Antropología cognitiva: definición y origen de esta disciplina

¿Qué es la antropología cognitiva? Un resumen del significado y el origen de esta disciplina.

Antropología cognitiva

La antropología tiene como objeto de estudio el ser humano. Lo que la diferencia especialmente de otras ramas de las humanidades es que no limita su estudio a una perspectiva cultural, sino que también tiene en cuenta los elementos biológicos.

Dentro de la antropología existen, como sucede en la mayoría de las disciplinas, diversas ramas de estudio. En el artículo de hoy nos centraremos en la antropología cognitiva: su significado, su objeto de estudio y su trayectoria hasta el día de hoy.

¿Qué es la antropología cognitiva?

La antropología cognitiva es una de las ramas de la antropología, una disciplina que tuvo su origen a finales del siglo XIX y que maduró durante los primeros años del XX. El objetivo general de la antropología es el estudio del ser humano, tanto desde una perspectiva biológica como cultural.

Y ¿qué es exactamente la antropología cognitiva? Es la ciencia que estudia el vínculo que existe entre el fenómeno cognitivo y la cultura humana. Sergio Morales Inga, en su artículo La antropología, ¿una ciencia cognitiva?, recoge las palabras de Roy d’Andrade, uno de los padres de esta disciplina: “La antropología cognitiva estudia cómo las personas dentro de grupos sociales conciben y piensan acerca de los objetos y eventos que componen su mundo, incluyendo objetos físicos, como plantas silvestres, o abstractos, como la justicia social”.

Así pues, para los antropólogos cognitivos, los elementos culturales no son simplemente objetos y valores, sino también la organización que cada cultura establece con todos estos elementos. De nuevo en palabras de Roy d’Andrade (recogidas en el artículo antes citado): “los entornos de comportamiento, que consisten en complejos mensajes y señales, derechos y deberes, roles e instituciones, conforman una realidad culturalmente constituida”.

En resumen, la antropología cognitiva centra sus estudios en la relación que el ser humano, desde su intelecto, establece con su entorno. A la antropología cognitiva no le interesa tanto entender cómo es la cultura en sí, sino cómo la entiende el individuo. Además, esta disciplina busca patrones comunes en los procesos de comprensión humana del entorno; es decir, estudia la relación de diversas culturas con su ambiente y trata de encontrar similitudes transculturales.

El surgimiento de la antropología cognitiva

A principios del siglo XX la antropología ya había empezado a dar sus primeros pasos como disciplina. Empiezan a circular las primeras teorías: Durkheim y Mauss en los primeros años del siglo, Lévy-Bruhl en la década de los 20 y Benedict, Kardiner, Mead y Linton en la de los 30.

Émile Durkheim (1858 -1917) ya se dio cuenta, en los albores de la antropología, que el sistema de jerarquía con que el individuo clasifica el mundo que le rodea varía de una cultura a otra, lo que quiere decir que no depende en exclusiva de una manifestación biológica o física. Durkheim afirmaba que la sociedad determina lo que el individuo piensa. De la misma forma, Marcel Mauss (1872-1950), sobrino y discípulo de Durkheim, contemplaba el hecho social como una conjunción compleja de factores económicos, religiosos y jurídicos.

Mauss, considerado el “padre de la etnología francesa”, acuñó el término de “hombre total” para referirse a la sociedad como una realidad simbólica en la que participan todos sus miembros. En otras palabras, el ser humano interno y el externo pierden sus límites y se funden en uno solo.

Por su parte, Lévy-Bruhl (1857-1939) hizo hincapié en que la llamada “mentalidad primitiva” o “pre-lógica”, que el etnocentrismo europeo achacaba a los pueblos colonizados, no era una mentalidad subdesarrollada o infantil, sino que, simplemente, era una manera diferente de ver el mundo. Es decir: el fenómeno de la magia, el chamanismo o la brujería no eran manifestaciones “inferiores”, como sostenían algunos antropólogos, sino una interpretación distinta del entorno, que no podía comprenderse con una mentalidad científica (que era la que imperaba entonces en Occidente). Por cierto, años más tarde, pensadores como Levi-Strauss y Geertz demostraron que la mencionada “mentalidad primitiva” no era real, y que lo único que existía era la necesidad humana de dar sentido al mundo.

Todos estos primeros pensadores sentaron las bases de lo que, en los años 50, empezó a llamarse antropología cognitiva. Según algunos autores, durante esos años se asistió a la llamada “revolución cognitiva”, una especie de superación de la teoría conductual. Esta idea de revolución se expande y se radicaliza en los años 70 y 80. Veamos con más detalle en qué consistió esta “revolución”.

Conductismo versus cognitivismo

Para poder hablar de la “crisis del conductismo” que surgió en los 50, es necesario aclarar qué significa este concepto. El conductismo es la filosofía que hay detrás de la ciencia de la conducta. Esta disciplina estudia cómo interactúa el ser humano ante un estímulo, es decir, su interacción con el entorno, y excluye de su campo de estudio cualquier manifestación de la conciencia y la interioridad del individuo. Como podemos ver, a grandes rasgos el conductismo es prácticamente lo contrario de la antropología cognitiva.

El padre de la teoría del conductismo, al menos en su vertiente psicológica, es John B. Watson (1878-1958). Su disertación Psychology as the behaviorist views it (La psicología tal y como la ve el conductista), pronunciada en la Universidad de Columbia y publicada en 1913 en la revista Psychological Review, marca el inicio de la psicología conductista.

La rotundidad de la teoría del conductismo, que pone el énfasis en la conducta humana y excluye casi en absoluto cualquier elemento introspectivo, resulta evidente si nos atenemos a esta famosa cita de Watson: "Dame una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger —médico, abogado, artista, hombre de negocios e incluso mendigo o ladrón— prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados (…)”.

