Todos hemos tratado de convencer a alguien de algo en infinidad de ocasiones. En mayor o menor medida, es algo que hacemos diariamente.

Sin embargo, cuando lo intentamos hacer de una manera más formal, solemos recurrir al uso de un texto argumentativo. Vamos a descubrir en qué consiste este tipo de escritos y cuáles son sus peculiaridades.

Qué es un texto argumentativo

Se trata de una forma de escritura orientada a defender una posición en un determinado asunto, valiéndose de una serie de argumentos que apoyan dicha tesis. El objetivo es generar en el lector un cambio en sus ideas o bien un refuerzo de las mismas, suponiendo que previamente ya estuviese de acuerdo con la posición propuesta.

Todo texto argumentativo ha de contar con una estructura que tenga bien definidas las siguientes partes.

1. Introducción

Es la parte con la que iniciamos el texto, y tiene una vital importancia, ya que en estas primeras líneas ha de quedar reflejada con meridiana claridad cuál es la temática sobre la que estamos hablando y sobre todo cuál es la posición al respecto que está adoptando el escritor y por tanto la que va a tratar de defender a lo largo de todo el escrito.

También es muy importante por otro aspecto: con estas frases iniciales tenemos que lograr captar la atención del receptor y hacer que nuestro texto sea lo suficientemente interesante para él como para que desee continuar leyéndolo hasta finalizarlo. Por lo tanto, el principal objetivo, de inicio, es escribir algo que sea atractivo para nuestro potencial lector.

Existen diferentes opciones para comenzar nuestro enunciado. Podemos hacerlo de una forma muy académica, explicando los conceptos que vamos a tratar. También podemos utilizar una narración de un caso concreto, buscando que el lector se identifique con él, para realizar después un razonamiento inductivo hacia la teoría general que deseamos exponer. Otra manera posible de comenzar la introducción es utilizando una cita célebre de una figura de autoridad en la materia que vamos a proceder a tratar.

2. Argumentación

Lógicamente, es complicado convencer a alguien de algo si no le damos unas buenas razones para ello (siempre que lo que queramos sea convencer y no simplemente coaccionar o extorsionar, claro está). Es por ello que el desarrollo central del texto argumentativo, como su nombre ya nos hace pensar, debe consistir en toda una batería de argumentos sólidos que apoyen sin fisuras nuestra posición y que además sean lo suficientemente fuertes como para hacer que el lector abrace nuestro razonamiento.

A nivel de estructura, se trata de la parte más amplia de nuestro escrito, y por lo tanto es probable que vaya a contener varios párrafos, generalmente uno para desarrollar cada uno de los argumentos que queramos utilizar.

3. Conclusiones

El cierre del texto es una parte delicada, ya que debemos volver sobre la idea principal, esta vez ya apoyándonos en los argumentos expuestos, para darle un último empujón a nuestra tesis y lograr el máximo efecto persuasivo posible sobre el receptor.

Las características del texto argumentativo más importantes

Como en cualquier escritura que hagamos, podemos elegir entre una diversidad de estilos, más o menos formales, con uno u otro tipo de lenguaje, o mostrando una mayor o menor cercanía al lector.

En función de nuestro objetivo, podremos, por ejemplo, optar por un estilo más aséptico, utilizando siempre formas verbales impersonales, o bien utilizar un método más subjetivo, hablando en primera persona y en singular.

Si el texto va dirigido al público general, deberemos escribir nuestras ideas de una forma más neutra, pero si contamos con la ventaja de tener un público objetivo al que conocemos en mayor o menor medida, podremos adaptar nuestra escritura de manera que resulte especialmente interesante para dichas personas.

Como ya hemos visto, esta clase de escritos nos permiten utilizar una variedad de estilos diferentes a la hora de redactar, pero es muy importante tener en cuenta que una vez hemos comenzado a escribir utilizando uno de ellos, hemos de mantenerlo hasta finalizar, para que esta distorsión no causa un efecto negativo a la hora de persuadir al lector.

Argumentos

Representan el núcleo de un texto argumentativo, y son todos aquellos razonamientos con los que pretendemos causar un efecto en la opinión de la persona que nos lee.

Su tipología puede ser variada, como comprobaremos a continuación.

1. Causal

Uno de los más frecuentes y de los más poderosos. Se trata de establecer una relación de causa y efecto entre dos elementos, de la manera más obvia posible.

Ejemplo: el suelo está mojado porque ha llovido.

2. Lógico

Semejante al anterior, pero tratando de la manera más neutra posible. Es el clásico silogismo filosófico de, si p entonces q, y si q entonces r. Si se da p, necesariamente se ha de dar r.

Ejemplo: cuando llueve, el suelo se moja. El suelo está mojado, por lo que ha tenido que llover.

