El ser humano es un animal gregario por naturaleza. Desde el albor de su evolución como especie ha convivido en grupos de un tamaño más o menos grande, aunque no tanto como los actuales, colaborando en las tareas necesarias para sobrevivir.

Todo ello ha propiciado que la mayor parte de las personas muestren un especial interés por relacionarse con sus semejantes, sobre todo en periodos vitales tan críticos como la adolescencia.

En este artículo abordaremos el concepto de la deseabilidad social, que hunde sus raíces en este bagaje evolutivo y que se expresa de forma vehemente en múltiples áreas de la vida, condicionando nuestras decisiones y relaciones.

Concepto de deseabilidad social

La deseabilidad social puede entenderse como un estilo de respuesta, o como una tendencia de conducta, en situaciones donde existe un componente de juicio por parte de los demás.

Recoge una serie de atributos, pensamientos, actos y creencias que son valorados (por el grupo de pertenencia) como aceptables; por lo que se deriva una recompensa ante su adhesión y una sanción (o rechazo) ante su incumplimiento.

Debido a que la mayor parte de los seres humanos desean mostrar ante los demás una imagen favorable, que a menudo se concreta en máscaras cuyo fin es ocultar todo lo que es percibido como inaceptable, existiría una presión dirigida a ajustar la individualidad para adaptarla a los moldes de la expectativa. Así, los vericuetos de la verdadera identidad solo se mostrarían ante personas cuyo vínculo nos garantizara la aceptación y la validación.

La expresión más intensa de la deseabilidad social se daría en el supuesto de que percibiéramos una notable discrepancia entre lo que creemos ser y lo que otros esperan de nosotros, sobre todo cuando asignamos un alto valor positivo a la aceptación y un alto valor negativo al rechazo.

La importancia de este concepto es tal que se estima que puede influir en los resultados de la evaluación psicológica, de forma especial en el ámbito de los recursos humanos y de la clínica. Por ello, diversos autores han incluido escalas específicas para detectarla dentro de herramientas que miden constructos como la estructura de la personalidad o el desempeño laboral, precisando con ello un margen de error atribuible a la necesidad de aprobación del evaluando.

Por qué existe la deseabilidad social

La búsqueda de afiliación ha sido objeto de interés tanto para la psicología básica como para las vertientes evolutiva, clínica y social. Incluso Abraham Maslow, uno de los más relevantes humanistas, la ubicó en el corazón mismo de su popular pirámide de necesidades (por encima de las fisiológicas y de seguridad, y por debajo del reconocimiento personal y de la autorrealización); subrayando que, tras la cobertura de los aspectos más básicos para la supervivencia, las relaciones sociales serían el último eslabón desde el cual conquistar la trascendencia personal.

En la actualidad existen muchos estudios que destacan el extraordinario impacto negativo de la ausencia de afecto o cariño sobre el desarrollo cerebral humano, sobre todo en el momento en el que se evidencia una privación de los cuidados básicos del recién nacido, cuyo sistema nervioso central se encuentra sumido en un intenso proceso de maduración. La soledad no deseada también ejerce un efecto deletéreo en la vejez, aumentando la morbilidad y reduciendo la esperanza de vida.

Y es que el ser humano precisa de la colaboración con otros miembros de su misma especie para lidiar con las vicisitudes del entorno. Hace miles de años, cuando las sociedades carecían de una estructura tal y como hoy la conocemos, las comunidades estaban formadas por grupos reducidos de individuos que actuaban de forma coordinada para cubrir las necesidades individuales, siendo el aislamiento una inexorable condena a muerte (depredadores, accidentes, etc.).

Los humanos que vivían juntos gozaban de una mayor probabilidad de sobrevivir y dar continuidad a su acervo genético a través de la reproducción, facilitando la transmisión de los rasgos que estimularían el mantenimiento de vínculos sociales. Todo ello auspiciado por los componentes culturales y la atribución de roles, en el seno de una sociedad que dotaba al individuo de un sentido más amplio de pertenencia.

Así pues, la deseabilidad social es el resultado de la confluencia de dimensiones culturales, sociales, psicológicas y biológicas; que estimulan la necesidad de ser aceptados por los grupos de referencia. Esta realidad sirve como fundamento para dotar de significado a otros fenómenos que se observan en las dinámicas sociales, desde el conformismo a la conducta prosocial.

En el ámbito de la Psicología, también se ha entendido la deseabilidad social como una variable de confusión en la realización de pruebas psicométricas (cuestionarios, por ejemplo), consistente en el moldeamiento de las respuestas que ofrece el evaluando con el objeto de adoptar una posición congruente con las normas o valores imperantes. Este sesgo particular sería, por lo tanto, una de las consecuencias del deseo de aceptación.

