Fracturas por estrés: síntomas, causas, y tratamiento

Las fracturas por estrés son un tipo de lesión frecuente en el mundo del deporte; veamos cómo son.

Fracturas por estrés

Las fracturas por estrés son pequeñas grietas que aparecen en el hueso por sobrecarga, es decir, por realizar un ejercicio de manera intensa y/o repetida.

Esta lesión puede aparecer en cualquier zona del cuerpo, pero por suerte existen distintos factores de riesgo que debemos tener presentes para prevenir esta afectación, y podemos seguir algunos consejos generales para que esta clase de problemas no nos afecten.

En este artículo hablaremos de las fracturas por estrés y veremos qué síntomas generan, cuáles son sus causas y factores de riesgo, cómo se diagnostican y se efectúa el tratamiento y cómo prevenir su aparición.

¿Qué son las fracturas por estrés?

Las fracturas por estrés son pequeñas grietas que aparecen tras una sobrecarga o traumatismo repetido. Es decir, este tipo de lesión, que puede ser más o menos grave, se produce al realizar un gesto o una acción de manera repetida, por ejemplo correr largas distancias o saltar de manera constante.

Este tipo de fractura puede aparecer en cualquier parte del cuerpo, pero teniendo en cuenta la definición y el tipo de desgaste que requiere esta lesión, se observa con más frecuencia en las extremidades inferiores, ya sea la parte baja de la pierna o el pie.

Causas

Como ya hemos visto, la fractura por estrés se produce por sobrecarga física, y esta tiende a mostrarse cuando se aumenta la intensidad del ejercicio sin que el cuerpo esté preparado y sin dejar tiempo de adaptación.

El cuerpo se adapta al cambio de ejercicio o práctica deportiva a través de un proceso denominado remodelación: este consiste en el equilibrio entre la destrucción de tejido óseo y la formación de nuevo tejido. Cuando la remodelación se produce de forma inadecuada, produciéndose mayor destrucción, es más probable que se desarrolle una fractura por estrés.

Causas de las fracturas por estrés

Factores de riesgo

Las características de este tipo de fractura hacen que sea más común si se cumplen unas condiciones determinadas. Veamos pues qué factores aumentan el riesgo de aparición de esta lesión.

1. El tipo de deporte

La aparición de la fractura por repetición del movimiento hace que se observe más frecuentemente en sujetos que practican deportes de alto impacto, donde se realizan largas carreras, como en el atletismo, o donde se efectúan continuos saltos, como puede ser en la danza o en gimnasia.

2. Ser mujer

Se ha observado mayor riesgo de presentar fractura por estrés en mujeres, sobre todo las que muestran un ciclo menstrual anormal o amenorrea, es decir, ausencia de menstruación.

3. Alteraciones en la forma de los pies

Como ya hemos visto, los pies son una de las zonas con más riesgo de afectación, más si la forma no es la adecuada. Por ejemplo, esto ocurre en sujetos que no tienen arco de la planta del pie (pies planos) o lo tienen muy pronunciado. Asimismo, llevar un calzado inadecuado que no protege bien el pie también aumenta la posibilidad de lesión.

4. Sobre-actividad

Es habitual que este tipo de lesión aparezca en sujetos que llevaban una vida sedentaria y de repente empiezan a practicar ejercicio, haciéndolo de manera acelerada y con un incremento de la intensidad desproporcionada. Si el nivel de ejercicio y el tiempo no se adaptan a su condición física, ello supone una sobrecarga corporal.

5. Afectaciones en los huesos

Un problema en los huesos, como puede ser osteoporosis, con huesos más débiles y desgastados, aumenta el riesgo de desarrollar una fractura por estrés.

6. Alimentación inadecuada

Una falta de nutrientes (como por ejemplo niveles bajos de vitamina D o de calcio, que son nutrientes vinculados con el estado de los huesos) aumenta la posibilidad de mostrar este tipo de fractura.

7. Zona debilitada

Si hay partes del cuerpo donde hemos sufrido una lesión o daño con anterioridad, es más probable que estas se resientan antes y podamos sufrir este tipo de fractura.

Síntomas

El síntoma más habitual es un dolor en la zona del cuerpo donde se localiza la afectación cuando realizamos deporte o forzamos la zona. El malestar tiende a disminuir o desaparecer cuando dejamos de hacer ejercicio. De este modo, notamos una parte del cuerpo más sensible, pudiendo también observar hinchazón y enrojecimiento de la zona.

El dolor suele disminuir cuando dejamos de realizar la práctica deportiva, pero si no hacemos nada para remediarlo y seguimos cargando la zona puede que el dolor persista y se mantenga después de finalizar el ejercicio.

Tipos de fractura

El tipo de fractura se clasifica según la zona y facilidad de mejora. Así, tendremos zonas de menor riesgo con una recuperación más rápida, necesitando menor tiempo de reposo: el fémur, el cúbito, la tibia y del 1 al 4 metatarso (huesos largos del pie que unen el tobillo con los dedos).

Por otro lado, las zonas de mayor riesgo de fractura son: el cuello del fémur, diáfisis anterior de la tibia (parte central), el maléolo medial (parte de la tibia y del peroné que sobresale en el tobillo), proceso lateral del astrágalo (hueso que tiene la función de transmitir el peso del cuerpo al pie), navicular (localizado en la parte dorsal del pie encima del arco), quinto metatarso y huesos sesamoideos del pie (hueso incrustado en un tendón).