Pero cuidado, algunos avispados argumentadores pueden mostrarnos una secuencia lógica que aparentemente parece correcta, pero igual no lo es tanto. Es posible que esto lo hagan de una manera inconsciente (porque estén equivocados sin saberlo) o bien que lo hagan deliberadamente. En este caso estaríamos cayendo en el uso de un argumento falaz o de una falacia.

Ejemplo: el suelo está mojado, así que igual ha llovido, o alguien ha tirado agua, o ha pasado el servicio de limpieza, o han regado un jardín cercano...

3. Analogía

Con este tipo de argumento lo que tratamos es de equiparar una situación a otra, haciendo ver las semejanzas que existen entre las dos, de manera que si un razonamiento es válido para la primera, también debería serlo para la segunda.

Ejemplo: alguien contrató su línea telefónica con la compañía X, tuvo una incidencia y recibió muy mal servicio, por lo que si tú contratas a la misma compañía, necesariamente vas a sufrir el mismo problema.

4. Generalización

Similar al anterior, pero exponiendo una serie de casos y alegando que si un determinado hecho ocurre en todas esas situaciones, es razonable pensar que también se da en las condiciones que nosotros estamos exponiendo.

Ejemplo: esta película le ha gustado mucho a todas las personas que conozco que la han visto, por lo que seguro que a mí también me va a encantar.

5. De autoridad

Se trata de basar la razón en que una persona (aparentemente experta en el campo del conocimiento que estamos tratando) se inclina a favor de la tesis que proponemos, ya sea a través de artículos, experimentos u otros medios, por lo que debemos estar en lo cierto.

Ejemplo: la OMS afirma que los azúcares son dañinos para nuestra salud, por lo que debemos reducir al máximo la ingesta de los alimentos que los contengan en exceso.

6. Sentido común

A veces caemos en un tipo de argumentación que se reduce a alegar que es algo sabido por todos, que todo el mundo sabe que es así, o que siempre se ha hecho de determinada manera. Se basarían en el aparente poder de la tradición. Se puede ver claramente con la utilización de refranes y dichos populares, que supuestamente atrapan el saber popular de generaciones pasadas.

El problema es que esto, en realidad, no nos está garantizando nada, y a veces es fácil desmontarlos mediante argumentos de carácter más científico.

Ejemplo: en un determinado pueblo se lleva a cabo una celebración tradicional desde hace muchos años, y como “siempre ha sido así”, nadie se plantea realmente si es beneficiosa para todos o alguien está siendo perjudicado de alguna manera con dicho acto.

7. Apelación a lo emocional

Puede que en determinado momento nos interese más valernos del estado emocional del receptor que de las razones objetivas de nuestro argumento. Es algo que hacen constantemente los políticos, especialmente en los mítines electorales.

Ejemplo: un político aparece indignado por la decisión tomada por el líder del partido contrario, y muestra ante su audiencia su gran descontento, pero no se preocupa de explicar racionalmente cuáles son los efectos negativos que para él implica dicha decisión.

8. Ad hominem

Es un tipo de falacia o argumentación falaz en el que atribuimos una característica negativa al emisor sin que tenga relación con la tesis abordada, y establecemos erróneamente que por lo tanto no puede tener razón en su razonamiento. Estaríamos atacando a la persona en vez de al argumento.

Ejemplo: esta persona me cae mal, así que su trabajo seguro que es incorrecto.

9. Prolepsis

Pero, si existe una forma realmente eficaz de argumentar y convencer, es yendo un paso por delante y estudiando en profundidad cuáles son todos los posibles argumentos en contra de nuestra tesis. Esta estrategia se conoce como prolepsis, y ya bien estudiada y utilizada por los antiguos pensadores griegos, especialmente por aquellos que seguían las corrientes del estoicismo o del epicureismo.

De esta manera, podremos anticiparnos y enumerarlos nosotros primero, con la correspondiente contraargumentación de cada uno de ellos para conseguir refutarlos sistemáticamente. Así conseguiremos cerrarle las alternativas al receptor y darle una sensación mayor de que, efectivamente, nuestro postulado tiene que ser cierto.

En conclusión

Tras estas líneas ya conocemos mejor todo lo relacionado con los textos argumentativos, sus variantes, sus partes y los posibles argumentos que podemos utilizar en él.

Esperamos haber sido lo suficientemente persuasivos y haber convencido al lector de que este tipo de textos son la mejor opción para lograr que una persona modifique su opinión en favor de la que nosotros le proponemos.

Referencias bibliográficas:

  • Dolz, J. (1993). La argumentación. Cuadernos de Pedagogía.
  • Cuenca, M. J. (1995). Mecanismos lingüísticos y discursivos de la argumentación. La Rioja. Comunicación, Lenguaje y Educación.
  • Anthony, W. (1987). Las claves de la argumentación. Barcelona. Editorial Ariel.