¿Sienten dolor los insectos?

¿Sienten los insectos la experiencia del dolor tal y como la sentimos nosotros?

Samuel Antonio Sánchez Amador

Samuel Antonio Sánchez Amador

¿Sienten dolor los insectos?

El dolor es una experiencia tan sensorial como emocional y, por tanto, presenta una carga altamente subjetiva. Este evento se define como una vivencia asociada a una lesión tisular pero, curiosamente, a veces el dolor aparece como un síntoma físico de un desajuste emocional (trastorno somatomorfo) sin que exista ningún desencadenante físico concreto. El dolor es de cada uno, pues en su percepción juega un papel esencial el estado físico y emocional del individuo, además de sus recuerdos y experiencias previas.

A la hora de acudir al resto del reino animal, cuantificar la intensidad de las sensaciones se hace aún más complejo. La etología se enfrenta a una serie de dilemas imposibles de abordar en el día a día con total exactitud, pues los sentimientos son difíciles de registrar en parámetros medibles y, además, todo resultado está sujeto a la interpretación del investigador. El humano puede caer en el error de humanizar al resto de seres vivos sin darse cuenta, pues ellos no tienen voz para contarnos qué es lo que están sintiendo en un momento dado.

Con afán de descubrir los procesos neurológicos y fisiológicos de los animales que nos rodean, se pueden plantear muchas preguntas e investigaciones etológicas que pueden tratar de dilucidarse con marcadores anatómicos. Hoy abordamos una de las más interesantes que se pueden enunciar: ¿sienten dolor los insectos? Quédate con nosotros y descúbrelo.

¿Experimentan dolor los insectos?

Todos nosotros, en mayor o menor medida, hemos estado expuestos al mundo de los invertebrados en algún momento de nuestras vidas. Estos seres tan primitivos parecen prácticamente “autómatas”, pues no parece importarles perder una extremidad, la mitad de su cuerpo o incluso la cabeza. Sin ir más lejos, todo entomólogo o curioso que haya tenido la oportunidad habrá observado, con horror, como un saltamontes es devorado por una mantis religiosa en vida y, mientras tanto, se alimenta despreocupadamente del tallo de una hoja.

Si los insectos sintieran el dolor tal y como nosotros lo concebimos, esta realidad observable sería imposible. La agonía y desesperación se apoderaría de cualquier organismo vivo que percibe tal dolor y, por tanto, este no sería capaz de realizar ninguna función fisiológica más allá del intento de huída. La clave se encuentra encerrada en la definición del propio término: el resto de seres vivos no tienen por qué percibir dolor. En este punto, es esencial diferenciar dolor de nocicepción.

El dolor es una experiencia personal, subjetiva e intransferible que incluye la integración de emociones negativas. Por otro lado, en la nocicepción, los nociceptores (receptores del dolor) procesan los estímulos potencialmente dañinos contra los tejidos y envían las señales al centro nervioso del ser vivo para que haga algo al respecto (si es que lo tiene). La mayoría de animales poseen la capacidad de nocicepción, pero esto no significa que sientan dolor per sé.

Si nos ponemos filosóficos al seguir este tren de pensamiento, podemos decir que no es lo mismo ser capaz de percibir un estímulo dañino que sentir dolor. Cuando se aplica una fuente dañina sobre el cuerpo de un insecto, este huye de él, pues presenta nociceptores superficiales que codifican una respuesta de escape.

Esto tiene todo el sentido evolutivo del mundo: si el animal se queda por mucho tiempo en ese entorno, muere y no podrá reproducirse. Para los seres vivos, el fin último es dejar su impronta genética en forma de descendencia el mayor número de veces que puedan, así que es necesario poder percibir las amenazas para sobrevivir lo máximo posible. Si no asumimos la capacidad de responder a los daños del entorno por parte de las especies, los mecanismos de la selección natural son imposibles de explicar.

Las evidencias científicas y los dilemas del dolor

La nocicepción es ubicua en el reino animal, pero el dolor, no tanto. Este es un tema para otra oportunidad, pues sí que se ha demostrado que ratas, aves y otros vertebrados pueden sentir emociones más allá de las básicas, es decir, aquellas que responden a algo más que a un mero mecanismo evolutivo.

Para responder a la pregunta de si los insectos sienten dolor, sería necesario determinar los componentes neurológicos y subjetivos que posibilitan la experiencia de este evento sensorial. Los científicos, por tanto, deben hacerse las siguientes preguntas:

  • ¿Debe un animal ser consciente de sí mismo para poder percibir el dolor?
  • ¿Qué tipo de conexiones funcionales requiere un sistema nervioso para que el dolor pueda tener lugar?
  • ¿Cuál es el beneficio evolutivo que otorga poder sentir dolor a los seres vivos?

Como podrás imaginar, responder a estas preguntas de forma 100% fehaciente, a día de hoy, es completamente imposible. La realidad es que no sabemos qué se necesita para pasar de la nocicepción al dolor, pues es una cuestión tan etérea como la naturaleza de la propia vida. Ahora bien: la ciencia no es estática, y como tal, ante cualquier pregunta se tratan de conseguir posibles respuestas.

