca lo habían visto antes, ni siquiera en campo de guerra: los sujetos gritaban, desesperados y, de los cinco que iniciaron el experimento, vieron que uno de ellos ya no estaba vivo.

La comida apenas se había tocado, solo se había comido la de los primeros cinco días, pero los sujetos se habían alimentado de otra forma: los internos se habían arrancado parte de sus músculos y piel, con sus propias manos, y luego se los habían comido en un acto autocaníbal.

Intentaron sacarlos de la habitación, pero los sujetos ya no querían salir de ahí, y querían que se les diera más gas psicotrópico, lo necesitaban para mantenerse despiertos y vivos. Viendo que sus demandas no eran satisfechas, pasaron a la acción, atacando y matando a varios soldados y, en esa lucha de locura, uno de los sujetos que todavía seguía vivo fue gravemente herido.

Cuando consiguieron inmovilizar a los sujetos, un grupo de médicos se puso al cargo del que estaba más herido. Pese a que se le intentó sedar con una dosis de morfina 10 veces más alta de lo normal, él no tenía suficiente. Seguía gritando desesperado y agrediendo a los médicos. Gritaba que quería más, pero los gritos finalizaron cuando él mismo murió desangrado en la camilla.

Los otros tres sujetos, sin tantas lesiones, también fueron trasladados a instalaciones médicos. Dos de ellos todavía conservaban sus cuerdas vocales y seguían insistiendo que se les diera más gas psicotrópico. Necesitaban mantenerse despiertos a toda costa. Mientras demandaban más de la sustancia experimental, esbozaban espeluznantes sonrisas que helaban la sangre de las enfermeras, quienes se encontraban aterradas al tener que ayudar en esa investigación.

Uno de ellos, quien había logrado sacarse parte de sus órganos estando en el cubículo, necesitó ser intervenido quirúrgicamente. Durante la operación, en la cual no se le administró anestesia, hablaba con el cirujano, gritándole desesperado. La frase era muy simple y clara: ‘¡Sigue cortando! Los otros dos sujetos, quienes también necesitaban ser intervenidos quirúrgicamente, se lo pusieron difícil a los médicos, dado que se reían escandalosamente sin poder parar.

Necesitaban más gas. Por muy dañados que estuvieran sus cuerpos, no parecía que les importara el mal estado en el que se encontraban. Tan solo parecía importarles el gas psicotrópico. ¿Eran adictos a él como si de una droga se tratase? ¿Lo necesitaban para seguir vivos? Para resolver estas incógnitas, y aprovechando que algunos sujetos podían hablar todavía, los investigadores les preguntaron el por qué. Su respuesta:

"Debo mantenerme despierto".

El desenlace

Los tres supervivientes fueron devueltos a la habitación y, dado que el experimento para saber si el tan prometedor gas del sueño había fracasado, surgió la duda de qué hacer con los sujetos que todavía vivían. Uno de los oficiales de la KGB encargado de la investigación sugirió ver qué pasaba si se les volvía a administrar el gas experimental y, como ya no tenían nada que perder, la investigación siguió adelante, pero con un objetivo totalmente distinto. Los sujetos, al aspirar de nuevo el gas, se calmaron de inmediato.

Para sorpresa de los investigadores, los cerebros de los sujetos parecía que se morían y revivían cada cierto tiempo, sin explicación científica posible. Uno de los internos se tumbó en una de las camas, reposó la cabeza en una almohada y cerró los ojos, como si, después de varios días sin dormir, decidiera que ya había sido la hora de calmar esa necesidad básica. Tras cerrar los ojos su muerte vino de forma casi instantánea.

Los investigadores volvieron a introducirse en el habitáculo y, para asegurarse de que no volvieran a morir soldados, abatieron a uno de los sujetos. Ahora solo quedaba uno. Uno de los científicos le preguntó: "¿qué sois?" El último de los supervivientes le respondió sonriendo

‘’Somos ustedes. Somos la locura que circula por vuestros cuerpos, pidiendo ser liberada de vuestra mente, que se alberga en su parte más animal. Somos de aquello de lo que os escondéis cuando os vais a dormir por las noches. Somos lo que calláis".