Diagnóstico

Ahora que conocemos los síntomas y causas de la fractura por estrés, será más fácil entender qué proceso sigue el profesional para hacer el diagnóstico. Para descartar otras afecciones y asegurarse que es una fractura por sobrecarga, es habitual preguntar por el tipo de deporte que realiza y días de la semana que lo hace; también se pregunta por posibles lesiones anteriores, y se suele hacer una inspección observando la posible hinchazón o enrojecimiento de la piel.

Posteriormente, si hay sospecha de fractura, se suele realizar una radiografía o, en caso de necesitar mayor precisión, se opta por realizar una resonancia magnética. De este modo, se podrá contrastar el dolor y los signos exteriores con el estado interno de los huesos y de la musculatura.

Tratamiento

El tipo de tratamiento seleccionado dependerá de la zona donde se localiza la dolencia y de la intensidad de dolor o gravedad de la fractura. Normalmente, la afectación se desvanece pasadas 6 o 8 semanas después de inmovilizar la zona y/o mantenerla en reposo. Es decir, el dolor suele aliviarse dejando de realizar el ejercicio que causó la lesión y disminuir la sobrecarga de la zona afectada. Asimismo, también se puede complementar el reposo con aplicar hielo a la zona donde duele, durante 2 a 3 veces al día.

Pese a notar la mejora después de 6 a 8 semanas, se recomienda no practicar deporte hasta transcurridas de 12 a 16 semanas, y la reactivación debe ser gradual, progresiva, sin volver a sobrecargar la zona.

En casos de producirse complicaciones en la lesión, no se ha realizado un tratamiento adecuado, no se ha reparado la causa que provocó la fractura y el dolor se mantiene crónico, puede que sea necesario realizar una cirugía para intervenir la lesión y aliviar el dolor. Por este motivo es tan importante acudir al médico cuando notamos que el dolor persiste y seguir el tratamiento pautado por el profesional, para evitar la intervención quirúrgica que requerirá un mayor tiempo de reposo.

Prevención

Visitas las complicaciones que puede comportar este tipo de fractura y la posibilidad de prevenirlas realizando una correcta práctica deportiva y no sobrecargando, intentaremos seguir unas pautas para evitar que la lesión aparezca o se cronifique.

1. No sobrecargar el cuerpo

Como ya sabemos, esta fractura se produce principalmente al sobrecargar una parte del cuerpo, y por este motivo intentaremos parar a tiempo y no forzar. Nosotros mejor que nadie conocemos nuestro cuerpo y las distintas sensaciones que podemos tener. Así pues, si nos notamos más cansados de lo habitual, es mejor descansar un corto periodo de tiempo, de manera preventiva, que seguir forzando y terminar necesitando un mayor tiempo de recuperación.

2. Incrementa la intensidad de manera gradual

El cuerpo necesita un tiempo de adaptación; como vimos, debe equilibrarse la destrucción y la formación de nuevo tejido óseo. De esta forma, incrementaremos la intensidad del ejercicio, ya sea aumentando el tiempo o el peso, de manera gradual para que el cuerpo se pueda acostumbrar progresivamente y no se produzca un desajuste.

3. Evitar superficies duras o muy irregulares

Para disminuir el impacto es mejor evitar las superficies duras. Se ha comprobado científicamente (tercera ley de Newton) que las superficies duras, como puede ser el asfalto, nos devuelven la misma intensidad de fuerza que la que efectuamos sobre ellas.

4. Utiliza un calzado adecuado

Es importante que el calzado sea cómodo, adecuado para el ejercicio que realizamos y esté en buenas condiciones (no desgastado o roto), de este modo protegemos mejor el pie y evitamos sobrecargas. Si necesitamos algún tipo de corrector (como por ejemplo plantillas) debemos hacer uso de este de manera sistemática, para disminuir el riesgo de afectación.

5. Trabajar todo el cuerpo

Para prevenir la sobrecarga de una zona del cuerpo puede ayudarnos realizar un entrenamiento equilibrado, en el que trabajaremos las distintas partes del cuerpo sin focalizarnos sólo en una. Así, conseguiremos un mejor estado general del cuerpo y reduciremos la posibilidad de lesión por ejercicio continuo centrado en una zona.

6. Seguir una buena alimentación

Se ha comprobado que una buena alimentación, donde se consumen los nutrientes necesarios (como ya hemos visto el calcio y la vitamina D son esenciales para el buen estado de los huesos) reduce el riesgo de fractura por estrés al estar el cuerpo más fuerte.

  • Patel, D., Roth, M. y Kapil, N. (2011) Stress Fractures: Diagnosis, Treatment and Prevention. American Academy of Family Physicians.
  • Rodríguez, J.A., Parra, B., Gámez, F. y Puñet, E. (2016) Fracturas de estrés consecutivas. A propósito de un caso. Revista del Pie y Tobillo.
  • Robinson, P., Campbell, V., Murray, A.J. y Nicol, A. (2019) Stress Fractures: Diagnosis and management in the primary care setting. British Journal of General Practice.

Psicóloga

Erin Sánchez es graduada en Psicología con mención en Psicología Clínica infantil y de adultos por la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente estudia para las oposiciones de Psicólogo Interno Residente (PIR) y es voluntaria en AVAN, asociación que acoge a personas con afectaciones neurológicas, con sede en Sabadell (Barcelona).

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