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Torneos y justas medievales: ¿qué eran y cuál era su función?

Un repaso a dos de los divertimentos más importantes en la Edad Media: los torneos y las justas.

Torneos y justas medievales

Si hablamos de torneos y justas medievales, no nos es difícil recordar las numerosas películas que han recreado esta famosa práctica medieval. De hecho, al evocar la Edad Media, es muy probable que los torneos y las justas sean lo primero que nos venga a la mente. Pero ¿qué sabemos de esta práctica medieval? ¿Qué hay de verdad y de leyenda?

En este artículo os invitamos a dar un breve recorrido por uno de los entretenimientos más populares de la Edad Media, y conocer mejor cuáles fueron sus orígenes, sus características y su función.

Torneos y justas medievales: diferencias y similitudes

Antes que nada, es necesario aclarar las diferencias entre estos dos conceptos, porque no se trata de la misma actividad. Aunque en la actualidad se usan indistintamente ambas palabras, no era así en la Edad Media. Es cierto que las justas solían celebrarse dentro de los torneos, cuyo significado es mucho más amplio; sin embargo, existen una serie de diferencias que vamos a puntualizar a continuación.

Los torneos o los simulacros de batalla

Los torneos aparecen documentados a partir del siglo XI, pero existen claros indicios de que, con anterioridad a esa fecha, ya se celebraban actividades parecidas en la Europa medieval. La palabra torneo tiene, muy probablemente, un origen francés: puede venir de tournoi, derivado del verbo tourner (voltear, girar). Esta etimología nos puede dar una pista sobre qué consistía esta actividad medieval; puede que haga referencia al giro de los caballeros en plena batalla, cuando se veían obligados a dar la vuelta a su caballo para volver a enfrentarse al enemigo.

Los torneos, efectivamente, eran recreaciones de batallas, en las que se enfrentaban dos “ejércitos” de caballeros. En su origen, tenían lugar en el llamado champ clos o campo cerrado, pero más tarde se empezaron a ejercer al aire libre, cerca de ciudades suficientemente importantes. Tras la celebración del torneo, en algún lugar principal de la ciudad se celebraba la segunda parte de la celebración, que no era otra que el banquete y el baile.

Las justas o el combate singular

La principal diferencia entre torneo y justa es que esta última era un combate singular; es decir, una lucha entre dos caballeros.

Otra de las diferencias es que, mientras que en los torneos el arma principal era la espada, en las justas solo estaba permitida la lanza. La lanza de justas era de madera ligera, para facilitar el trote del caballo y la agilidad del combatiente. En el siglo XIV se le añadió un vamplate, una pieza ovalada de metal que servía para proteger la mano.

Generalmente, la justa era uno de los espectáculos que se ofrecían dentro del torneo. Era usual celebrarlas el día anterior a la gran batalla principal, y se otorgaban premios a los caballeros que habían destacado, ya fuera por su valentía, su destreza o por cualquier otra cosa que se hubiera ganado la admiración del público.

Torneos en la edad media

La admiración de las damas

A pesar de que esto se ha idealizado en la literatura posterior (especialmente en la del Romanticismo), es cierto que las damas eran el principal público de las justas. No olvidemos que este tipo de prácticas le servían al caballero para demostrar su destreza, por lo que uno de los objetivos, en el marco del Amor Cortés medieval, era impresionar a su dama.

No era nada extraño que los combatientes llevaran una prenda, regalo de la dama en cuestión, al salir a la liza. Además de darles suerte, era una prueba de amor y devoción, que la interesada recibía con mucho agrado.

El importante papel de los sirvientes

El equipamiento militar que portaba el caballero a la hora de entrar en liza era increíblemente pesado, por lo que podemos imaginar que, si por desgracia era derribado del caballo, no podía erguirse ni ponerse de pie.

Aquí entran los sirvientes, que permanecían muy cerca de sus señores, en el hueco que dejaban las dos empalizadas de protección. Su misión era muy delicada y, por supuesto, sumamente importante: cuando su señor caía al suelo, tenían que salir y arrastrarlo fuera de la liza para evitarle una posible muerte (el caballo del opositor, o el suyo propio, podían aplastarlo). También tenían como misión salir y ayudar al caballero en caso de que este perdiera el equilibro y se balanceara peligrosamente sobre su silla.

Como vemos, el papel de estos sirvientes era crucial para el buen desarrollo de la justa.

Los torneos y las justas estaban de moda, pero no eran del gusto de todos

Efectivamente; a pesar de ser uno de los entretenimientos más comunes en la Edad Media, no todos los grupos sociales estaban a favor de la práctica de estas actividades. La Iglesia, por ejemplo, siempre fue muy crítica con ellas. Veámoslo a continuación.

Los torneos (al igual que las justas) tenían un carácter lúdico, nunca militar (a pesar de ser, técnicamente, batallas). Sin embargo, no era inusual que tanto torneo como justa acabaran con un derramamiento excesivo de sangre. La Iglesia, en general, estaba absolutamente en contra de estas actividades; muchos sacerdotes se negaban a dar cristiana sepultura a los caballeros que fallecían ejerciéndolas, e incluso los amenazaban con la excomunión.