Tras estas palabras, el investigador se quedó paralizado y, sin decir una sola palabra más, cogió su rifle y le acertó directamente al corazón al último de los sujetos de su investigación.

Tan espeluznante como surrealista: ¿qué tiene de cierto?

Toda esta historia no deja indiferente a nadie. La idea de que, en las últimas décadas, se ha hecho todo tipo de experimento poco ético y moralmente deleznable es algo que, incluso siendo muy escépticos, no tildamos como algo completamente falso. Por esto, la idea de que se haya hecho un experimento en el que se haya usado un misterioso gas psicotrópico, los sujetos se volvieran locos y empezaran a automutilarse y volverse agresivos, entre otras cosas de la historia, además de darnos miedo, lo vemos como algo que podría ser cierto.

Sin embargo, claro está, no lo es. La historia del experimento ruso del sueño no ocurrió en los años cuarenta del siglo pasado, ni es resultado de una oscura investigación soviética sobre cómo hacer que la gente no tenga necesidad de dormir. Esta historia, o mejor dicho, creepypasta, surge y se extiende gracias a Internet.

De hecho es en la propia página web de CreepyPasta donde se puede disfrutar de la historia completa, con algún que otro detalle cambiado dado que, ya se sabe, el boca a boca y el hecho de que sean varias las páginas que vayan copiándose las unas de las otras hace que, al igual que con el juego del teléfono, el tan espeluznante cuento evolucione como el mito que es.

Los orígenes de esta historia datan de los finales de los años 2000 y principios de la siguiente década. En uno de los foros de la págica anteriormente mencionada se invitaba a los usuarios a inventarse la leyenda urbana más aterradora, la que más pesadillas consiguiera generar.

La historia del experimento ruso del sueño resultó ser la clara ganadora de este reto. Se extendió por todas partes, apareciendo en canales de misterio de Youtube, haciéndose blogs debatiendo sobre su veracidad e, incluso, apareciendo en periódicos.

Pese a que es de imaginar que la mayoría de la gente se hace a la idea de que esto no es más que una leyenda urbana, no son pocos los que se atreven a echar más leña al fuego y decir que el origen de las filtraciones de esta historia son un secreto bien guardado por la KGB o la Federación rusa.

Pero si pensamos fríamente, se puede comprender el por qué de que este experimento sea pura ficción. El primero es que jamás de los jamases una institución penitenciaria, como lo eran los gulags, prometerían a sus presos la libertad por el simple hecho de hacer un experimento, por muy peligroso que el mismo pudiera parecer. ¿De qué le serviría a la URSS liberar a traidores de estado por el simple hecho de participar en la investigación soviética?

Uno puede pensar que, lógicamente, los sujetos fueron engañados y que, si el experimento hubiera ido como querían los investigadores que fuese, al final del mismo acabarían ejecutando a los presos, pero, igualmente, los participantes en la investigación no serían tontos. Tanto si iban obligados como si no, era de suponer que la participación en el experimento acabaría con su ejecución, o en el mejor de los casos, volver a hacer trabajos forzados.

Finalmente, está la existencia del propio gas y las heridas que se infligieron las supuestas cobayas humanas. Hasta la fecha, no se conoce ningún gas que sea capaz de hacer los efectos que se le han atribuido al del creepypasta. Además, por muy drogado que se esté, el arrancarse grandes cantidades de piel y músculo hace que, al cabo de unas horas o, incluso minutos, el sujeto muera desangrado. Una persona quien tiene los intestinos hacia fuera y está chorreando sangre no va a vivir un día más sin la debida asistencia médica.

Referencias bibliográficas:

  • Creepypasta wiki (s. f.) El experimento ruso del sueño. Creepypasta wiki. Extraído de https://creepypasta.fandom.com/es/wiki/El_experimento_ruso_del_sue%C3%B1o.