En este caso, vamos a fijar la atención en el artículo científico Nerve injury drives a heightened state of vigilance and neuropathic sensitization in Drosophila, publicado en la revista Science Advances, en el año 2019. Esta publicación trató de cuantificar el dolor percibido por moscas Drosophilas, con la acción del ácido γ-aminobutírico (GABA) y otros componentes del sistema nervioso encargados de la transmisión de los impulsos dolorosos.

Los investigadores realizaron un daño nervioso localizado en una de las extremidades de las moscas y, después, se permitió que la lesión sanase por completo. Para sorpresa de los profesionales, se descubrió que, una vez recibido el daño, el resto de las extremidades de las moscas se volvían hipersensitivas. Se cree que estos invertebrados se “preparan” para percibir el dolor a menor escala y, por tanto, poder responder con mayor presteza ante él en futuras ocasiones y maximizar sus probabilidades de supervivencia.

Según estos descubrimientos, parece ser que las moscas adquieren un estado de “hipervigilancia” tras la primera lesión. Esto, en cierto modo, se podría traducir a que experimentan un tipo de dolor diferente con base en sus vivencias y, por tanto, adquiere una carga subjetiva. Algo tan simple como esto podría demostrar un paso evidente de la simple nocicepción al dolor.

El significado evolutivo del dolor

Podríamos irnos tan contentos a dormir pensando que hemos resuelto el dilema, pero en el mundo de la ciencia nada es tan sencillo. Que se haya descubierto algo puede apuntar a una dirección, pero nunca establecer un dogma, a menos que la realidad observada se repita en todos los casos. Que las moscas Drosophila puedan o no sentir dolor es un debate abierto, pero la realidad es que seguimos sin tener información de la inmensa mayoría de taxones de invertebrados en lo que a este tema respecta.

Además, profesionales de la Entomological Society of Canada otorgan una reflexión final cuanto menos interesante: ¿de qué les sirve a los insectos percibir dolor? Los invertebrados tienen un sistema nervioso extremadamente básico, pero económico. Tener un sistema nervioso como el humano supone una serie de costes fisiológicos extremos (nuestro cerebro consume el 20% de la glucosa y oxígeno del organismo), así que, ¿Realmente merece la pena?

Para los insectos, parece ser que la respuesta es negativa. Ellos cuentan con nociceptores que les permiten huir de un estímulo nocivo de la forma más rápida y efectiva posible, así que cuesta pensar en razones por las cuales se verían beneficiados de una percepción más compleja de un evento dañino. Ya maximizan sus probabilidades de supervivencia con lo que tienen y, por tanto, destinar más recursos en una emoción más compleja parece evolutivamente inviable.

Resumen

De nuevo, te recordamos que en este espacio no hemos dejado de movernos en conjeturas y divagaciones, pues por muchos datos que se obtengan, estos siempre están sujetos a la interpretación de quién los recoge. Ni siquiera sabemos qué es el dolor en su totalidad, así que responder a la pregunta aquí planteada con total seguridad es una tarea imposible.

Lo que sí que podemos afirmar (por las evidencias fisiológicas) es que, si los insectos sienten dolor, está claro que no lo hacen de la misma forma que nosotros. Un sistema nervioso más primario y básico, por definición, debe conllevar un nivel de percepción diferente al nuestro. A partir de aquí, las reflexiones y divagaciones son infinitas.

Referencias bibliográficas:

  • ¿Do insects feel pain? Societas Entomologica Canadiese. Recogido a 2 de abril en https://esc-sec.ca/2019/09/02/do-insects-feel-pain/
  • Adamo, S. A. (2016). Do insects feel pain? A question at the intersection of animal behaviour, philosophy and robotics. Animal Behaviour, 118, 75-79.
  • Eisemann, C. H., Jorgensen, W. K., Merritt, D. J., Rice, M. J., Cribb, B. W., Webb, P. D., & Zalucki, M. P. (1984). Do insects feel pain?—A biological view. Experientia, 40(2), 164-167.
  • Harrison, P. (1991). Do animals feel pain?. Philosophy, 66(255), 25-40.
  • Khuong, T. M., Wang, Q. P., Manion, J., Oyston, L. J., Lau, M. T., Towler, H., ... & Neely, G. G. (2019). Nerve injury drives a heightened state of vigilance and neuropathic sensitization in Drosophila. Science advances, 5(7), eaaw4099.

Graduado en Biología por la Universidad de Alcalá de Henares (2018). Máster en Zoología en la Universidad Complutense de Madrid (2019). Durante su carrera estudiantil, se especializó en comportamiento animal, evolución, parasitología y adaptaciones morfológicas animales al medio. En su estancia en el Máster profundizó en mecanismos evolutivos y comportamientos. También formó parte de un equipo del Museo Nacional de Ciencias Naturales durante dos años, donde realizó investigaciones de índole evolutiva. Aquí adquirió extensos conocimientos sobre genética, heredabilidad y otras cuestiones relacionadas con el ADN. A día de hoy, se dedica a tiempo completo a la divulgación científica, realizando artículos de evolución animal y psicología y medicina humana.

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