El útero es el primer entorno del feto, y en ese entorno comienzan a modularse interacciones entre el feto y la mamá, y entre la mamá y su sistema familiar afectivo.

Las primeras conexiones afectivas se producen antes de nacer en los estados compartidos de mamá y el futuro bebé y el entorno de la madre que llega hasta el feto a través de ella.

La adaptación el entorno desde la relación afectiva

Además de esa corriente emocional a la que está expuesto, el feto también recibe estímulos físicos de su entorno inmediato, las paredes uterinas y el líquido amniótico. El desarrollo del feto se realiza en un medio líquido, el útero materno. En él va a comenzar a recibir los primeros estímulos tales como los estímulos vestibulares, a través del vaivén de la placenta; los táctiles, con el roce de las paredes del útero; los auditivos (tanto los sonidos del exterior filtrados, como los sonidos internos del organismo de su madre).

Así, el feto va a comenzar a responder a esa primera estimulación; por medio del movimiento, irá cambiando de posición antes de colocarse definitivamente en el canal del parto, empujará y presionará el vientre materno, se chupará los deditos, responderá a los sabores de los alimentos que le llegan a través del cordón umbilical, y su respuesta será fundamentalmente con movimientos, movimientos incipientes y con poco control, regidos y fomentados por los reflejos primitivos que le ayudan a adaptarse a su medio.

Posteriormente llegará el momento del parto, y los reflejos primitivos le permitirán y facilitarán que concluya con la salida del útero, produciéndose el primer contacto con el exterior, un medio ambiente aéreo regido por la gravedad al que deberá adaptarse.

Y serán los movimientos incipientes, primitivos, los que propiciarán la adaptación al nuevo medio en el que el bebé se va a ir desarrollando. El motor para interesarse por el entorno es el afecto, la relación afectiva, la danza afectiva que se produce entre el bebé, papá o mamá.

En esa danza la interacción cara a cara es crucial, en esas interacciones el bebé primero y posteriormente el niño aprende a calmarse, a conocerse y a conocer al otro.

El correcto desarrollo neurológico del bebé

Tras el nacimiento, un bebé tiene presentes millones de neuronas pendientes de conectarse entre si. Las conexiones neuronales se irán produciendo por medio de la estimulación física y afectiva y la respuesta a esa estimulación que es lo que llamamos aprendizaje. En cada minuto en la vida de un recién nacido se generan más de cuatro millones de conexiones neuronales.

Estas conexiones se producen gracias a la estimulación que el bebé recibe a través de los diferentes sentidos: auditivo, táctil, kinestésico, visual. Dicha estimulación ocurre cuando es atendido, alimentado, acunado, cuidado, sonreído, mirado, percibido... y también a través de los movimientos que espontáneamente realiza.

Estos movimientos rítmicos y estereotipados que realiza durante su primer año de vida ayudan a que las diferentes áreas del cerebro maduren y se conecten entre sí. Es decir, los movimientos que vemos realizar a los bebés se producen de acuerdo a un cierto orden, a un programa innato. Así, el bebé levantará la cabeza, descubrirá sus manitas y piececitos, levantará el pecho, se volteará de boca a arriba a boca abajo y más tarde de boca abajo a boca arriba, girará sobre su pecho, reptará, gateará y conseguirá andar, y posteriormente, logrará correr, saltar, subir escaleras o andar a la pata coja.

Si el bebé cubre todas y cada una de las etapas de suelo adecuadamente y no se salta ninguna, estaremos garantizando que cubra todas las fases de desarrollo y que se produzca una adecuada madurez neurológica.

En la medida que facilitamos que se establezcan las conexiones neuronales suficientes, propiciamos la comunicación y madurez de las distintas áreas del cerebro. La mejor manera de conseguirlo es a través de una estimulación adecuada tanto emocional como física, y fomentando el movimiento en cada etapa de desarrollo. Para ello es importante que el bebé permanezca en el suelo.

En el suelo va a tener la oportunidad de explorar su entorno. Así surgirá la necesidad de voltearse y posteriormente desplazarse arrastrándose, gateando y finalmente deambulando y luego corriendo, saltando, trepando, andando en bicicleta, sonriendo a sus pares, mirándose y forcejeando entre niños. Interaccionando cara a cara, como cualquier cachorro mamífero, en realidad como todo mamífero. Llenándose de satisfacción en la interacción en la mirada, en la sonrisa compartida, en el movimiento libre y liberado cargado de impulsividad que se va regulando conforme madura y crece.

En este momento convulso donde la interacción cara a cara se ve limitada, donde la conexión facial resulta difícil, donde nos asustamos los unos de los otros, donde limitamos el movimiento, el roce y si se hace se realiza bajo la sombra de una mascarilla que ahoga la emoción, no puedo sino preocuparme y preguntarme... ¿cómo se verá afectado el desarrollo de la organización del cerebro, del cuerpo y de la sociabilidad en nuestros niños en desarrollo en crecimiento?

No cabe duda que vamos a tener que realizar esfuerzos para compensar el movimiento reducido del día a día en el aula, y la sociabilidad mermada que tanta carga tensional está generando en toda la población y en especial en los niños.

Autora: Cristina Cortés Viniegra, Psicóloga, terapeuta especializada en apego y trauma, Directora Del Centro de Psicología de la Salud Vitaliza.