En 1228, el Papa Gregorio IX emite una bula en la que se manifiesta en contra de los torneos. Y tampoco es que a los reyes les hicieran mucha gracia. El rey Enrique II de Inglaterra, por ejemplo, firmó edictos en contra de estas actividades, por lo que muchos caballeros se vieron con la obligación de trasladarse a Francia para seguir participando en ellas.

Ricardo Corazón de León fue más comprensivo (o, simplemente, vio en ello un buen negocio). Según el cronista medieval Jocelin de Brakelond, los torneos y las justas se recuperaron en Inglaterra tras el regreso del monarca de Tierra Santa. Efectivamente, una vez recuperada la corona, Ricardo empezó a otorgar licencias para realizar torneos y justas. Ello quería decir que, si querías practicar estas actividades, tenías que pagar.

Roger de Hoveden, otro de nuestros cronistas medievales, nos da valiosa información al respecto: un duque pagaba 20 piezas de plata; un barón, 10 piezas; un caballero con tierras, 4; y, finalmente, los que no eran poseedores de ningún feudo, solamente pagaban 2.

El armamento de todo buen caballero

En los torneos y justas solo podían participar los caballeros. Existían, ciertamente, algunas excepciones, como es el caso de Inglaterra, donde (como ya hemos visto con el tarifario de Ricardo Corazón de León) en ocasiones se aceptaban hombres que no pertenecían al estatus de la nobleza. Sea como fuere, al entrar en combate, ya fuera en torneo o en justa, el caballero debía estar debidamente equipado. No solo su honor estaba en juego, sino, probablemente, también su vida.

La indumentaria caballeresca

La Edad Media es un periodo muy largo y, como tal, las modas fueron cambiando. Sin embargo, trataremos de esbozar un resumen de la indumentaria del caballero.

Era importante proteger la cabeza de los roces de la cota de malla mediante un bonete de tela acolchada, así como la barbilla (con la barbera), el cuello (con la gola) y la nuca (con el cubrenuca). Luego, en la cabeza se colocaba, cuidadosamente atado con cintas, el yelmo de torneo.

El yelmo de torneo era más ligero que el de guerra y tenía una forma cónica en su parte superior para evitar los golpes. Solo tenía una pequeñísima abertura a la altura de los ojos, por lo que el calor era insoportable y la respiración, dificultosa.

Era habitual que el caballero portara un gambesón debajo de la coraza, una especie de jubón acolchado que ayudaba a parar los golpes. Para proteger las piernas existían dos piezas de hierro, una que cubría la parte inferior, y otra destinada a la parte superior. Pero quizá uno de los elementos más importantes fuera la cota de malla, una especie de túnica realizada con aros de acero entrelazados, ligera y relativamente fácil de llevar y que, a la postre, protegía el cuerpo del caballero.

Las armas

Las principales armas en estas celebraciones eran la espada y la lanza. La primera era el arma estrella de los torneos, mientras que la segunda lo era de las justas.

No debemos imaginarnos las espadas medievales como las que aparecen con frecuencia en las películas de espadachines. Estamos en otra época: la espada medieval era larga, gruesa y pesada. Imaginemos la destreza y la fuerza que debía tener un caballero, puesto que con una mano debía sujetar las riendas y, con la otra, blandir la espada.

En cuanto a la lanza, como ya hemos comentado, debía ser lo más ligera posible para facilitar el trote del caballo y la movilidad del jinete. Era un arma muy difícil de usar, ya que no solo era fácil perder el equilibrio, sino que las reglas de la justa prohibían dar el golpe en otro lugar que no fuera el cuerpo del oponente. Por supuesto, todo caballero salía a la liza protegido con un escudo.

Las reglas del juego

Durante sus primeros siglos de existencia, los torneos y las justas no contaban con un reglamento sólido, por lo que las muertes y las heridas graves era habituales en el campo de batalla. No fue hasta bien entrado el siglo XIII cuando se empezaron a establecer reglas concretas y, a menudo, muy rígidas, para evitar que una actividad lúdica se convirtiera en una carnicería.

Las reglas de juego eran estrictamente observadas por los responsables del torneo o justa, y las penas impuestas a los caballeros que desobedecían podían ser muy severas: desde la pérdida del caballo y la armadura (un auténtico deshonor) a la pena de cárcel.

Una de las normas era, como ya hemos comentado, que la lanza debía golpear solo en el cuerpo del oponente. Darle al caballo estaba fuera de las normas y era penalizado. Por otro lado, el público no podía llevar ni armadura ni armas y, si un caballero caía del caballo, nadie podía acudir para ayudarle, solo los sirvientes asignados para la ocasión.

  • Coltman Clephan, R. (2013). The medieval tournament.
  • Duby, G. (1977). Hombres y estructuras de la Edad Media, Siglo Veintiuno de España Ediciones.
  • Prestwich, M. (2011). Caballero: manual del guerrero medieval, ed. Akal.
  • VV. AA, (2007). Atlas histórico de la cultura medieval, ed. San Pablo.

Periodista

Licenciada en Humanidades y Periodismo por la Universitat Internacional de Catalunya y estudiante de especialización en Cultura e Historia Medieval. Autora de numerosos relatos cortos, artículos sobre historia y arte y de una novela histórica.

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