En qué ámbitos se manifiesta

La deseabilidad social tiene un impacto profundo en numerosos ámbitos de la vida. En esta sección describiremos únicamente algunos de ellos, aunque puede hacerse extensible a muchos otros.

1. Relaciones de pareja

Las primeras etapas de una relación de pareja tienen el propósito de mostrar a la otra persona todas aquellas características propias que, en función de los estrechos márgenes de las expectativas sociales, consideramos que revisten un mayor atractivo interpersonal. Así, se aprecia una tendencia a remarcar todo lo positivo (como los logros alcanzados en la vida y los rasgos de personalidad más deseables), obviando lo que pudiera generar resistencia en los intercambios del cortejo.

A medida que la relación avanza y el vínculo adquiere mayor fortaleza, tiende a afianzarse un compromiso de continuidad que diluye el temor al rechazo. Es en este momento cuando la deseabilidad social se debilita, mostrándose los aspectos más cuestionables de lo que uno mismo cree ser. Puede ser la fase en la que se produzca una mayor conexión emocional, sustentada sobre una comunicación más auténtica.

2. Conducta prosocial

Se entiende por conducta prosocial toda actividad deliberada que persigue, como una consecuencia directa, la producción de algún bien para grupos o individuos en situación de vulnerabilidad. Como resultado de estos actos se recibe una contraprestación, pudiendo ser de naturaleza económica (retribución salarial) o social (prestigio, consideración o alivio de emociones difíciles como la culpabilidad o el hastío).

Este concepto se diferencia del altruismo por el detalle de que, en este último caso, no se asocian beneficios de ningún tipo para la persona que desarrolla la conducta de ayuda (ni pecuniarios ni de otra naturaleza). El impacto de la deseabilidad social es de tal magnitud que muchos autores sugieren que el altruismo como tal no sería posible, pues toda conducta desinteresada escondería el acicate de buscar una imagen personal deseable y aceptada por el entorno.

3. Rechazo de grupos sociales

La práctica totalidad de las sociedades han condenado al ostracismo a otros grupos de personas por considerarlas indignas de valor, fomentándose este juicio discriminatorio sobre rigores culturales y/o religiosos. Un ejemplo descriptivo del fenómeno serían los intocables de la India, un colectivo sometido al rechazo explícito de su comunidad en base a la atribución de características particulares que se oponen a lo deseable.

4. Conformismo

Existen numerosas evidencias de que las personas pueden verse tentadas a responder a una pregunta considerando con anterioridad el grado de consenso que su propio grupo de referencia tiene sobre las posibles respuestas a la misma, sobre todo cuando el entorno es ambiguo y existe proximidad física. De este modo, aumentaría la probabilidad de actuar equivocadamente, únicamente por el hecho de que se trata de lo más común.

El fenómeno ha sido estudiado mediante situaciones de investigación diseñadas a tal efecto, siendo la que sigue un ejemplo clásico:

Se ubica en una misma mesa a un grupo de personas, de las cuales todas ellas (excepto una) colaboran con el experimentador. Se les muestra una línea recta de longitud media, y seguidamente se les hace elegir entre tres posibles opciones (líneas de distinta longitud) cuál se asemejaría más a la originalmente enseñada. El sujeto evaluado respondería al final, cuando el resto hubieran señalado consensuadamente una de las opciones erróneas. En un porcentaje amplio, este acabaría decantándose por la misma línea y equivocándose.

5. Sesgos psicométricos

La deseabilidad social influye en las respuestas que emite una persona cuando es interpelada en el curso de una evaluación psicológica formal. Existen múltiples estudios que exploran este fenómeno y lo relacionan con sesgos asociados al factor humano, y para los que se crean estrategias específicas dirigidas a su adecuado control.

La deseabilidad social no equivale a mentir

Pese a que el fenómeno pueda parecer una coartada perfecta para la producción de actos deshonestos o incluso mentiras, en absoluto esto es así.

La deseabilidad social sirve como eje para comprender mejor los mecanismos de persuasión y las dinámicas de relación que tienen lugar en el hecho social, al ejercer su influencia sobre muy diferentes ámbitos de la vida. Ejemplifica, por tanto, el modo en el que la presión grupal puede condicionar el modo en que nos expresamos ante los demás.

Referencias bibliográficas:

  • Domínguez, A.C., Aguilera, S., Acosta, T.T., Navarro, G. y Ruiz, Z. (2012). La Deseabilidad Social Revalorada: más que una Distorsión, una Necesidad de Aprobación Social. Acta de Investigación Psicológica, 2(3), 808-824.

  • Salgado, F. (2005). Personalidad y Deseabilidad Social en Contextos Organizacionales: Implicaciones para la Práctica de la Psicología del Trabajo y las Organizaciones. Papeles del Psicólogo, 26, 115-128.