Si bien es cierto que el mismo Watson reconoció la exageración de estas palabras, en ellas se percibe el radicalismo de esta teoría, ya que no tiene en cuenta las inclinaciones personales de la persona y achaca cualquier manifestación a los estímulos que la sociedad ejerce sobre el individuo.

Otro de los grandes abanderados del conductismo fue Burrhus Frederic Skinner (1904-1990). Firme defensor de esta teoría, Skinner dedicó su trabajo a definir las leyes que rigen la conducta. Uno de sus experimentos más famosos es el llamado La superstición de la paloma (1948). Se introdujeron ocho palomas en una caja (la “caja de Skinner”) y se les empezó a administrar comida a intervalos regulares. Pronto, Skinner se dio cuenta de que cada una de las palomas se comportaba de modo diferente antes de recibir la comida: una daba vueltas por la caja, otra pegaba su cabeza contra las paredes, etc.

La conclusión a la que llegó Skinner fue la siguiente: cuando la paloma observaba que, casualmente, justo antes de recibir la comida se encontraba realizando una acción determinada, entendía que era precisamente esa acción la que le proporcionaba el alimento. Por tanto, cada animal reforzaba el comportamiento que creía que era la causa del recibo de comida.

A partir de este experimento, Skinner afirmó que la superstición es algo inherente en el comportamiento humano: si, repetidamente, tras unas situaciones accidentales, sobreviene una circunstancia (agradable o desagradable), el individuo establecerá una correlación entre ambos elementos.

Las críticas al conductismo y la “revolución cognitiva”

Desde este “radicalismo” se puede entender el regocijo con que acogieron en los círculos científicos la llamada “revolución cognitiva”, ya que representaba la “muerte” definitiva de una concepción determinista y casi mecánica del comportamiento humano. Ya en los 50 se elevaron algunas voces en contra del conductismo radical de Skinner. Su libro Verbal Behavior (1957), donde Skinner plantea que el lenguaje adquirido durante la infancia es resultado del reforzamiento, fue revisado y criticado por el lingüista Noam Chomsky.

Chomsky arguye en contra de la teoría de Skinner que un animal no humano nunca aprenderá a hablar por mucho que se le refuerce, lo que implica que los seres humanos disponemos de una predisposición genética al lenguaje.

La de Chomsky era una crítica, en realidad, dirigida hacia una teoría que basaba el comportamiento humano en los estímulos y recompensas exteriores. Otros autores, como John Pinel, Steven Barnes, Gerald Edelman y Antonio Damasio, también se han mostrado críticos con la teoría conductista. Pinel y Barnes, por ejemplo, concretaron que la conducta surge a partir de ambos factores, el ambiental (Skinner) y el genético (Chomsky).

Las críticas al conductismo no hicieron sino crecer a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, como siempre, no todo es blanco o negro. En su artículo El mito de la revolución cognitiva, redactado por los licenciados Ariel Minici, José Dahab y Carmela Rivadeneira y publicado en la Revista de Terapia cognitivo-conductual, se afirma que la revolución cognitiva no existió, ya que una revolución implicaría, obviamente, una ruptura total con el pasado, cuando no fue así. Según estos autores, no es cierto que el paradigma cultural conductista se supere y se sustituya con dicha revolución. Es más, y como afirma George Miller en su El final del conductismo, la teoría conductista nunca ha negado la existencia de imágenes mentales, por lo que, de nuevo, lo que se considera una revolución no fue tal.

La antropología cognitiva en la actualidad

Actualmente, parece indiscutible que, para comprender el proceso cognitivo humano, es necesario estudiar la cultura en la que este está inmerso. Recientemente, en 2018, Colagè y d’Errico afirmaron que la cultura influye de forma directa en las capacidades cognitivas de las personas. No solo eso, sino que la cultura modifica los sustratos neuronales, por lo que incide también en la realidad biológica del individuo.

Según los últimos estudios, queda bastante claro que el cerebro humano se moldea mediante la interacción con el medio, es decir, mediante la cultura que envuelve al individuo y lo estimula. Entonces ¿la realidad no sería, pues, una combinación entre el estímulo ambiental (el envoltorio cultural) y la morfología neuronal? Ambas realidades se influyen mutuamente y dan como resultado la conducta del individuo.

Como vemos, aun queda mucho campo por explorar. Todo lo que atañe al ser humano y a sus manifestaciones sociales es extremadamente complejo, por lo que la antropología cognitiva aún tiene un largo camino por delante.

  • Anrubia, E. (2008). Acercamiento a la noción cognoscitiva de 'representación colectiva'. El caso histórico de Lévy-Bruhl, Gazeta de Antropología.
  • Galeano, J.M., (2022). Émile Durkheim y Marcel Mauss en el debate entre sociología e historia, dentro de la revista Theorein: revista de Ciencias Sociales, vol. 6, núm. 1, Pontificia Universidad de Ecuador.
  • Herrero Pérez, N. (1985) Reflexiones en torno al concepto de ‘hombre total’ de Marcel Mauss, Universidad de Santiago.
  • Morales Inga, S. (2019). La antropología, ¿una ciencia cognitiva?. Ciencia Cognitiva.
  • Pérez-Almonacid, R. (2012). El análisis conductista del pensamiento humano, Universidad Veracruzana CEICAH. PEPSIC.
  • Vera, H. (2022). Representaciones y clasificaciones colectivas. La teoría sociológica del conocimiento de Durkheim, dentro de la revista Sociológica, vol. 17, núm. 50. Universidad Autónoma Metropolitana, México.
  • VV. AA, El mito de la revolución cognitiva, dentro de Revista de Terapia Cognitivo-conductual, núm. 21, CETECIC, septiembre de 2012

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